Donald Trump, durante un encuentro bilateral este lunes con el primer ministro indio, Narendra Modi
Donald Trump, durante un encuentro bilateral este lunes con el primer ministro indio, Narendra Modi - Afp

Guerra entre Trump y los exjefes de Inteligencia por la implicación rusa

Le acusan de «dejarse engañar» por Putin sobre su intervención en las elecciones

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Que nada cambie en las versiones sobre la implicación rusa en la elección presidencial no significa que la tormenta amaine. Como cada vez que Donald Trump habla con el presidente ruso, la presunta conspiración del Kremlin lo invade todo, esta vez la gira asiática que el inquilino de la Casa Blanca está a punto de culminar.

Su persistencia ha contribuido al enfrentamiento más sonado con los que fueran jefes de la inteligencia estadounidense en la etapa de Barack Obama. Después de que el presidente diera por buena la versión inocente de Vladimir Putin y se defendiera tachando de «activistas políticos» a los responsables de los anteriores servicios secretos, dos de sus principales portavoces le acusaron este domingo de «dejarse engañar» por su homólogo ruso. Un enfrentamiento que añade ruido al principal escándalo de la era Trump, de consecuencias aún impredecibles.

John Brennan, anterior jefe de la CIA, y James Clapper, quien protagonizó la última etapa como director de la Inteligencia Nacional, acapararon ayer las televisiones norteamericanas con un reproche crítico a la personalidad del presidente. A su juicio, los líderes mundiales, y en particular Putin, terminan sacando provecho del extraordinario ego del presidente estadounidense.

Brennan aseguró que «aprueba la conducta de Putin porque no es capaz de afrontar el asunto directamente y no conoce su responsabilidad (en la conspiración) como la conocemos nosotros».

El exdirector de la Agencia Central de Inteligencia alude, sin citarlo, al informe que los principales servicios secretos suscribieron de manera conjunta al término del mandato de Barack Obama, en el que se concluía que, «con absoluta seguridad», el Gobierno ruso estaba detrás de las interferencias para cambiar el curso de la elección presidencial. El documento añadía que el objetivo era influir en el resultado de las urnas en favor de Trump, motivo por el que el actual presidente sigue sin asumir que tuviera lugar la implicación rusa.

Mientras el fiscal especial y tres comisiones del Congreso van más allá, en un intento de probar si el equipo del propio ganador de la elección participó en la conspiración para hacerse con el triunfo, los argumentos de Brennan se endurecen al llamar la atención del «riesgo que supone para la seguridad nacional el hecho de que otros gobernantes logren manipular sus inseguridades (las de Trump) de esa manera».

La escalada del enfrentamiento con quienes asesoraran en inteligencia a su antecesor, que según el actual presidente actuaban por «meras indicaciones políticas», alcanzó ayer su punto álgido.

Clapper incidió en la misma teoría de la debilidad del ocupante del Despacho Oval: «Parece muy susceptible a las alfombras rojas y a las guardias de honor, y a toda la pompa y circunstancia que implica su cargo, pero creo que eso le termina haciendo muy susceptible al engaño».

«A Trump no le engañan»

En su defensa de Trump, su secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, calificó de «ridículas» las acusaciones de los exjefes de los servicios secretos. El representante de la Administración Trump aseguró que «al presidente no le engaña nadie; se trata de dar soluciones a los grandes asuntos».

Para añadir argumentos a su reiterada negativa a una intervención rusa, Trump insiste en que mantener una buena relación con Putin es más beneficioso para Estados Unidos que lo contrario. Y esgrime ventajas para la lucha contra Daesh y para otros tantos conflictos que amenazan al mundo, como el de Corea del Norte con la comunidad internacional. Lo que refuerza con acusaciones a Obama y Clinton.

Al primero le recuerda desde Twitter que «intentó lo mismo, pero no tenía química alguna con Putin». A su rival en la pasada elección presidencial y ex secretaria de Estado le reprocha su célebre error de regalar a su homólogo Sergey Lavrov un botón rojo como símbolo de «una nueva era de buenas relaciones». La traducción del ruso de la palabra sobreimpresa llevó de un «reiniciar» a una «sobrecarga» que provocó un efecto contrario al inicialmente deseado.