En el centro, el profesor de inglés Bern Phoenix, con los alumnos Goro Nishida (izquierda de la imagen), Soh Horie y Tamiyuki Okahara (derecha de la imagen)
En el centro, el profesor de inglés Bern Phoenix, con los alumnos Goro Nishida (izquierda de la imagen), Soh Horie y Tamiyuki Okahara (derecha de la imagen) - PABLO M. DÍEZ

Aprendiendo de la bomba atómica

Desde hace medio siglo, el Centro Mundial para la Amistad de Hiroshima fomenta la reconciliación reuniendo a supervivientes con turistas americanos

HIROSHIMAActualizado:

Se mataron hace siete décadas. Hoy se sientan a la misma mesa, comparten sus experiencias y se ríen. Juntos aprenden del pasado para no repetir sus errores ni sus horrores, como las bombas atómicas que Estados Unidos lanzó en 1945 sobre Hiroshima y Nagasaki para forzar la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Una tragedia que Obama recordó el viernes en la primera visita de un presidente estadounidense a Hiroshima, donde abogó por el fin de las armas nucleares y se fundió en un emotivo abrazo con un «hibakusha», como se conoce en Japón a los supervivientes de la bomba atómica.

Desde hace medio siglo, eso es lo que hace el Centro Mundial para la Amistad (World Friendship Center), que junta a americanos y nipones para que se conozcan, hablen y, en definitiva, no vuelvan a matarse. Esta institución nació el 6 de agosto de 1965, vigésimo aniversario de la bomba atómica de Hiroshima, y fue idea de una estadounidense, Bárbara Reynolds, que había llegado con su familia a la ciudad en 1951. Su marido, Earl, había sido destinado por un equipo científico americano para estudiar los efectos de la radiación en los niños, lo que despertó en ambos su conciencia antinuclear al descubrir las nefastas consecuencias de la bomba. Tres años después, mientras daban la vuelta al mundo en su yate con tres tripulantes de Hiroshima, Earl fue arrestado al protestar en la «zona prohibida de ensayos atómicos» de EE.UU. en el Pacífico. A partir de ahí, su activismo aumentó y Bárbara empezó a organizar «peregrinajes de la paz» de «hibakusha» por distintos países para relatar su traumática experiencia.

Con Bárbara Reynolds fallecida desde 1990, el centro sigue difundiendo las historias de los supervivientes para fomentar la reconciliación y la paz. Cada mes alberga a más de medio centenar de turistas, muchos de ellos estadounidenses, a los que ofrece por 3.900 yenes (32 euros) al día alojamiento, desayuno, recorridos por el Parque de la Paz de Hiroshima (donde cayó la bomba atómica) y charlas con «hibakusha». «Es una forma de visitar la ciudad y conocer su historia porque se está olvidando que hay 15.000 armas nucleares en el mundo, 4.000 de ellas en lanzaderas preparadas para ser disparadas», explica a ABC el director del Centro, Bern Phoenix. Este ingeniero químico nacido en Alemania, donde conoció a su esposa estadounidense, vivía en Santa Fe (Nuevo México) hasta que vino el año pasado a Hirohisma. Como voluntarios, él y su mujer gestionan el centro, que imparte además clases de inglés a mayores japoneses.

Entre ellos figuran algunos «hibakusha» como Soh Horie, que no había cumplido los cinco años cuando el bombardero «Enola Gay» desató el infierno en Hiroshima. «Recuerdo la luz cegadora y el fuerte viento», relata en inglés, que lleva once años estudiando en el centro. Horie perdió a su padre, oficial de la Marina, y, al cabo del tiempo, a dos hermanos que fallecieron de cáncer, que él achaca a la radiación. A él mismo le detectaron un problema de tiroides con 15 años y, en 2012, los médicos no le dieron más que dos meses de vida por un linfoma maligno. Tras recibir quimioterapia durante medio año, derrotó a la enfermedad y ha recuperado incluso el pelo. A pesar de todo ello, no critica que Obama no se disculpara por la bomba atómica porque «Japón también debería pedir perdón a otros países por lo que hizo durante la guerra», dice en alusión a las atrocidades del Ejército nipón durante su ocupación de Asia.

Una visita «maravillosa»

En la clase, impartida por Bern Phoenix, también destaca el «hibakusha» Goro Nishida, que tenía casi cuatro años cuando la bomba atómica cayó sobre Hiroshima. Aunque su madre falleció años después por un problema en el bazo derivado de la radiactividad, no le guarda rencor a EE.UU. y califica la visita de Obama de «maravillosa». Con él coincide Tamiyuki Okahara, quien, con seis años, se libró de la explosión nuclear porque estaba evacuado a 50 kilómetros de Hiroshima. Su padre, que trabajaba en una oficina de Hacienda cercana a la explosión, resultó gravemente herido. Aunque sobrevivió a la bomba, murió al cabo de 15 años cuando los médicos le encontraron un cáncer de estómago, otro de hígado y leucemia. A pesar de su doloroso pasado, Okahara se congratula de que «la visita de Obama tiene un gran impacto no solo en Hiroshima, sino también en EE.UU. y el resto del mundo».

Según detalla Bern Phoenix, el director del Centro Mundial para la Amistad, «esta iniciativa nació con un foro de intercambio cultural y contra las armas atómicas, pero ha derivado hacia otros temas como la paz y la protección del planeta». Una especie de club social donde sus miembros comparten sus experiencias con los visitantes para no repetir los errores del pasado. Ni sus horrores.