Internacional

Las FARC apelan al corazón de Colombia para que hoy gane el «sí»

Muchos votarán hoy «no» al acuerdo de paz convencidos de que la guerrilla obtendrá demasiadas ventajas

Barrio de La Chinita, en Antioquia, donde hace 22 años las FARC cometieron una matanza
Barrio de La Chinita, en Antioquia, donde hace 22 años las FARC cometieron una matanza - EFE
CARMEN DE CARLOS Bogotá - Actualizado: Guardado en:

Las 7.30 de la mañana del sábado, en las calles de Bogotá, ruedan los coches con fluidez. Los puestos de golosinas, cafés, dulces, cigarrillos, jugos y otros sabores –caribeños y tradicionales–, se despachan casi como si fuera un día laborable en cualquier ciudad de España. Caterina Salinas, de 26 años, limpia los cristales de una torre del barrio de Chapinero, el sector financiero de esta gran ciudad donde los «trancones» (atascos) son moneda corriente. «Dios es el único que da la paz. El hombre no es quién para hacerlo», sentencia para justificar que su voto será contrario a los acuerdos suscritos entre el presidente Juan Manuel Santos y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia).

«Dar el sí es como pensionar a los guerrilleros», observa antes de aclarar, «lo digo por lo que escucho en la radio y veo en la televisión». Como ella, buena parte de los ciudadanos de a pie reconoce no haberse leído las 297 páginas del acuerdo final que el Gobierno somete, por decisión de Santos, a la voluntad popular.

En las emisoras de radio, los cortes de publicidad son para promocionar el plebiscito. «Conozca el acuerdo para que vote informada» es la coletilla cada diez minutos. En la cadena «Blu», abiertamente a favor del Sí, se interpretan los puntos más polémicos para desterrar la idea instalado en el sector del No de que los guerrilleros, poco menos que van a asaltar el poder y hacerse los amos de Colombia. «Aunque se resolviera la guerra con dinero diría No. Si lo haces, otro vendría que le daría plata para que mate» insiste Caterina, inamovible en su postura. «La decisión –añade– está tomada». Dicho esto, pronostica, «Si sale el Sí será una paz pasajera, por interés, no hecha con el corazón».

El mensaje del Papa desde Georgia donde agradece los esfuerzos de Santos e implícitamente condena a los defensores del No gana espacios en las noticias horas antes de que se abran las urnas. También, la secuencia de perdones de los cabecillas de las FARC que inauguró Timochenko el lunes pasado. La última fue por la masacre de La Chinita, una de las matanzas de la guerrilla más antigua del continente que terminó con la vida de 33 personas en ese barrio de Apartadó (departamento de Antioquia), hace 22 años. Uno de los cabecillas de las FARC, Luciano Marín Arango, más conocido como Ivan Márquez, se abrazó con viudas y madres de sus víctimas. «Venimos con el corazón compungido a pedirles perdón por todo el dolor», proclamó, «pero nunca el mando de las Farc ordenó tal atrocidad».

División de opiniones

Silvia Berrocal, madre de un joven de 17 años asesinado aquel 23 de enero, le creyó; «pidieron perdón con sinceridad» y ella, a su vez, reconoció «les perdonamos». José, de 68 años, lleva toda la vida al frente del kiosco de la Avenida Brasil de Bogotá. Le rodean lo que antes se llamaban rascacielos y, entre uno y otro, el espacio permite ver en el horizonte un paisaje verde y montañoso. «No voto por la mafia. Las FARC están en la rosca (negocio turbio) con este gobierno y con todos los anteriores. Ni si ni no, no voy a votar», advierte molesto. «Europa y Estados Unidos también están en la rosca porque nosotros producimos la cocaína pero ellos la compran todita. Esto nunca se va a terminar», asegura. Mientras coloca las cajetillas de cigarrillos, piruletas, chicles y despacha, José declara su sueño: «Ir a Cuba, allí te dan todo gratis, salud, educación, vivienda… Porque este kiosco no es mío, es del Estado, no lo puedo comprar lo tengo que arrendar», se queja.

Una de las emisoras de Caracol aprovecha contra reloj la oportunidad de convencer a sus oyentes de que «todo proceso de paz implica sacrificios». Para ilustrarlo recuerda los acuerdos de Oslo de 1993 entre Simon Peres y Yasir Arafat, los de Guatemala y el Salvador y hasta el abrazo de Nelson Mandela con los responsables del «apartheid» o, lo que fue más insólito, su decisión de entregarle la vicepresidencia a Frederik Willem de Klerc, su antecesor en el cargo. Todo, por la paz.

López y Ardila trabajan de guardias de seguridad. Al segundo le acompaña un perro labrador, «especialista en olfatear explosivos», aclara. Ya no estallan bombas en Bogotá «pero hay que estar atentos», comenta. «Va a ganar la indiferencia. La gente no cree en nada».

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