Miembros de la Asamblea Constituyente, durante la inauguración en el Palacio Legislastivo
Miembros de la Asamblea Constituyente, durante la inauguración en el Palacio Legislastivo - AFP

Los chavistas toman el Parlamento venezolano para instalar la Asamblea Constituyente

La exministra de Exteriores, Delcy Rodríguez, presidirá la Asamblea chavista; el ala dura del régimen no pudo imponer a Cabello al frente de la misma

ENVIADA ESPECIAL A CARACAS (VENEZUELA)Actualizado:

Delcy Rodríguez, que viene a ser lo mismo que decir Nicolás Maduro, se convirtió ayer en la persona más poderosa de Venezuela. La exministra de Asuntos Exteriores fue designada presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente, el organismo con poderes plenipotenciarios, con atribuciones para hacer y deshacer lo que le venga en gana. El proyecto de disolver la otra Asamblea, la que concentra a los diputados legalmente elegidos en las urnas hace dos años, de momento, quedó aparcado. También la amenaza de tomar al asalto el hemiciclo. La directiva juró su cargo en el salón Elíptico, en el lado opuesto de los jardines del «Capitolio» que administra el Gobierno. El choque de fuerzas entre oposición y oficialismo, quedó descartado.

Diosdado Cabello, el hombre con más poder en las sombras, puede darse por vencido. La batalla por presidir una Asamblea que hasta puede destituir al Presidente, la perdió. Se impuso el ala madurista, pese a los hechos de los últimos meses, más moderada que el del diputado que ayer tuvo que confornarse con un premio de consolación, ser el maestro de ceremonias para proclamar a Delcy Rodríguez y al resto de la directiva de la Constituyente. El nuevo organismo de poder, por encima del bien y del mal, en rigor supone una puerta para prorrogar el poder de un Gobierno aislado, desprestigiado -hasta el infinito y más allá-, con sanciones en marcha de la UE, Estados Unidos, el Mercosur (Mercado Común Suramericano que el martes lo expulsará del bloque al aplicarle la carta democrática) y repudiado por medio planeta.

El precio de esta Constituyente que Maduro convocó, saltándose a la torera la Constitución de 1999 del mismísmo Hugo Chávez (sin convocar el referéndum previo obligatorio, con voto doble para unos y único para otros y otras excentricidades al margen de la democracia) lo comenzó a pagar antes de que consumara un delito que, para buena parte de la oposición, es el principio del fin del régimen y ya está actuando con un efecto bumerang directo a la cabeza del Gobierno.

El escenario que se abre a partir de ahora es malo, pero podía ser mucho peor. Si en «el comando», mesa chica donde se adoptan las decisiones de Estado, se hubiera impuesto Diosdado al frente de la Constituyente, Venezuela prometía recoger lo peor de las dictaduras del siglo XX y XXI. A ese escenario habría que sumarle, más si cabe, el perfeccionamiento de una red de corrupción desde el Estado que, hoy por hoy, abarca no solo el narcotráfico sino el contrabando de combustible, alimentos y cualquier otro artículo o producto con capacidad para engordar los bolsillos insaciables de militares y miembros del régimen.

Puente de entendimiento

La elección de Delcy Rodríguez, con su hermano Jorge, alcalde Caracas, persona de confianza de Maduro, echa por tierra las ambiciones de Diosdado de Cabello y pone en el cielo de la esperanza algún puente de entendimiento con la democracia a futuro. Al menos, en teoría. En el camino (sinuoso), la proclamación de la mujer de rojo, (traje de chaqueta con pantalón y zapatos rojos) vino acompañada, como no podía ser de otro modo, de la retórica chavista clásica. «No se equivoquen con Venezuela. El mensaje está muy claro, los venezolanos resolveremos nuestros conflictos, sin ninguna ningún tipo de interferencia extranjera ni amenaza imperial», advirtió la elegida de Maduro. Delcy Rodríguez, de aspecto una versión pizpireta de «Bety la fea», durante su intervención, no fue capaz de evitar la tentación del recurso fácil de términos y expresiones como «fascismo», «soberania libertaria» o recurrir al «imperio» que intenta enterrar «la revolución bolivariana».

El baño de multiutud de la mujer que se resistía a ser candidata a la Constituyente, en rigor, fue menor del esperado. El espacio físico del salón Elíptico en el que se desarrolló la ceremonia, es insuficiente para albergar a los 545 constituyentes que, presumiblemente, estaban ahí. Por fortuna para el chavismo las escalinatas del viejo Congreso y actual Palacio Federal, son altas y con escalones con longitud suficiente para sostener a esos hombres y mujeres a los que Delcy Rodríguez dedicó un discurso que intentaba competir con el realismo mágico lationamericano. A los empresarios les dijo «construyan su modelo nacional que Venezuela lo merece». Al mundo le dio su palabra como Pinocho: «En Venezuela no hay hambre», «no hay crisis humanitaria, hay amor». Al planeta humano le explicó la realidad del país: «Lo que hay es crisis de una derecha fascista tratando de destruir un pueblo independiente». Y , «a los violentos, a los fascistas, a los que le hacen la guerra económica al pueblo… No se sorprendan, mañana empezaremos a actuar». Entre la amenaza y la sonrisa colocó algo parecido a una tregua: «A los que no creían en nuestra Constituyente, aquí tienen nuestra mano tendida» para el diálogo… Gobernaremos para todos, acompañaremos al presidente Maduro a derrotar a todos los que han declarado la guerra a Venezuel».

Dolida con la realidad que camufla el régimen, mostró su estupor (quizás verdadero), «por tanta furia» desatada por la Constituyente en un mundo que no les comprende. Dicho esto, no dudó al describir un escenario de ficción: «Llego el momento de renovar la Constitucion siguiendo los estandares internacionales» y celebró el triunfo de un «modelo de Gobierno victorioso de derechos humanos».

En otros puntos de Caracas y del resto de Venezuela, el gentío se manifestaba en contra de un hecho consumado. Como los 121 muertos desde abril y los más de cinco mil detenidos por motivos políticos.