Una niña recibe cuidados preventivos a su llegada a Alepo procedente de Duma, tras los ataques del 7 de abril - EFE | Vídeo: Trump considera un éxito el ataque sobre Siria (ATLAS)
ATAQUE ALIADO EN SIRIA

Damasco quiso acelerar la victoria gaseando a sus rivales

La decisión de Trump contrasta con el carácter dubitativo y débil de Obama durante la crisis de las armas químicas en 2013

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Son más de siete años de guerra, que estalló como un conflicto civil entre sirios y pronto se transformó en un choque por poderes entre bloques mundiales. Las muertes se cuentan por centenares de miles y los refugiados externos e internos por millones. El país está exhausto y casi arrasado. Estados Unidos, uno de los protagonistas principales, ha anunciado su intención de retirar de Siria los últimos 2.000 soldados que apoyan a los rebeldes «moderados», y las potencias que respaldan al dictador de Damasco –Rusia e Irán– huelen la victoria. Pero Bashar al Assad tiene aún más prisa que Putin y el ayatolá Jamenei por terminar, y lleva años buscando atajos para acelerar el final, a cualquier precio.

El primer aviso serio por parte de la comunidad internacional llegó en 2013. Ese verano, las fuerzas de Al Assad lanzaron cohetes con gas sarín contra varios suburbios de Damasco controlados por los rebeldes y mataron a centenares de civiles allí atrapados. Obama amagó, pero no actuó, para después acatar la puesta en escena de Damasco y de sus aliados rusos sobre una supuesta destrucción de los arsenales y la ratificación de la Convención de Armas Químicas (CWC).

En la noche del 5 de abril de 2017, después de otro ataque de las fuerzas de Assad con armas químicas contra población civil, el presidente Trump llevó a cabo un golpe muy preciso contra una base aérea siria. La velocidad de respuesta de Trump contrastó vivamente con el metódico escrutinio de cualquier respuesta militar que atenazó a toda la Administración Obama.

Un año más tarde, y crecido por sus victorias en el campo militar, Bashar al Assad dio por olvidada la lección y atacó de nuevo con armas químicas en la ciudad de Duma, donde se calcula que residen entre 80.000 y 150.000 personas. El ataque áereo del pasado 6 de abril con barriles de gas cloro perseguía terminar, por la tremenda, con el último foco de resistencia en la región de Guta oriental, durante años gran bastión rebelde que amenazaba con asfixiar la capital siria, corazón del régimen.

El último episodio de armas químicas, calificadas por todos los convenios internacionales como «crímenes contra la Humanidad», se fraguó a comienzos de este año. En febrero, las fuerzas de Al Assad lanzaron un brutal asalto contra Guta oriental que se cobró con la muerte de 1.700 civiles. Las tropas del régimen lograron partir la región en tres bolsones de resistencia, el mayor de ellos con Duma como capital. A finales de marzo, los rebeldes de los dos más pequeños firmaron una tregua con Damasco, y pactaron huir hacia otras bases rebeldes en el norte. Solo quedó Duma, en manos de los irredentos milicianos islamistas de Jaysh al Islam.

El 7 de abril, las fuerzas de Al Assad lanzaron dos ataques aéreos con bombas que –según las pruebas analizadas por Estados Unidos y Francia– contenían altas dosis de gas cloro. El número de muertos, una semana después, oscila en torno a los 50, y el de afectados por los gases en los hospitales instalados en la zona rebelde –a los que tuvieron acceso organismos internacionales y la inteligencia occidental– supera los 500. Los pacientes sufren los síntomas clásicos de la exposición a un agente químico: insuficiencia respiratoria, cianosis central (labios y piel azulada), saliva espumosa, olor a cloro. Los equipos de rescate revelaron que con frecuencia las víctimas aparecían reunidas en espacios pequeños, como en busca de refugio frente a las bombas de cloro que mataron en muchos casos de forma inmediata, por lo que no pudieron siquiera escucharse sus gritos.

Basta un solo uso de gas cloro –menos potente que el sarín, pero igualmente letal– para que la CWC catalogue la acción como «genocidio» y lo someta a la jurisdicción universal. No solo la ética, también la ley internacional es inapelable. Cualquier intervención bélica con armas químicas es una agresión contra todo el género humano y exige respuesta inmediata.