Internacional

Diáspora tibetana: una vida en el exilio

Desde hace décadas, 150.000 tibetanos huidos de China se refugian en la India. ABC visita sus monasterios budistas y centros de acogida en Darjeeling

. El monje tibetano Palden Phintsok, en primer plano, seguido de sus compañeros Kunga Gyaltsen, Gendun Dhargye y Thupten Gyaltsen, en el monasterio de Guru Sakya, en Darjeeling
. El monje tibetano Palden Phintsok, en primer plano, seguido de sus compañeros Kunga Gyaltsen, Gendun Dhargye y Thupten Gyaltsen, en el monasterio de Guru Sakya, en Darjeeling - PABLO M. DÍEZ

Escaparon del Tíbet hace décadas, dejando atrás a sus familiares, y saben que morirán sin volver a su tierra. Huyendo del autoritario régimen chino, 200.000 refugiados forman la diáspora tibetana, de los que 150.000 se han instalado en la India al cobijo de su venerado líder espiritual, el Dalái Lama, exiliado en este país.

Tras su fuga a través del Himalaya al fracasar una revuelta popular contra el Ejército chino en 1959, miles de tibetanos siguieron los pasos del «Océano de Sabiduría» en busca de la libertad. Thupten Gyaltsen y Palden Phintsok, dos monjes que rondaban los 30 años cuando escaparon juntos en 1961, andan hoy cerca de los 90 y apuran sus últimos días en el monasterio de Guru Sakya, a las afueras de Darjeeling. En esta estación de montaña a la sombra del Himalaya, levantada durante la época colonial británica y famosa por su delicioso té, viven varios miles de exiliados tibetanos. A ellos se suman los que habitan en Dharamsala, donde reside el Dalái Lama, y los distribuidos en medio centenar de asentamientos al sur de la India.

«Me he pasado toda la vida aquí y este es mi hogar, pero es muy triste estar lejos de tus seres queridos», se lamenta a ABC el monje Palden, quien se marchó del Tíbet, abandonando a los cinco miembros de su familia, «para huir de la ocupación china». Aunque han pasado 55 años, recuerda su fuga como si fuera ayer. «Fue muy peligroso; tardamos dos semanas en llegar a Nepal porque tuvimos que atravesar a pie las montañas aguantando el frío y viajando solo de noche para que no nos vieran los soldados chinos, que disparaban a quienes trataban de huir», rememora el monje con tristeza.

Hasta varios décadas después, cuando Deng Xiaoping empezó en los años 80 la apertura de China tras la muerte de Mao Zedong, Palden Phintsok no supo nada de sus parientes. En los 90, gracias a un acuerdo de los gobiernos chino e indio, fue autorizado a viajar al Tíbet junto a otros diez exiliados para visitar a su familia. «Aunque mis padres ya habían muerto, fue uno de los momentos más felices de mi vida porque pude reencontrarme con mis hermanos», asegura el monje sentado en la terraza del monasterio, donde contempla con melancolía la bruma que envuelve los riscos de Darjeeling. Abajo, entre la niebla, resuena el «tren de juguete» a vapor inaugurado por los británicos en 1881, que sigue operativo para los turistas porque es Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Ensimismado en el paisaje junto a los ancianos Thupten Gyaltsen y Palden Phintsok, el monje Gendun Dhargye, de 50 años, coincide con ellos al señalar que «echo mucho de menos a mi familia», pero deja claro que «no puedo volver al Tíbet tal y como están las cosas porque no hay libertad». Tras huir en 1992 para librarse de las clases de «reeducación patriótica» que impone el régimen de Pekín, su padre, un campesino de Shigatse, se pasó en la cárcel de 1996 a 2006 por manifestarse contra China.

Dolma y Sangmo, dos ancianas que huyeron del régimen chino en 1959, tejen lana en un taller del Centro de Autoayuda para Refugiados Tibetanos de Darjeeling.
Dolma y Sangmo, dos ancianas que huyeron del régimen chino en 1959, tejen lana en un taller del Centro de Autoayuda para Refugiados Tibetanos de Darjeeling.- PABLO M. DÍEZ.

Al igual que sus otras zonas fronterizas, el Tíbet ha formado parte de China cuando sus dinastías imperiales eran lo suficientemente fuertes para controlarlo, pero nunca ha sido un Estado independiente reconocido por otros países. Durante la dinastía Yuan (1206-1368), Kublai Khan, nieto del caudillo mongol Gengis Khan, incorporó el Tíbet a sus dominios. La caída en 1911 del último emperador de China, Pu Yi, y el caos durante la Primera República y la ocupación japonesa otorgaron al Tíbet una independencia de «facto» que duró hasta 1950. Justo después de que Mao Zedong ganara la guerra civil y fundara la República Popular China en 1949, las tropas comunistas entraban en el Tíbet. Hasta hoy.

«Ya no se escapa tanta gente porque hay más controles desde la revuelta de 2008», desvela el monje Gendun, quien al menos puede telefonear a su familia de vez en cuando «siempre y cuando evitemos hablar de política, ya que escuchan y graban nuestras conversaciones».

Una cooperativa para refugiados

A pocos kilómetros del monasterio, al otro lado de Darjeeling funciona desde 1959 el Centro de Autoayuda para Refugiados Tibetanos, que acoge a 250 exiliados. La mayoría de ellos, que huyeron siendo niños y jóvenes en las décadas de los 60 y 70, tienen ya más de 50 años y muchos son hoy ancianos. «Por razones de seguridad, aquí no puede haber ya más refugiados porque estamos muy cerca de la frontera con China», razona el director del centro, Dorjee Tseten, quien escapó del Tíbet en 1964, cuando tenía ocho años.

En estos terrenos de 16 kilómetros cuadrados, cedidos por el Comité Americano de Emergencias en medio de las plantaciones de té de Darjeeling, los exiliados viven y trabajan en una comunidad que cuenta con 15 talleres de artesanía donde fabrican muebles, tejen alfombras y pintan «thangkas» (cuadros budistas) para ganarse la vida. «Antes queríamos la independencia; ahora nos conformamos con una mayor autonomía y respeto para nuestra cultura», reconoce Dorjee Tseten consciente de la cada vez mayor fuerza internacional de China. Aunque se muestra convencido de que «algún día regresaremos al Tíbet», Dolma y Sangmo, dos ancianas que huyeron en 1959 y tejen lana en un rudimentario taller, no ocultan su amargura porque «somos apátridas y estamos solas, ya que dejamos nuestro país y a nuestros familiares. Muchos de ellos han muerto ya y al resto no volveremos a verlos nunca más».

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