Internacional

La extrema derecha agua la fiesta de la unidad alemana

Merkel reconoce en Dresde que el país se enfrenta a «nuevos problemas», y abogó por plantarles cara «juntos, con respeto mutuo y con la aceptación de opiniones políticas muy diferentes»

Manifestantes piden la renuncia de la canciller Merkel, durante la fiesta de la unidad alemana, este lunes en Dresde
Manifestantes piden la renuncia de la canciller Merkel, durante la fiesta de la unidad alemana, este lunes en Dresde - Reuters
ROSALÍA SÁNCHEZ Corresponsal En Berlín - Actualizado: Guardado en:

La esposa del ministro de Finanzas de Sajonia, Martin Dulig, rompió a llorar este lunes en la tribuna de autoridades de Dresde, durante los actos de celebración oficial de la fiesta nacional alemana del 3 de octubre. No pudo soportar la cascada de insultos e improperios que le lanzaban varias decenas de manifestantes del movimiento xenófobo Pegida (Patriotas Alemanes contra la Islamización de Occidente), apostados en la plaza Neumarkt.

Ella al menos tuvo suerte, accedió al recinto protegida por la policía tras el cordón de seguridad sin tener que sufrir los empujones, agresiones y zarandeos con los que los manifestantes trataron de intimidar a cuantos invitados se pusieron a su alcance. «Estamos tristes y avergonzados por las faltas de respeto y las muestras de odio», tuiteaba después la Cancillería sajona, lamentando especialmente las heridas causadas a un hombre de raza negra que trataba de acceder a la iglesia Frauenkirche, donde tuvo lugar un servicio religioso ecuménico de acción de gracias por la reunificación de las dos Alemanias hace ahora 26 años y en cuyas puertas fue apedreado por miembros de Pegida.

Ya en el interior de la Semperoper, desde donde se seguían escuchando los gritos y los improperios, el presidente del parlamento alemán, el cristianodemócrata Norbert Lammert, respondió con un mensaje de sensatez y de reconocimiento de los méritos de la sociedad alemana, los mismos que los vociferantes niegan al acusar al gobierno de conducir al país a la «Scheißerepublik» (República de Mierda). «Puede que esto no sea el paraíso sobre la tierra, pero muchos que lo buscan desesperadamente se niegan a ir a cualquier otro país que no sea Alemania», dijo Lammert, «podemos y debemos confiar un poco más en nosotros mismos, mostrar algo de optimismo y permitirnos al menos una pequeña dosis de satisfacción, si es que no es posible un sentimiento de felicidad».

Recibidos al grito de «traidores»

En su intervención, la canciller Merkel reconoció que Alemania se enfrenta a «nuevos problemas», y abogó por plantarles cara «juntos, con respeto mutuo y con la aceptación de opiniones políticas muy diferentes». Tanto Merkel como el presidente de Alemania, Joachim Gauck, fueron también recibidos con gritos de «traidores al pueblo» y «vosotros no sois el pueblo», una frase que se servía de la consigna que gritaban en sus manifestaciones pacíficas los ciudadanos de la RDA en sus marchas de resistencia al régimen comunista y a la que contestó desde el podio de los oradores el primer ministro de Sajonia, Stanislaw Tillic. «Los que se oponían al régimen de la RDA tenía toda la razón de gritar que ellos eran el pueblo porque se oponían a una dictadura con todo un aparato de represión», dijo, «pero hoy esa frase es inadecuada, porque disfrutamos del derecho de pensar y decir lo que queramos con la única condición de no herir a los otros y de respetar las leyes».

A esas alturas de le celebración, había quedado ya en evidencia que en Alemania se puede celebrar todo menos unidad. Los 2.600 policías desplegados en Dresde no podían controlar a los grupos violentos de manifestantes que habían tomado la ciudad con una especie de táctica de guerrilla. Observadores apostados en diversas calles avisaban por redes sociales sobre la presencia de cualquier político, presentándose de inmediato numerosos grupos que amedrentaban a sus objetivos obligando a las víctimas a protegerse en cafeterías o en portales de viviendas. Mientras, en la Semperoper, el actor Philipp Lux recitaba la parábola de los anillos de Lessing, en la que el escritor alemán llamaba en el siglo XVIII a la tolerancia entre las religiones. Una cápsula de civilización en la que resonaba la música de Bach y de Telemann, amenazada y acallada por los gritos de «¡marchaos de Alemania!».

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