Retrato de Antonio de Oquendo, héroe de Pernambuco - ABC

Oquendo, el olvidado héroe vasco que aplastó a una «invencible» armada holandesa en el ocaso del Imperio español

Antonio de Oquendo venció a Hans Pater en la batalla de los Abrojos (1631) a pesar de que contaba con una flota peor artillada y con mucho menos porte

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Igual de vasco que de español; de un valor inigualable y con unos arrestos equiparables a la ingente cantidad de títulos que atesoró gracias a su valía marinera. Antonio de Oquendo podría haber pasado a la historia por asfixiar como una soga a los corsarios ingleses ansiosos por hacerse con las riquezas que nuestra Corona traía desde el Nuevo Mundo. No obstante, ha logrado hacerse con su particular y merecido hueco en los libros por su victoria en la batalla de los Abrojos (también Pernambuco) en 1631. Y no es para menos, pues aquella jornada logró doblegar a la pertrechada flota de Hans-Pater con una armada peor armada y de mucha menor envergadura.

A pesar de que aquella fue su gran victoria, su vida estuvo rodeada de otras glorias que le granjearon el favor de la monarquía y acrecentaron (con razón) su leyenda como marino y héroe de España. Por ello, hoy narramos su historia.

Primeros enfrentamientos

Antonio de Oquendo y Zandátegui, cazador de corsarios y héroe de Pernambuco entre otras tantas gestas, arribó a nuestro mundo allá por octubre de 1577 en San Sebastián. Hijo de María de Zandátegui y de Miguel de Oquendo (Almirante General de nuestra España y veterano de la batalla de las islas Terceiras) tuvo su primer gran contacto con el mundo militar en las galeras de Nápoles cuando sumaba unas 16 primaveras.

El académico Manuel Gracia Rivas afirma en «Los Oquendo: historia y mito de una familia de marinos vascos» que, a pesar de que contó con un padre ilustre, nuestro protagonista no pudo reflejarse en su gentil sombra. «Basta recordar que, cuando murió Don Miguel en 1588, el niño aún no había cumplido los 11 años y, teniendo en cuenta que el padre había estado ausente del domicilio familiar en los dos años anteriores, los recuerdos que pudiera tener de él no serían muchos», señala.

Con sueldo de veinte escudos, Oquendo combatió durante dos años a las órdenes de Pedro de Toledo contra los piratas berberiscos del Mediterráneo. Nada que ver con lo que había hecho su padre en el Atlántico. La Real Academia de la Historia, en su «Diccionario Geográfico-Histórico de España» (editado en 1802), corrobora las fechas ofrecidas por Gracia y señala que «baxo el mando de este xefe mostró el joven Oquendo una índole feliz y un gran fondo de talentos militares, que se llevaba tras de sí los aplausos de quantos le conocían».

Miguel de Oquendo, padre de Antonio, fallecido en 1588 en el desastre de la Grande y Felicísima Armada
Miguel de Oquendo, padre de Antonio, fallecido en 1588 en el desastre de la Grande y Felicísima Armada-ABC

No debió irle mal al vasco pues, según explica Gracia, posteriormente «obtuvo una plaza de entretenido en la Armada del Mar Océano que mandaba Luis Fajardo». En ese puesto tuvo su primer contacto con el gran azul ya que, como señala el académico, «esta armada era la encargada de proteger las flotas que se desplazaban de una a otra orilla del Atlántico». La Real Academia de la Historia desvela, por su parte, que cambió de puesto a razón de «diez escudos [más] de sueldo».

En este cargo tuvo que combatir nuevamente a los corsarios ansiosos de arrebatar a España hasta la última moneda que llegase de las Américas. Bajo el mando de Fajardo se enfrentó (según Gracia) a la Pérfida Albión en 1598 y a una flota combinada de ingleses y holandeses en 1601. En la última sufrió de primera mano el horror de la guerra, pues vio como morían 200 españoles para garantizar la victoria. Gajes del oficio, que se suele decir, pero impactantes para el todavía joven Oquendo.

Corsarios ingleses

Oquendo recibió su primer mando con 26 años. Para ser más concretos, fue puesto al frente de dos bajeles (el «Delfín de Escocia» y «La Dobladilla») y recibió órdenes de capturar a dos barcos corsarios ingleses que andaban pululando por las cercanías de Lisboa. Así lo recuerda la Real Academia de la Historia: «Felipe III dió órden á D. Luis Faxardo para que destacase desde Lisboa, donde estaba la armada, algunos buques mandados por un cabo experto y capaz de abatir aquel insoportable orgullo».

