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Internacional

De Hugo Chávez a Mao Zedong, los funerales más largos de la Historia

ABC repasa algunos de los sepelios más controvertidos y que más tiempo han durado después de que, tras la muerte de Fidel Castro, se hayan convocado nueve días de luto en Cuba

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El sepelio de Hugo Chávez y el escándalo del coche fúnebre

Nicolás Maduro entrega a Hugo Chávez la espada de Simón Bolívar durante el funeral- REUTERS

Hugo Chávez, expresidente de Venezuela, murió el 5 de marzo de 2013 en Caracas. Había contraído una infección respiratoria poco después de que lo operasen de cáncer en Cuba. Combatía con la enfermedad desde hacía casi dos años. Nicolás Maduro, actual dirigente del país sudamericano, fue el encargado de dar la noticia a través de la televisión estatal, donde también anunció que policías y militares se desplegarían por todo el territorio para aplacar posibles revueltas y «garantizar la paz».

El 6 de marzo se instaló la capilla ardiente en el mismo lugar que lo había visto morir: el Hospital Militar Doctor Carlos Arvelo. Dos días más tarde, tras siete horas y trece kilómetros de recorrido —y ante la atenta mirada de millones de venezolanos que se habían echado a la calle—, arrancó el funeral con la Academia Militar del Ejército Bolivariano como escenario.

Sin embargo, fue en este punto el que que surgió la incertidumbre: aún no se sabía dónde descansarían los restos del exmandatario. Es la razón por la que Maduro volvió a pronunciarse y a anunciar que los mantendrían en la capilla ardiente una semana más. En un alarde de emular a figuras históricas como la de Evita Perón, Lenin o Stralin; también confesó su intención de embalsamar el cuerpo y exponerlo en el Cuartel de la Montaña (antiguo Museo Histórico Militar), algo que los expertos dieron por imposible. Habían pasado demasiados días desde su muerte.

Al final, lo enterraron el 17 de marzo en el Cuartel de la Montaña, donde el arquitecto Fruto Vivas construyó la Flor de los Cuatro Elementos, un monumento que representa el «renacer de la patria». Un acto de megalomanía al más puro estilo de Lorenzo y Giuliano de Medici, los nobles del «Cinquecento» florentino cuyos restos reposan las monumentales tumbas de mármol que Miguel Ángel construyó en la basílica de San Lorenzo. Colocaron el ataúd sobre el sarcófago y entregaron la bandera nacional que lo cubría a Maduro. Él se la dio a Elena, la madre del difunto presidente.

Aunque quizás, lo más llamativo del periplo que protagonizaron los restos de Chávez es la insólita historia que gira en torno al coche fúnebre. El Gobierno venezolano se lo pidió a Luis Fernando Arango, propietario de una funeraria colombiana. Era un Lincoln 98; sus cristales no estaban tintados, todo lo contrario: transparentes y amplios, a través de ellos se podía ver el féretro. Arango aceptó prestar el vehículo casi sin pensarlo. El 6 de marzo un avión del Ejército venezolano aterrizó en Antioquía para llevárselo. El coche paseó por la ciudad, dejando que los venezolanos se despidieran de Chávez, que lo vieran por última vez. Sin embargo, cuando llegó la hora devolverlo a su dueño, llegaron también las complicaciones. Arango contaba a los medios que tras seis meses de espera en los que el régimen chavista no paraba de dar largas, el coche apareció en la frontera de Colombia sin que fuera registrado. El Estado lo confiscó y lo subastó sin que él pudiera participar en la puja. Otro persona lo compró por 45.000 dólares (más de 42.000 euros); el artículo había adquirido un valor histórico. Por eso, los dueños de la funeraria no se amilanaron, encontraron al nuevo propietario y recuperaron el ansiado coche. Esta vez por 60.000 dólares (más de 56.000 euros).

Lenin, una inversión de más de 233.000 euros al año

Varios hombres cargan con el féretro de Lenin-

Vladímiro Ylicht Ulianov, más conocido como Lenin, murió el 21 de enero de 1924 a los 53 años. Dos días más tarde, ABC anunciaba: «Será expuesto tres días al público». En la actualidad, el cuerpo momificado del líder de la revolución bolchevique se sigue mostrando en una urna de cristal en el Mausoleo de Lenin, en la archiconocida Plaza Roja de Moscú.

La versión oficial cuenta que murió de un infarto cerebral. Sin embargo, existen leyendas, elucubraciones y especulaciones que la desdicen. También hay estudios que han tratado de analizar lo que ocurrió. Es el caso del que publicó The European Journal of Neurology en 2004, que aseguraba que Lenin tenía sífilis. Por su parte, Leon Trotski acusó a un Stalin sediento de poder de haber envenenado a su predecesor y de evitar que regresase a Moscú a tiempo. Quería reclamar una autopsia especial.

