Borja Bergareche

Isabel II dice adiós a su perro (y a su imperio)

Este fin de semana la reina de Inglaterra «entregaba» a su hijo Carlos el cetro de la Commonwealth

Borja Bergareche
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Si cierran los ojos y piensan en la reina de Inglaterra, es muy probable que se la imaginen pañuelo a la cabeza en su residencia escocesa de Balmoral, junto con sus perros y al volante o cerca de un Land Rover. Así le ha visto la Historia durante las seis largas décadas de reinado. Así le han visto también quienes han visto la serie «The Crown». Isabel II cumplió el sábado 92 años. No tuvo que ser una fecha alegre. El domingo pasado abandonó este mundo Willow, el último de la treintena de perros corgis descendientes de Susan, el ejemplar que regalaron a la entonces princesa en 1944 por su 18 cumpleaños. Fue su padre, el rey Jorge VI, quien introdujo esta pequeña raza canina en Buckingham Palace en 1933. Willow, quizás lo recuerden, tuvo su cameo cinematográfico cuando apareció recibiendo al actor Daniel «James Bond» Craig en palacio en el espectáculo de inauguración de las Olimpiadas de Londres 2012. Con Willow, enfermo de cáncer, se va la que es quizás la última conexión directa, más allá de la propia dinastía de los Windsor, con los tiempos de su padre.

No es el único eslabón que se corta. En 2013, Isabel II tuvo que escuchar que Land Rover abandonaría en 2015 -como así fue- la fabricación del coche irrompible por excelencia, el preferido de la gente de campo. Fue también su padre quien presidió, en 1948, la salida de los primeros modelos de la línea de producción. Por tanto, de la estampa de Balmoral ya solo quedan ella, y su pañuelo. Siempre me ha impresionado pensar cuál será la perspectiva histórica de quien ha vivido durante un siglo. Y más cuando esa persona ha sido jefa de Estado de una de las naciones más prósperas y poderosas de la faz de la tierra durante 65 de esos años. Isabel II nació en 1926. De aquel mismo año siguen vivos el expresidente francés Valérie Giscard D’Estaing o el economista estadounidense Alan Greenspan. De entre los ilustres nacidos entonces y ya fallecidos figuran, por ejemplo, la duquesa de Alba y Fidel Castro, Miles Davis y John Coltrane, Paco Rabal y Marilyn Monroe.

Este fin de semana también, la reina de Inglaterra «entregaba» a su hijo Carlos el cetro de la Commonwealth, las 53 naciones que conforman una “anglosfera” que abarca a un tercio de la población mundial (2.400 millones de personas). Creada en 1949 por el padre de la actual soberana, esta mancomunidad de naciones se extiende por los cinco continentes con países como Canadá, Australia, Sudáfrica o India. La mitad de sus miembros, sin embargo, son países pequeños, de menos de dos millones de ciudadanos, o islas-estado de apenas 10.000 habitantes como Nauru. La cumbre de la organización, celebrada la semana pasada en Londres, ha rechazado sustituir el papel de la Corona británica por una presidencia rotatoria, y ha establecido que el príncipe de Gales heredará con el trono la jefatura de la organización. Carlos de Inglaterra cumplirá en noviembre 70 años, una larga espera… pero ese es otro tema.

¿Para qué la Commonwealth? A menos de un año de la desconexión de la Unión Europea, la idea de reforzar lazos comerciales y políticos con la red de excolonias es una alternativa demasiado golosa para los pro-Brexit nacionalistas, euroescépticos o «little englanders» nostálgicos del imperio. Pero el baño de realidad -ducha escocesa, más bien- es inevitable: Reino Unido realiza el 50% de sus intercambios comerciales con la UE, y solo el 9% con los diez países más grandes de la Commonwealth. Comercian más con Bélgica y Luxemburgo que con Canadá y Australia. Visto a la inversa, India intercambia más bienes con Alemania o Bélgica que con el Reino Unido. La primera demanda si Londres renegociara acuerdos comerciales post-Brexit con estos países sería, como ya ha dicho el gobierno de Nueva Delhi, la exigencia de levantar las restricciones a la circulación de personas. Una exigencia que la deriva anti-inmigración de la mitad del Reino Unido que votó Brexit hace imposible. Es triste pero, si reina algún día, Carlos de Inglaterra habrá heredado un puñado de islas atlánticas, lo que quede del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, y poco más.

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