A pesar de que eran muchos los que ansiaban estar al mando de aquella flotilla, Fajardo apostó por Oquendo. Este salió de puerto el 15 de julio y, tras dos meses navegando, vio las velas de sus enemigos el 7 de agosto.

La batalla comenzó al amanecer. Los británicos se adelantaron disparando todo lo que tenían. Desde cañones, hasta arcabuces. Y los nuestros no tardaron en responder. «Abordó el inglés á Oquendo metiéndole en su barco 100 hombres, que fuéron recibidos con ardiente corage, formándose la mas recia pelea que duró sobre dos horas, y combatiendo de cuerpo á cuerpo, sin que desalentase á D. Antonio el ver que los otros siempre echaban fresca, hasta que con denuedo acabó de arrojar algunos á la mar», se explica en la obra de la Real Academia de la Historia.

Felipe III fue uno de los grandes valedores de Oquendo
Felipe III fue uno de los grandes valedores de Oquendo-ABC

Finalmente, el español dio buena cuenta de sus enemigos y regresó a la Península exultante «con su barco acrivillado á balazaos» .

Tras aquella contienda empezó a ser reconocido por sus superiores. «Fajardo que, en aquellos momentos, se encontraba en la mar, le escribió felicitándole y, con el afecto que siempre le dispensó, afirmaba que haría por él “todo cuanto fuere en mí con la mesma voluntad que lo hiciera por Don Juan, mi hijo”», añade el académico. Parece que Felipe III también supo de la gesta y le envió una carta a través del Secretario del Consejo de Guerra, Esteban de Ibarra.. En ella le señaló que deseaba fervientemente «que sigáis el mismo camino que vuestro padre» y que sabía que daría «muy buena cuenta de todo lo que de mi servicio os encargase».

Lo mejor y lo peor

Aquella victoria fue su carta de presentación. Gracias a ella, y a otras tantas acciones valerosas como una batalla en la que acabó con una armada holandesa que buscaba aniquilar a cuantos barcos de la Corona pudiese, fue llamado a la corte en abril de 1605. Todo ello, para ser nombrado gobernador de la Escuadra de Vizcaya. El popular divulgador histórico Víctor San Juan afirma en su obra «Grandes batallas navales desconocidas» que tomó el puesto por la muerte de su antecesor, y únicamente de forma temporal. Sin embargo, no fue por ello menos honor.

A pesar de que, como le sucediera a su padre (fallecido en el desastre de la Grande y Felicísima Armada), un temporal le costó la mitad de la flota y 800 muertos el 31 de diciembre de 1606, Oquendo siguió ganándose a pulso su ya de por sí gran reputación.

Ejemplo de ello es que, en 1608, volvió a ser ascendido. «En seguida se le nombró general en propiedad de la esquadra de Cantabria, compuesta de la de Guipuzcoa, Vizcaya y Quatro Villas», añade la Real Academia de la Historia. En esta ocasión, por cierto, a cambio de la nada desdeñable cantidad de 200 escudos mensuales. Poco después, en 1611, fue nombrado Capitán General de la Armada de la Guardia de la Flota de Indias.

Galeón españon, según Durero
Galeón españon, según Durero-ABC

Oquendo, pese a su intachable currículum, cayó en desgracia en 1617 (año en que una situación esperpéntica le hizo acabar en prisión). Todo comenzó cuando Juan Fajardo de Guevara, Almirante General de la Escuadra del Océano, abandonó su cargo sin el permiso real. Las autoridades ofrecieron el puesto a nuestro protagonista, quien lo rechazó argumentando que andaba inmerso en la formación de su propia escuadra y la construcción de un gran galeón que le sirviera como nave capitana. Aquello le granjeó, como explica San Juan, ser «fulminantemente destituido y confinado en el castillo de Fuenterrabia».

Por suerte, no estuvo más que unos pocos meses en prisión. De hecho, la llegada al trono de Felipe IV le garantizó la rehabilitación y el regreso –al mando de la escuadra de Cantabria y de su nueva capitana- a la Armada del Mar Océano. En 1623 regresó de nuevo a la Carrera de Indias. Es decir, a la lucha contra los corsarios que buscaban hacerse con las mercancías que iban y venían de las Américas.