El funeral arrancó el 27 de enero. Había sido embalsamado por los científicos Borís Zvarski y Vladímir Vorobiov. A menos de 30 grados bajo cero, más de un millón de personas acudió a la Plaza Roja para despedirse de él. El régimen comunista soviético alcanzaba así su objetivo: dar la oportunidad a todos los trabajadores de decirle adiós al líder del proletariado. Sin embargo, desobedecía a los deseos del difunto, que quería ser enterrado en San Petesburgo junto con su madre.

Según explicaba la periodista Mónica Arrizabalaga en ABC, el edificio de madera que albergaba su cuerpo, imperturbable ante al paso del tiempo, fue sustituido por el actual mausoleo que preside la plaza y que lleva su nombre. La obra del arquitecto Alexéi Schusev es una pirámide escalonada de piedra y mármol. La temperatura, la humedad, la luz, la presión: todo en su interior está hecho para convertir el cuerpo de Lenin, sometido cada dos meses a procedimientos químicos que ayudan a conservarlo, en materia eterna e incorruptible. Aún se sigue exponiendo al público a través del sarcófago transparente y a prueba de balas diseñado por el ingeniero Nikanor Kurochkin.

Está claro que hacer que Lenin parezca estar vivo no es una tarea sencilla; tampoco barata. Según recogía la BBC el pasado mes de mayo, el Gobierno ruso destinaría este año 13 millones de rublos (más de 233.000 euros) a su conservación. El medio británico aseguró además que un reciente sondeo en el que participaron más de 8.000 rusos a través de internet mostró que un 62 % de ellos estaba a favor de enterrar el cadáver del líder soviético. Una idea que, por ahora, el Kremiln descarta.

Cientos de muertos, el trágico final del funeral de Iosif Stalin

El dictador soviético Iosif Stalin-

El dictador soviético Iosif Stalin murió el 5 de marzo de 1953. A la fatídica fecha le precedieron cinco días de agonía: había sufrido un ataque cerebrovascular la noche del 28 de febrero, después de celebrar una reunión en Kúntsevo, cerca de Moscú, con sus hombres de confianza. El infarto le sobrevino cuando ya se encontraba en su domitorio. Al menos, es lo que cuenta la versión oficial. Sin embargo, como explica el periodista de ABC César Cervera en uno de sus artículos, fuentes no oficiales desvelaron que «el sangriento dictador se retiró luego de discutir gravemente con dos de sus seguidores, Lázar Kaganóvich y Voroshílov». Las dudas comenzaron a multiplicarse y las sospechas de asesinato jamás se han disipado.

Sea como fuere, lo cierto es que al día siguiente a la reunión, «Stalin no salió de su cuarto y no llamó ni a los criados ni a los guardias. Nadie se atrevió a entrar en su habitación hasta que, sobre las diez de la noche, su mayordomo forzó la puerta y lo encontró tendido en el suelo, vestido con la ropa que llevaba la noche anterior y sin apenas poder hablar. El dictador había sufrido un ataque cerebrovascular», prosigue el periodista en su pieza.

El 6 de marzo, expusieron su féretro en la sala de las columnas de la Casa de los Sindicatos. Allí, los rusos presentaron sus respetos a Stalin durante tres días y tres noches. En la mañana del 9 de marzo de 1953, miembros de su círculo cercano sacaron a hombros su ataúd y lo pusieron sobre una cureña, una especie de carromato sobre la cual se monta el cañón de artillería. Empazaba así el cortejo fúnebre.

De Riga a Praga. Mítines en las plantas obreras, discursos para los trabajadores que construían las vías ferroviarias. Las maniferstaciones de luto se extendieron por toda la URSS. Sin embargo, las aglomeraciones acabaron con un trágico suceso: durante el funeral, se produjo una estampida humana en la céntrica plaza Trúbnaya de Moscú que se llevó, según diversas fuentes, entre varios centenares y 3.000 vidas.

La momia de Stalin fue enterrada en el mausoleo de Lenin, aunque ocho años después, en la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre de 1961, fue sacada del monumental edificio para terminar sepultada a los pies del muro del Kremlin.

Evita Perón

El doctor Pedro Ara fue el encargado de momificar el cadáver de Evita erón-

María Eva Duarte de Perón murió cuando solo tenía 33 años. Era el 26 de julio de 1952. La primera dama argentina, mujer del entonces presidente Juan Domingo Perón, gozaba de una enorme popularidad y, con su muerte, se transformó en objeto de culto, en mito. Su marido, ya había advertido antes de quedar viudo que no quería que el cuerpo de su esposa se consumiese bajo tierra. El entorno vio la solución clara: había que embalsamar su cuerpo. Para ello eligieron a un patólogo de reconocido prestigio, Pedro Ara; nacido en la ciudad española de Zaragoza, experto en técnicas para conservar cuerpos. Trabajó a marchas forzadas, tratando de luchar conta la naturaleza. Reemplazó la sangre Perón por alcohol y luego por glicerina. De esta forma, la piel de la joven se tronó casi transparente.

Nada más hacerse oficial la noticia, la Confederación General del Trabajo (CGT) decretó 72 horas de duelo. Una medida que el gobierno extendió a un mes. El cadáver de la primera dama fue expuesto durante nueve días en la capilla ardiente, en el Ministerio de Trabajo y Previsión. Allí se despidieron de ella más de 2.000.000 millones de personas que acudieron a darle su último días a pesar del frío y de la lluvia.

