Internacional

Filipinas declara el «estado de anarquía» tras un atentado atribuido a Abu Sayyaf

El ataque ha causado al menos catorce víctimas mortales en la ciudad de Davao

Un equipo de rescate traslada el cuerpo de una de las víctimas del atentado en Davao
Un equipo de rescate traslada el cuerpo de una de las víctimas del atentado en Davao - Reuters

El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, ha acusado a la milicia yihadista de Abu Sayyaf de la autoría del atentado que acabó con la vida de al menos 14 personas en la ciudad de Davao en la madrugada del viernes al sábado.

«Esta no es la primera vez que Davao ha sido sacrificada en el altar de la violencia», aseveró el mandatario, quien declaró el «estado de anarquía» en el país, una medida que implica el despliegue masivo de fuerzas de seguridad.

El ataque se produjo en plena noche en uno de los mercados más populosos de Davao, donde Duterte ejerció como alcalde en el pasado. De acuerdo al portavoz de la Presidencia, Martin Andanar, en el lugar del atentado se encontraron componentes de un artefacto explosivo casero. Posteriormente, Abu Rami, miembro de Abu Sayyaf, reivindicaba la acción armada.

Abu Sayyaf fue creada en 1991 como una escisión del Frente Moro de Liberación Nacional. Su fundador, Abdurajak Abubakar Janjalani, era un clérigo que luchó en Afganistán, donde asegura conoció a Osama Bin Laden y sintió la llamada a una yihad global.

Desde su nacimiento, hace ahora un cuarto de siglo, el grupo ha sufrido una notable vuelta de tuerca interna, con numerosas muertes en su liderazgo. Entre las principales obras de su legado de terror se encuentra el atentado con explosivos contra un ferry en la bahía de Manila en febrero de 2004, donde al menos 116 personas perdieron la vida.

Ya en julio de 2014, su líder, Isnilon Totoni Hapilon, juraba lealtad a la red del Estado Islámico.

Ahora, el grupo armado ha convertido la extorsión en su seña de identidad: a finales del pasado mes de abril, John Ridsdel, un turista canadiense raptado siete meses antes por los radicales era ejecutado tras expirar el plazo de sus captores, que exigían 20 millones de euros por su liberación. Y a mediados de junio, los yihadistas decapitaron a otro rehén en su poder: el canadiense Robert Hall.

Guerra contra el yihadismo y contra la droga

El último ataque yihadista confluye con la guerra sucia contra la droga emprendida por el presidente Duterte.

Convertida en una de sus principales promesas de campaña, el mandatario aboga por un plan de recompensas para acabar con los señores de la droga.

Ya durante su periplo como alcalde de Davao, Duterte fue conocido como «El Castigador». El apelativo tiene su origen en los sangrantes lazos con los grupos de vigilantes o patrullas urbanas que a finales de los 90 sumergieron a la ciudad en el terror.

Y el epíteto amenaza con ampliar su leyenda. Ronald de la Rosa, máxima autoridad policial del país, reconocía días atrás que desde la llegada de la Administración Duterte hace apenas dos meses, al menos 1.900 personas han muerto durante la represión contra el narcotráfico.

En una comparecencia en el Senado, el jefe de Policía aseveró que las fuerzas de seguridad habían acabado con la vida de cerca de 750 personas debido a la resistencia de las víctimas a ser detenidas. Mientras, el resto de muertes «están siendo investigadas».

Con anterioridad, expertos de la ONU habían instado al Gobierno de Manila a detener las ejecuciones y asesinatos extrajudiciales intensificados desde la llegada al poder de Duterte.

«En efecto, es una licencia para matar», aseguraba entonces Agnes Callamard, relatora especial de la ONU sobre ejecuciones extrajudiciales, subrayando que «las directivas de esta naturaleza son irresponsables en el extremo y la incitación a la violencia y el asesinato, un crimen de derecho internacional».

«¿Crímenes contra la humanidad? En primer lugar, me gustaría ser sincero con ustedes: ¿Son seres humanos? ¿Cuál es su definición de ser humano?», aseguró, por contra, Duterte durante una reciente visita a un campamento militar, de acuerdo a las transcripciones de su discurso. «No se puede hacer una guerra sin matar», recordaba.

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