Los años posteriores fueron un verdadero calvario para Oquendo. Y es que, a pesar de luchar siempre por los intereses de España, fue procesado en 1624 acusado de imprudencia y tráfico de influencias después de que algunos buques de su flota se fuesen a pique con un gran tesoro durante el regreso de las Américas a España. Desde la Península, y en palabras de San Juan, la «fosca y desgraciada Casa de Contratación» cargó contra él afirmando que había admitido en la armada a buques que no reunían las condiciones para viajar de forma segura y que había sido muy temerario seleccionando la ruta. «Las acusaciones eran tan desorbitadas que facilitaron la completa absolución de Oquendo en el verano de 1625», añade el experto.

Problemas en Brasil

Mientras Oquendo se defendía en la Península, el escenario internacional se oscurecía. Para empezar, la guerra contra los Países Bajos –iniciada tras una rebelión de los protestantes- había sufrido una severa transformación. En primer lugar, porque Holanda había pasado de problema local, a fuerza emergente. En segundo término, porque España (unida con Portugal desde 1580) comenzaba a sufrir la asfixia y el agotamiento de las continuas contiendas.

En la década de los 20 y los 30 la situación no mejoró, pues para entonces Holanda se había convertido en toda una potencia naval que disputaba el dominio de los mares a la caduca España de un Felipe IV que, por cierto, había entrado en guerra contra medio mundo de la mano del Conde Duque de Olivares. «El calvinismo y la concepción liberal capitalista impulsaron a los bátavos a tomar el mundo como campo de explotación propio, que se debía arrebatar a los incompetentes enemigos para ponerlo a disposición de compañías […] fundadas a principio del siglo XVII por su propio accionariado», explica San Juan en su obra.

Así pues, la renovada Holanda se dispuso a molestar cuanto más pudiera a España. Y uno de los puntos en los que más daño podía hacer era en el ya no tan Nuevo Mundo. Territorio cuya defensa ocasionaba más de un problema a una monarquía sobrepasada por las contiendas. Por si fuera poco, los Países Bajos decidieron que lo idóneo era entorpecer el comercio del azúcar con Brasil, «uno de los dos pilares básicos en los que se basaba la economía de la isla» durante buena parte del siglo XVI, según explica Héctor E. Cuevas en su obra «El azúcar se ahogó en la melaza: quinientos años de azúcar» (publicado por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo).

Buqes de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales
Buqes de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales-ABC

Bajo todas estas premisas partió desde la Vieja Europa hasta el Nuevo Mundo una gigantesca flota holandesa dirigida por Henry Lonk hacia Brasil. Una armada cuya idea era hacerse con Pernambuco, Arrecife y Bahía. La primera, bajo dominio de nuestra Corona y a las órdenes del gobernador Albuquerque, vio llegar a los enemigos allá por 1630. «El 14 de Febrero de 1630 se presentaron a vista de Pernambuco 67 naves grandes, que atacaron desde luego las baterías del puerto echaron en tierra 4.000 infantes por un lado, 2.000 por otro, avanzando hacia la villa», explica el historiador Cesáreo Fernández Duro en su extensísima «Historia de la Armada Española desde la unión de los Reinos de Castilla y Aragón».

En la contienda salió victoriosa una Holanda que, a continuación, creó defensas sabedora de que Felipe IV no tardaría en enviar a una armada que les expulsara de allí. «Dedicáronse a poner la plaza en estado de defensa y a procurarse recursos del país, sin lograr lo último por las emboscadas que por todos lados había. Las naves, como dueñas del mar, corrieron la costa, procurando apresar o destruir las del país, al paso que sondaban reconocían los puertos canales», añade Duro en su obra.

Hacia Abrojos

El ataque sobre Brasil fue visto por la Corona como una auténtica afrenta. La ofensa fue de tal calibre para la monarquía hispánica que, dejando parcialmente a un lado los enfrentamientos en suelo europeo, se formó una flota a la carrera cuyo objetivo sería viajar hasta el otro lado del Atlántico y dar un buen escarmiento a los holandeses.

A ella se unieron 20 mercantes que debían volver cargados de azúcar (por aquello de aprovechar el viaje, muy típico español) y varios bajeles de transporte. «La escuadra constituida […] había de escoltar a la flota mercante y a 12 carabelas en que se embarcaron 3.000 soldados de socorro al mando del Conde de Bayolo».

