Siti Aisyah, a su llegada al tribunal de Shah Alam, a las afueras de Kuala Lumpur, para ser juzgada por el asesinato del hermanastro del dictador norcoreano
Siti Aisyah, a su llegada al tribunal de Shah Alam, a las afueras de Kuala Lumpur, para ser juzgada por el asesinato del hermanastro del dictador norcoreano - Reuters

Las «Mata Haris» de Kim Jong-un

Juzgadas por matar al hermanastro del dictador norcoreano, Doan Thi Huong y Siti Aisyah resumen la dura vida de millones de chicas asiáticas, que emigran a la ciudad y acaban en turbios negocios

Corresponsal en PekínActualizado:

Fue un crimen de película. Rápido, certero, implacable. En cuestión de segundos, una mujer le abordó y otra, por detrás, le restregó un trapo húmedo por la cara. Cuando quiso darse cuenta, ambas habían desaparecido. Aturdido, probablemente mareado, fue a buscar ayuda. Pero ya era tarde. Agonizaba. En menos de media hora, caía fulminado.

Grabada por las cámaras del aeropuerto de Kuala Lumpur, la muerte de Kim Jong-nam, hermanastro mayor del dictador de Corea del Norte, sacudía al mundo el pasado 13 de febrero. Aunque todas las sospechas apuntan al régimen estalinista de Pyongyang, que lo habría liquidado para que no le disputara el poder a Kim Jong-un, por este crimen solo están siendo juzgadas dos jóvenes como sus autoras materiales: la vietnamita Doan Thi Huong, de 28 años, y la indonesia Siti Aisyah, de 25.

Ante la evidencia de las imágenes, las acusadas insisten en su inocencia repitiendo que pensaban que se trataba de una broma para un programa de televisión, por la que les habrían pagado la miseria de 400 ringgit malasios (80 euros). Pero, en realidad, el líquido que empapaba el trapo que restregaron a Kim Jong-nam era un potente veneno químico denominado VX, considerado un arma de destrucción masiva.

En caso de ser condenadas, las dos jóvenes se enfrentan a pena de muerte

La Policía de Malasia sospecha que el crimen fue planeado por cuatro agentes norcoreanos, que presenciaron el ataque y salieron ese mismo día del país en distintos vuelos. Pero también cree que las dos jóvenes sabían de lo que se trataba porque se lavaron las manos justo después de abordar a Kim Jong-nam y, además, habían ensayado cómo hacerlo varios días antes en centros comerciales de Kuala Lumpur. En caso de ser condenadas, se enfrentan a pena de muerte.

Víctimas o verdugos, el caso de Doan Thi Huong y Siti Aisyah resume la vida de millones de chicas del Sudeste Asiático, que huyen de la miseria del campo deslumbradas por los neones de la gran ciudad y acaban explotadas en los más turbios negocios.

Nacida en Nghia Binh, un pueblo de arrozales a 90 kilómetros de Hanoi en la costa vietnamita, Doan Thi Huong es la menor de cinco hermanos y se marchó a la capital a estudiar Farmacia. En lugar de eso, acabó como chica de alterne en bares y discotecas, según informaciones recogidas por los medios locales. Sin oficio conocido, lucía palmito en Facebook bajo el apodo de Ruby Ruby y llegó a aparecer en el concurso musical «Vietnam Idol». Aunque fueron solo veinte segundos, bastaron para que la audiencia y algunos periódicos nacionales repararan en su prominente escote. Además de ser azafata de carreras, como la retrata una foto en bikini sobre una moto con logotipos de Repsol, frecuentaba un bar para adinerados clientes surcoreanos. Al parecer, con alguno de ellos llegó a viajar a ese país para visitar la turística isla de Jeju.

También procedente de una humilde aldea de campesinos, llamada Serang, la indonesia Siti Aisyah solo pudo ir a la escuela primaria y dejó sus estudios porque sus padres no tenían dinero. Menor de tres hermanos, dio el salto a la gran ciudad cuando se casó con un empresario, Gunawan Hasyim, con quien vivía al oeste de Yakarta y tuvo un hijo. Pero el matrimonio se rompió en 2012 y la muchacha tuvo que buscarse otra vez la vida. Tras marcharse a Malasia, trabajaba en el salón de masajes del hotel Flamingo de Kuala Lumpur, donde abunda la prostitución en estos locales porque las chicas del Sudeste Asiático pueden pasarse un mes entero en el país con su visado de turista.

Según contó su madre a la BBC, le habían ofrecido un empleo como modelo «grabando un programa que pretendía sorprender a la audiencia rociando un perfume sobre alguien», lo que concordaría con su coartada. «Pido y suplico ayuda para que mi hija no sea castigada, ya que creo que es inocente», clama su padre, que ha conseguido el respaldo de los grupos defensores de los emigrantes indonesios.

A tenor de dichas organizaciones, la mitad de los indonesios que aguardan en el corredor de la muerte de Malasia son víctimas de mafias que los utilizan como «mulas» para el tráfico de drogas. Junto a ellos, se enfrentan a la pena capital estas dos jóvenes atractivas que, cegadas por las luces de la gran ciudad, dejaron sus pueblos en busca de una vida mejor. En su lugar, se han visto implicadas en una trama de espionaje internacional cometiendo un crimen de película. Víctimas o verdugos, las «Mata Haris» de Kim Jong-un podrían acabar colgadas.

Un crimen de película

Aunque Pyongyang niega su implicación en el crimen de Kim Jong-nam, hermanastro de su joven dictador, los servicios secretos surcoreanos sospechan que lo hizo para que no le disputara el poder. Considerado en su día el «heredero» del «Querido Líder» Kim Jong-il, padre de ambos, Jong-nam cayó en desgracia en 2001, cuando fue detenido intentando entrar en Japón con un pasaporte falso porque quería visitar el parque de Disneylandia en Tokio. Desde entonces, vivía en Macao, donde frecuentaba sus casinos y hasta criticaba la sucesión de su hermanastro. En 2013, Kim Jong-un ordenó ejecutar a su propio tío, Jang Song-thaek, quien tenía estrechos vínculos con China y también podía amenazar su poder.