INCENDIO EN PORTUGAL

«Esto parece el fin del mundo»

La impotencia se alía con el desgarro en los dramáticos testimonios de las víctimas

Casas devoradas por las llamas - EFE

El calor aprieta y la carretera de acceso de Lisboa a Pedrógao Grande dibuja una caravana de vehículos jalonada por furgonetas de los cuerpos de seguridad y salvamento. El día invita a acudir a las playas, pero la tragedia del gigantesco incendio desatado en los alrededores de Leiria ha cambiado el semblante de muchos portugueses, conscientes de que las llamas podían haberse reproducido en cualquier otra zona.

Al otro lado de la frontera resucita la tradicional sensación de pesadumbre que se alza sobre Portugal históricamente. Fado por un país azotado por algunas sendas de destrucción de origen natural, especialmente el terremoto que asoló la capital allá por 1755, semilla para la rehabilitación de la Baixa.

Hoy flota en el aire la misma pregunta: ¿Por qué? ¿Se merece Portugal tanto sufrimiento? La resignación se deja sentir en los rostros descompuestos y el silencio preside los intentos de retomar la vida cotidiana. «¿Qué hemos hecho para merecer esto? Esto parece el fin del mundo», se lamenta una mujer de 64 años. «¡Cuánto dolor! ¡Que alguien haga algo de una vez, que todos los años estamos igual!», dice a este periódico en cuanto ve una libreta y un bolígrafo. «¡Por favor, por favor!», suplica entre lágrimas para desgarro de las personas de los alrededores.

Sus palabras resumen el pálpito general en el país vecino. Hablamos de mucho más que impotencia. Hablamos de un desasosiego extremo, que diría Fernando Pessoa, el gran retratista del alma lusa, deudora de este sentimiento trágico de la vida, en palabras del gran apasionado de Portugal que fue Miguel de Unamuno.

Indignación

La indignación se puede cortar en el ambiente. El incendio tuvo un origen natural, pero por una razón o por otra el verano envuelve toda la nación en el desconsuelo, tal es la persistencia de los incendios devastadores. Ninguno como este, de acuerdo, pero la gente quiere respuestas y soluciones, no solo palabras de aliento y abrazos institucionales.

«Si el infierno existe, nosotros vivimos en él», señalaba un hombre compungido al otro de la calle, con la oscura sombra de las llamas a la espalda. «Un verdadero apocalipsis», subrayaba con la mirada perdida y la impresión de que todo esto será muy difícil de olvidar.

«¡Que la Virgen de Fátima nos proteja! Vi el fuego en mi propio cabello, pero por suerte logré zafarme de él»
Más aflicción: «¡Que la Virgen de Fátima nos proteja! Vi el fuego en mi propio cabello, pero por suerte logré zafarme de él. Y mi marido solo ha tenido unas magulladuras en el brazo. Hemos tenido suerte, gracias a Dios, porque llegamos a pensar que íbamos a ser devorados por las llamas», explica un joven descamisado, con las huellas de la incredulidad en su rostro.

Pero no solo la salud preocupaba a los ciudadanos, también el futuro que se les presenta ahora. «Lo he perdido todo. Ya no tengo nada», se queja una muchacha que se aferra a una esperanza que se resiste a desaparecer. Una situación que concuerda con la vivida en la isla de Madeira el año pasado, cuando numerosos lugareños se quedaron con lo puesto. Pues aquí, en Pedrógao Grande, acontece igual: nadie podía imaginar una tragedia de estas características.

Otra reiterada queja de los habitantes de la zona es que no recibieron la ayuda adecuada en los peores momentos. «Mi marido desapareció y todavía no sé nada de él. Me resulta muy complicado entender por qué los ayuntamientos de este país no están mejor preparados para afrontar situaciones así, para plantar cara a este destino fatal que vuelve sobre nuestras cabezas», declaraba un anciano que terminaba diciendo: «Desgraciadamente, la muerte forma parte de la vida».

«Solo hemos visto un helicóptero ¿Por qué no enviaron más? Me parece que el verano pasado había más medios, y luego dicen que este Gobierno socialista no hace recortes», proclamaba una muchacha con el sufrimiento en la cara.

En la boca del lobo

Algunos testigos citan la imprudencia de algunos ciudadanos que, presa de la confusión, se montaron en sus automóviles con la pretensión de huir, pero no calcularon bien y acabaron por meterse de lleno en la boca del lobo.

Y es que la dispersión de frentes se vio acompañada por unos repentinos cambios de dirección. Aconteció, de esta forma, que el fuego sorprendía a la gente sin recursos para defenderse. Una ratonera mortal porque, cuando parecía que se atisbaba la salvación, todo daba un giro y el zarpazo del incendio acechaba de nuevo a la vuelta de la esquina. Así se explica que las hipotéticas salidas del infierno terminasen convertidas en puertas de acceso a la muerte.

Mucho más: no faltan quienes vaticinan que todavía emergerán testimonios incluso con mayor desgarro. Todos los que pueden buscan cobijo en casas de sus familiares y amigos. Miran atrás y no pueden evitar que se les caigan las lágrimas. Se dice en el pueblo que el fervor por la Virgen Fátima mantiene a más de uno en pie. Es el alivio de la religión.

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