La flota resultante, según recoge Duro en su obra, estaba formada por un total de 36 bajeles de impedimenta y 20 de guerra. Entre estos últimos destacaban el «Santiago» (la capitana de Oquendo, de 900 toneladas, 44 cañones y en la que enarbolaba su bandera nuestro protagonistas); el «San Antonio» (de 700 toneladas y 28 cañones); la «Capitana de las Cuatro Villas» (de igual porte y artillería que la anterior); la nave capitana de Massibradi (cuyo nombre no aparece recogido en el dossier del historiador, pero que portaba 30 cañones y 601 toneladas) y la nave almiranta de este último marino (también anónima y que sumaba 622 toneladas y 26 cañones).  

Pendón gigantesco que Oquendo portaba en su capitana. Expuesto en el Museo Naval de Madrid
Pendón gigantesco que Oquendo portaba en su capitana. Expuesto en el Museo Naval de Madrid-Museo Naval

El resto, para desgracia española, eran naves de diferente porte y, la mayoría, escasamente preparadas para la batalla debido a las prisas. A pesar de todo, es necesario señalar que –atendiendo a las fuentes a las que se acuda- el número de los buques de guerra y de impedimenta varía.

«En la tarde del 5 de mayo de 1631 salía de Lisboa la armada de Oquendo, ofreciendo al Tajo el interesante espectáculo de los buques dando al viento sus grandes velas y maniobrando a conservar sus puestos en formación. Las blancas banderas, con escudos de armas y efigies de santos, se desplegaban al viento en popa y en los palos; las flámulas ondeaban largas, con aire de fiesta, y a bordo de la real de Oquendo arbolaba el rojo estandarte regio y lucía en la popa, pintada con vivos colores, la imagen ecuestre del apóstol Santiago», explica la doctora en historia Clara Zamora Meca (comisaria de la exposición del Museo Naval «La victoria de Pernambuco») a ABC.

Tras 78 días de penalidades, la armada arribó a su destino y, al no hallar enemigo en las proximidades, Oquendo se dispuso a reorganizar su flota y dirigirse hacia Pernambuco para socorrerla.

«Informados los holandeses de no haber entre el bulto más que ocho naves de combate, eligió el almirante Pater 16 de las mejores suyas»

Por su parte, los holandeses ubicados en Arrecife (frente a Pernambuco) contaban con la friolera de 33 navíos al mando de Adrián Hans-Pater, sustituto de Lonk y famoso por su odio a España. Este, tras enterarse de lo que se le venía encima (y sabedor de que sus buques estaban mucho mejor armados) se dispuso a interceptar el convoy por las bravas. Ya fuera por bravuconería o vete a saber por qué, el almirante decidió dividir su armada y escogió únicamente a 16 de los bajeles a su mando para enfrentarse a Oquendo. Lo más triste es que le bastaba y le sobraba con ellos.

«Informados los holandeses por sus cruceros y confidentes de no haber entre el bulto más que ocho naves de combate, eligió el almirante Pater 16 de las mejores suyas, que reforzó con 1.500 soldados de infantería; parapetó las gavias prueba de mosquete; dio instrucción para atacar dos á dos á los galeones españoles, salió de Arrecife á su encuentro el 18 de Agosto con presunción de hacerse dueño de todos, no infundada, pues sus bajeles excedían de 800 toneladas, la almiranta capitana de 900 y 1.000, con 50 cañones de calibre de 48 a 12, mientras ninguno de los de Oquendo pasaba de 700 toneladas, salvo la capitana, con artillería de 24 a 8», completa Duro. En definitiva, que pintaban bastos para los nuestros.

A la batalla

El 12 de septiembre. Esa fue la jornada mágica en la que Oquendo, dispuesto a superar al destino, descubrió las velas de Pater en el horizonte y se dispuso a plantarle cara a pesar de su inferioridad.

Lo cierto es que debió ser el único que vio tan clara la victoria ya que, cuando Bayolo se percató de lo que se les venía encima, propuso al almirante embarcar a algunos soldados ubicados en las carabelas como refuerzo para los mermados bajeles de combate. La respuesta fue una negativa tajante. «¡Son poca ropa!», espetó el mandamás refiriéndose al número de velas enemigas. Sin embargo, tras aquella bravata había una razón lógica, como bien señaló el gobernador de Pernambuco Duarte de Albuquerque en un escrito posterior: «Siendo lo esencial que venía a socorrer a Pernambuco, no quería tocar a los soldados, por si ocurría cualquier accidente que impidiera volverlos a las carabelas».