El 9 de agosto el Congreso Nacional recibía los restos de Evita, que llegaban escoltados por un imponente cortejo formado por 17.000 soldados de Tierra, Mar y Aire, tanques, policías a caballo, miembros del Partido Peronista, una banda de música sacra. Pero el Congreso no era el destino final. La comitiva siguió desfilando por las calles de Buenos Aires hasta llegar a la sede de la CGT. Esa misma tarde, diez minutos antes de las 18.00 horas, el rugido de 21 cañonazos hicieron temblar el suelo y acompañaron al sonido de las trompetas que tocaban los músicos del Ejército. Fue entonces cuando metieron el féretro dentro del edificio, que ya tenía una capilla a punto y a cuatro sacerdotes a la espera. La idea era dejar allí el cadáver hasta que la construcción de un mausoleo en su honor estuviese terminada. Incluso, se improvisó un laboratorio para que Ara pudiera seguir haciendo su trabajo.

Sin embargo, los planes de su marido se truncaron cuando, tres años más tarde, se produjo la caída del gobierno peronista. Entonces llegaron años idas y venidas: el cadáver fue trasladado en innumerables ocasiones. Ahora, los restos descansan en el Cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires, en la bóveda de la familia Duarte. Una atracción turística.

Abraham Lincoln

El tren que recorrió la geografía estadounidense con los restos mortles de Abraham Lincoln-

El decimosexto presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, murió el 15 de abril de 1865. Un día antes, John Wilkes Booth, un actor teatro, le había metido una bala en la cabeza. Un asesinato con todos lo ingredientes para convertirse en uno de los crímenes más recordados de la Historia, más reproducidos en libros y películas y que más leyendas conspiranoicas ha desatado. Más aún, al recordar que, poco antes, el exmandatario norteamericano había tenido un sueño premonitorio. Imaginó que se encontaba en el ala este de la Casa Blanca y que era testigo de un gran funeral. Le preguntó a un soldado qué ocurría; el oficial le respondió que el presidente había muerto.

Una vez asesinado el dirigente y ante una sociedad aún conmocionada, un tren con sus restos mortales partía desde Washington el 21 de enero. Se dirigía a Springfield, en Illinois. Más de 2.600 kilómetros de recorrido. Era su particular cortejo funebre, la misma ruta que había hecho cuando aún era presidente electo, en 1861. La única diferencia radicaba en que no haría algunas paradas como las de Pittsburgh o Cincinnati. El cortejo estaba formado por nueve convoyes que surcaron la geografía estadounidense y pasaron por lugares tan variopintos como Baltimore, en Maryland; Nueva York o Cleveland, en Ohio. En cada una de las estaciones a las que arribaba la exraña comitiva, había gnte esperando, simpre deseosa de despedirse del hombre que dicidió el destino de su país durante cuatro años.

Mao Zedong

Mao Zedong, máximo dirigente del Partido Comunista de China, fumando en el interior de un tren-

Mao Zedong falleció el 9 de septiembre de 1976. Solo habín pasado diez minutos de la medianoche. Tenía 82 años y tras de sí dejó un Partido Comunista fragmentado en el que se intensificaron las luchas intestinas de poder. La extrema izquierda estaba encabezada por la conocida como «Banda de los Cuatro». El grupo estaba dirigido por la viuda de Mao, Jiang Qing, y abogaba por continuar con la política de movilización revolucionaria de masas. Por otra parte, había dos grupos más moderados: uno liderado por Hua Guofeng, el sucesor designado por el propio Mao, que defendía volver a centralizar el poder, al estilo soviético; y otro comandado por Deng Xiaoping, que estaba a favor de reformar la economía de China por completo, de acuerdo con una política más práctica que no pusiera tanto énfasis en la ideología.

El sepelio duró hasta nueve días después de su muerte —acabó el 18 de septiembre— y tuvo como epicentro la capital del país. Millones de personas se congregaron en los puntos clave de Pekín para rendir homenaje al difunto líder, cabeza visible de la llamada Revolución Cultural, una purga sin precedentes en la que personalidades políticas, económicas y culturales, como el actual presidente chino Xi Jinping, fueron humillados y enviados a trabajar en el campo.

Campesinos procedentes de las zonas más recónditas del país acudieron a ver el cuerpo inerte de Mao, a despedirse de él para siempre; también lo hicieron mujeres que trabajaban en fábricas textiles, estudiantes que gritaban con amargura, personalidades representativas de minorías étnicas, prisioneros con las manos encadenadas. Además, la defunción de Mao trajo consigo escenas curiosas e impactantes, que los fotógrafos trataron de captar con sus objetivos: los vendedores del mercado de fruta y verdura de Shanghai iban ataviados con un brazalete negro y en la Plaza de Tiananmen —la que luego sería escenario de la masacre de 1989— se respiraba un ambiente solemne.

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