Internacional

Lojendio: el embajador que se subió a las barbas de Fidel

En 1960, el marques de Vellisca irrumpió en un estudio de la televisión cubana para reprochar a Castro que acusara a España de ayudar a contrarrevolucionarios

El embajador Lojendio, enfrentado a Fidel Castro
El embajador Lojendio, enfrentado a Fidel Castro - ABC

Las relaciones diplomáticas entre España y Cuba en los últimos sesenta años no han estado exentas de incidentes, pero sin duda el primero de relieve y uno de los más famosos se registró el 20 de enero de 1960 cuando Juan Pablo Lojendio, marqués de Vellisca, y entonces embajador español en La Habana, irrumpió en un estudio de la televisión cubana, en el que Fidel Castro acababa de acusar al Gobierno español y al propio diplomático de conspirar y ayudar a los contrarrevolucionarios.

Fidel Castro, que por esa fecha ocupaba formalmente el puesto de primer ministro del Gobierno revolucionario, pero ejercía ya un pleno control sobre todo lo que ocurría en el país, participaba en un programa del canal 2 denominado «Telemundo pregunta» ante un panel formado por varios periodistas. Según distintos relatos de lo sucedido, en su intervención, Castro acusó directamente a la Embajada española de «colaborar con los enemigos del Gobierno». Al embajador le faltó tiempo para presentarse en los estudios de televisión dispuesto a rebatir al comandante.

Nadie fue capaz de frenar a Juan Pablo Lojendio, que logró llegar hasta el plató, ante el asombro de todos los presentes, por lo inusual de la situación. Dirigiéndose al moderador y visiblemente irritado, el embajador alzó la voz: «Quiero hablar aquí, porque se me ha calumniado». Algunos aseguran que Castro reaccionó ante la mirada amenazadora del diplomático, retrocediendo hasta donde se encontraba la bandera de Cuba, acción que los medios oficiales castristas presentarían posteriormente diciendo que el comandante trataba de proteger la enseña cubana de las iras del embajador.

Al parecer, el moderador dijo que para poder hablar tenía que pedir permiso al primer ministro, es decir a Fidel Castro, a lo que el diplomático respondió, airado: «Esto es una democracia y el señor moderador es el que dirige». A su vez, Castro, fuera de sí, exclamó: «¡Me va a hablar de democracia el embajador de la mayor dictadura de Europa!». En ese momento desapareció la imagen, aunque se mantuvo el sonido, por lo que pudo escuchar el intercambio de insultos.

Lojendio fue obligado a abandonar el plató, acompañado de militares de la escolta de Castro. El programa continuó y, en el intermedio, Castro llamó Oswaldo Dorticós, que ocupaba la Presidencia del país, aunque sometido al dictado de Fidel, dándole instrucciones para que ordenara la expulsión del embajador español. Dorticós dio a Lojendio un plazo de 24 horas para salir del país. En el mismo programa que había sido interrumpido se leyó el comunicado del presidente.

Casi ruptura de relaciones

A primera hora de la mañana del día siguiente, 21, funcionarios de Protocolo del Ministerio de Relaciones Exteriores acudieron a la residencia del embajador y le entregaron una comunicación en la que se le declaraba «persona non grata» y se le invitaba a salir de Cuba, cosa que Lojendio se vio obligado a cumplir. A las diez de la noche abandonó La Habana, con destino Madrid, haciendo escala en Estados Unidos. La parafernalia del régimen orquestó esa misma tarde una concentración ante la Embajada española en la que se lanzaron gritos contra Franco y se paseó un burro, con un cartel en el que se leía «Soy el marqués de Vellisca».

Al propio tiempo, Fidel Castro llamó a consultas a su embajador en Madrid, mientras manifestaba públicamente que no se perdería nada si se rompían las relaciones entre los dos países.

La reacción de Franco no fue sin embargo la que tal vez esperaba Fidel. El general optó por no romper la cuerda de las relaciones con un país con el que había unos vínculos muy especiales y con el que seguí habiendo relevantes intercambios comerciales. Según escribió con el tiempo Francisco Franco Delgado-Araujo, primo y ayudante del general, éste consideraba que Lojendio había actuado de manera poco diplomática, al sentirse herido en lo personal. De hecho, el arranque del embajador no sería premiado posteriormente con algún cargo de importancia.

En la cautela de Franco influía su temor a que Castro decidiera romper las relaciones perjudicando con ello a la gran colonia española en Cuba o, incluso, que reconociera al «gobierno rojo en el exilio», algo que no le convenía, en un momento en que el franquismo disponía de pocos apoyos internacionales. Por ello, decidió que el Ministerio de Asuntos Exteriores sacara una nota afirmando que la política exterior española tiene por principio no meterse en asuntos internos de otros países.

Aun así, durante una década, no hubo embajadores ni en Madrid ni en La Habana y las relaciones se mantuvieron a nivel de encargado de Negocios.

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