Las cosas quedaron, en definitiva, como estaban. Pater con su flota mejor pertrechada y dispuesto a pasar por la piedra a los españoles, y Oquendo esperando en envite del enemigo con su línea de batalla formada (según los diarios de los buques castizos) en «18º latitud Sur, 240 millas al Este de los Albrojos».

Cuenta San Juan que lo primero que hizo Oquendo fue pegar un cañonazo al aire. Y no para estremecer al enemigo (que ya había escuchado cientos a lo largo de sus viajes por el Atlántico), sino para formar la línea de batalla. La orden, para ser más concretos, establecía que todos los bajeles que tenían (los 20 mal pertrechados) se ubicasen entre el convoy azucarero y los buques de Pater. Debían, en definitiva, combatir hasta la muerte para evitar que los holandeses no se hicieran con su dulce botín.

Vista de la batalla de Pernambuco en un cuadro de la época. Hoy, expuesto en el Museo Naval
Vista de la batalla de Pernambuco en un cuadro de la época. Hoy, expuesto en el Museo Naval-ABC

Sin embargo, parece ser que Massibradi no pudo escuchar la señal, lo que provocó que tanto él, como los bajeles que dirigía, quedasen separados de la armada principal. Así pues, la flota castiza se dividió en dos partes. Una primera, formada 15 navíos al mando de Oquendo, y una segunda de 5. Una desventaja inicial pero que, a la postre, resultó decisiva para que la Corona obtuviese la victoria. Pater, por su parte, tuvo que decidir a qué escuadra atacar, y no lo dudó: se lanzó de bruces sobre su impresionante «Príncipe» (de 1.000 toneladas y 50 cañones) contra el «Santiago».

Pater, ansioso, lanzó su bajel en dirección a la popa del «Santiago». Quizá, pensando que el almirante enemigo se hallaba ubicado en esa zona del buque. Sin embargo, Oquendo, vestido de raso negro y sin armadura ni casco, esperaba en proa. Cuando el bauprés del «Príncipe» impactó contra la parte trasera del bajel del vasco, nuestro protagonista le dio una curiosa sorpresa. En lugar de achantarse, ordenó a su capitán que virara hacia babor. Algo que logró fácilmente con el impulso de la embestida enemiga.

Esa hábil maniobra ubicó a su barco a barlovento (a favor del viento) y dejó al «Príncipe» a sotavento (contra el aire). Algo sumamente ventajoso, pues así se lograba que todo el humo de los cañones y los arcabuces fuera empujado por la brisa hacia la cara del enemigo. Una verdadera molestia en plena batalla. El punto fue, en definitiva, para nuestro héroe. Una vez ordenadas las piezas, y con las capitanas frente a frente, comenzó la verdadera contienda.

Capitanas, frente a frente

Tras las capitanas se empezaron a arremolinar el resto de buques. El primero de ellos fue el navío de la Corona al mando de Juan Costillo. Este, ávido de acabar con Pater, abordó al «Príncipe» aferrando a uno de sus palos un calabrote (una cuerda gruesa formado por unos nueve cordones). Su valentía le costó la vida tras ser «herido de arcabuz y de arma blanca», como recuerda Duro. Aquella hazaña sirvió para dar un respiro a Oquendo y atrapar entre dos fuegos a su gran enemigo, que acababa de meterse en la boca del lobo.

Pater, quien hasta hacía horas se creía ante una victoria segura, se encontraba ahora entre la espada y la pared. «Los bátavos, tras la descarga artillera de todos los calibres, abrumados por el humo que el viento arrojaba sobre ellos, tardaron en reaccionar, tratando de contener el sorprendente ataque español que había cambiado las tornas en un instante. La segunda salva española dejó la dotación del “Príncipe” casi reducida a la mitad y al borde de la rendición», completa San Juan.

Tan crudas se las estaba comiendo Pater, que un buque holandés tuvo que abandonar al enemigo contra el que estaba combatiendo para ir en su ayuda. La maniobra que el capitán de aquel bajel dibujó en su mente era ubicarse a estribor del «Príncipe» para pasarle soldados.

