Lluís Companys proclama el estado catalán en 1934 - Vídeo: ABC

La motivación sexual de Lluís Companys para proclamar de forma ilegal el estado catalán en 1934

El presidente de la Generalitat era frecuentemente cuestionado sobre su catalanidad por sus compañeros, entre ellos Miquel Badia, conocido como «Capià Collons», con el que se disputaba los favores sexuales de una política independentista. La disputa pudo estar detrás de la decisión del político de realizar una declaración de estado dentro de la República

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El 6 de octubre de 1934, el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, proclamó de forma unilateral «el estado catalán dentro de la República federal española». Lejos de ser una movilización independentista, Companys justificó su golpe como una respuesta ante una Cataluña y una República en grave peligro desde que las fuerzas conservadoras habían accedido a la presidencia de Gobierno. Buscaba así una vía federal, pero no separatista. Un órdago para movilizar a la ciudadanía y forzar al Estado a que reconduciera sus políticas. El problema de Companys es que la ciudadanía no llenó las plazas como en abril de 1931, cuando se proclamó la Segunda República, lo que condenó «al estado catalán» a apagarse en menos de diez horas.

El general Batet, que estaba al frente de la IV División orgánica, declaró, de acuerdo al gobierno del catalán Lerroux, el estado de guerra y se suspendió la actividad del parlamento de forma provisional. Las tropas asediaron el palacio de la Generalitat, defendido por los Mossos de Escuadra, mientras la Guardia Civil y la mayor parte de los efectivos de los cuerpos de seguridad del Estado se pusieron del lado de la legalidad. Companys y los miembros de su gobierno fueron detenidos y trasladados a los buques Uruguay y Ciudad de Cádiz, acondicionados como prisión. Únicamente escapó Josep Dencàs a través de las alcantarillas con dirección Francia. El balance de bajas en la ciudad, entre civiles y militares, fue de unas cuarenta y se registraron algunos incidentes en el resto de Cataluña, con la quema de templos y la destitución de varios alcaldes de derecha, pero el golpe contra el Estado tuvo escaso eco.

El presidente de la Generalitat acude al frente de Aragón durante la Guerra Civil
El presidente de la Generalitat acude al frente de Aragón durante la Guerra Civil

Las razones de los nacionalistas para tomar este camino hacia el precipicio y la incertidumbre esconden, sin embargo, una historia humana que va más allá de la política en sí. Y para comprenderla hay que conocer primero la personalidad de Lluís Companys y las circunstancias de su llegada al cargo. Como explica Jordi Canal en «Historia mínima de Cataluña» (Turner), Companys accedió a la cabeza de la Generalitat, en la navidad de 1933, por el fallecido Macià. Pronto formó un gobierno amplio con presencia de ERC, la USC, ARC (Acció Catalana Republicana) y PNRE (Partit Nacionalista Republicà d’Esquerres). Las elecciones municipales de enero de 1934 reforzaron a ERC y, con ello, a su líder Companys.

Así y todo, el política catalán no era sospechoso para nada de ser un radical o un independentista, que en ese periodo eran una minoría marginal, e incluso había formado parte del Gobierno nacional de Manuel Azaña. Fue Ministro de la Marina entre junio y septiembre de 1933, ocupando la cartera con «desgana y sin interés».

La amante independentista

¿Cómo se produjo la metamorfosis de este republicano moderado en un nacionalista exaltado? La presión que ejercía los sectores más radicales en el presidente de la Generalitat explica parte de su decisión. No así toda. Jordi Canal señala en el mencionado libro una motivación «viril», vinculada con el corazón y la entrepierna. Así, el catalanismo de Companys era un asunto discutido y discutible de forma frecuente en el seno de los más radicales, especialmente por compañeros de su propio partido como Josep Dencàs o del Estat Català (partido fundado por Francesc Macià) como los hermanos Badia. «Con uno de sus miembros, Miquel Badia, conocido como “Capià Collons” (“Capitán Cojones”), se había disputado los favores sexuales de su amante, la militante independentista Carme Ballester. La proclama de Companys fue, en parte, un acto para mostrar lo grande que era su amor a la patria».

Miquel Badia había conocido a Ballester, también casada, antes de Companys, en torno a 1933; pero el president, cincuentón y separado de Merè Picó, se enamoró de este independentista y se metió de lleno en el culebrón, con encuentros furtivos incluidos. Enric Ucelay da Cal cuenta en su estudio «El complot nacionalista contra Companys» que «en cierta ocasión, Companys se dejó caer por el centro de la JERC en la Gran Vía de las Cortes Catalanas. Alguien abrió la puerta de su despacho y lo descubrió en plena acción; la historia, no hace falta decirlo, corrió por toda Barcelona».

Aun cuando impresionara a Carme Ballester, el golpe contra el Estado no salió como lo había planeado Companys y los suyos. Una asonada en la que Companys asumió el protagonismo desde las instituciones y Badía, el liderazgo en la calle como jefe de las milicias subversivas. Su animadversión fue en todo momento evidente, hasta el punto de que fue una de las causas por las que apenas hubo resistencia por parte de la Generalitat ante la intervención del general Batet.

Los miembros de su gobierno fueron juzgados por el Tribunal de garantías constitucionales de la República y sentenciados, en junio de 1935, a 30 años de prisión y traslados a los penales de Cartagena y el Puerto de Santa María. Solo la posterior mitificación del president salvó su figura, a ojos de la opinión pública, ante un acto irresponsable que fue calificado en su momento como «un ridículo espantoso». No obstante, el Frente Popular amnistió a los golpistas en 1936 y les permitió regresar como héroes de la causa a Cataluña.

De vuelta a casa, el culebrón pudo continuar allí donde Companys y Badie lo habían dejado. En medio de los episodios violentos que se vivieron en la primavera de 1936, en vísperas de la Guerra Civil, los hermanos Badia fueron abatidos por pistoleros anarquistas, aunque no faltaron las voces que apuntaron a que el aviso lo había dado Companys. En este sentido, Ucelay considera que «todos los nacionalistas de convicción que simpatizaban con Badia sabían que la información había salido de Companys».

Con el «Capià Collons» muerto, el presidente Companys tenía al fin vía libre para casarse con Carme Ballester, lo que hizo en 1936. Ambos se exiliaron a finales de la guerra a París, donde la Gestapo detuvoal al político y lo entregó al régimen franquista. Sometido a un consejo de guerra, fue finalmente fusilado el 15 de octubre de 1940 en el castillo de Montjuic. Ballester, por su parte, murió en el exilio en 1972, siéndole reconocida una pensión de viuda como víctima del nazismo.