Antonio de Oquendo, retrato de un gran héroe
Antonio de Oquendo, retrato de un gran héroe-ABC

Sin embargo, un navío de la Corona (el «Nuestra Señora Dos Placeres Menor», al mando de Cosme de Couto) vio las intenciones del enemigo y decidió ponerle arrestos y ubicarse entre ambos. Lo logró, pero a cambio se vio rodeado por la capitana contraria y su fallido salvador. Al final, tras algunas horas, acabó en el fondo del mar. «El sacrificio del buque portugués, que terminó por hundirse, no fue en vano, puesto que el “Príncipe”; lejos de recibir ayuda, tuvo que combatir un buen rato talmente rodeado», añade San Juan.

Todo ello, por cierto, mientras el resto de los navíos se daban de cañonazos a una distancia preventiva. Casi esperando a que el duelo entre las dos capitanas se decantase de uno u otro lado.

Cuando el centro se hallaba en el momento de tensión máximo hicieron su aparición los buques de Massibadri, ansioso por entrar en batalla tras no haber escuchado el cañonazo de aviso. No pudieron llegar en mejor hora. Así lo demuestra el que la nave almiranta de Massibradi, al mando de Juan de Pardo, cargase contra la popa de otro bajel holandés que acudía raudo a socorrer a Pater. El oficial de la Corona causó a su objetivo «graves daños en el timón y la popa que le dejaron al garete e inundándose por varias vías de agua», en palabras de San Juan.

Explosión final

En la melé central, la llegada de Massibradi logró reducir la tensión existente. No solo eso, sino que su aparición obligó a Pater a hacer un esfuerzo titánico para expulsar del «Príncipe» a todos aquellos que trataban de abordarlo. Para desgracia española no lo hizo mal y acabó con varios de los oficiales más destacados de Oquendo.

Así andaba la situación hasta que, repentinamente, un cañonazo lanzado desde el «Santiago» cambió el panorama de la contienda. «El taco inflamado de una de nuestra piezas de proa inició combustión, que ellos procuraban apagar, y que Oquendo les estorbaba dirigiendo al lugar toda la arcabucería; así tomó cuerpo y fue invadiendo el buque», añade Duro en su obra. El fuego se convirtió en un aliado poderoso de los españoles. Pero también peligroso. Y es que, podía pasar también a la nave de Oquendo o (lo que era más probable) hacer estallar al «Príncipe» en una explosión que se llevaría por delante también al bajel de la Corona.

El «Santiago» debía separarse del «Príncipe» o ambos se irían de la mano al infierno. ¿Qué hacer? La decisión la tomaron en segundos desde la capitana de Massibradi, quien no lo dudó y, con más arrestos que mollera, remolcó al barco de Oquendo y logró sacarlo de aquella trampa mortal. Cabría decir que la tarea no fue sencilla, pues un navío holandés trató de impedirla. Por suerte, el «San Pedro» de José Gaviria detuvo sus intenciones a tiempo.

«El taco inflamado de una de nuestra piezas de proa inició combustión, que ellos procuraban apagar»

Poco después, a eso de las cinco de la tarde (y tras ocho horas de combate) todo acabó cuando el «Príncipe» saltó por los aires después de que el fuego llegase a su santabárbara. Lo mismo ocurrió con otro desafortunado buque que trató de ayudarle.

El estallido estremeció el campo de batalla, aunque no impidió que se finalizasen algunos combates pendientes. «La almiranta holandesa, con otra nave, abordaron con resolución a la de D. Francisco Vallecilla, auxiliada del galeoncete “San Buenaventura”, y pelearon por igual espacio en grupo, aunque con diferente conclusión. Vallecilla recibió dos mosquetazos antes de hundirse en las olas. Habiéndose incendiado una de las enemigas, la primera que le abordó volaron juntas, dejando malparada a la almiranta de Thys. Esta, sin embargo, con otra de auxilio, rindió al galeoncete “San Buenaventura”», completa Duro.

Ninguna nave más combatió aquel día. La batalla había terminado. Tras algún escarceo posterior de ínfima importancia, Oquendo llegó victorioso a Lisboa el 21 de noviembre con los objetivos cumplidos: haber desembarcado a las tropas en Bahía, Pernambuco y Parayba; haber acabado con la vida del general contrario; haber vencido y haber capturado el estandarte del mandamás enemigo.

Otra gran victoria de España y de Oquendo, al que todavía le quedaban muchas aventuras por vivir. Aunque, como se suele decir, eso es ya otra historia.