Roosevelt dirige a sus «Rough Riders» durante la guerra contra España - ABC / Vídeo: El Caney: la heroica gesta de un puñado de españoles frente a miles de yanquis

La lección de humildad que unos pocos espartanos españoles dieron a la caballería de élite de Roosevelt

En 1898, el futuro presidente arribó a Cuba con un regimiento de jinetes voluntarios, los míticos «Rough Riders». El político no creía que los nuestros pudiesen resistir en envite de los Estados Unidos... pero se equivocó estrepitosamente

José Luis Hernández Garvi, autor de «Magnicidio», desvela a ABC los secretos más oscuros del político. El hombre que había tras del mito

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Dicen los sabios que todo varía atendiendo al cristal con el que se mira, y la historia les da la razón. No hay que retroceder mucho en el tiempo (apenas un siglo) para comprobar que el presidente Theodore Roosevelt veía, desde el vidrio de sus características lentes, la realidad de una forma radicalmente distinta a como se interpretaba al otro lado del Atlántico. Allá por 1898, en plena guerra contra España -todavía un Imperio- el futuro 26º presidente de los Estados Unidos interpretó como una inconmensurable victoria personal dirigir en Cuba la carga que obligó a retirarse a los soldados españoles de sus posiciones en la batalla de las Lomas de San Juan.

Pero, vaya con la casualidad, tanto él como los historiadores estadounidenses pasaron por alto que hicieron falta la friolera de 11.000 militares de las barras y estrellas para acabar con un número irrisorio de soldados rojigualdos: menos de un millar. Hombres que, ese 1 de julio de 1898 (mientras el almirante Cervera se preparaba para ponerle naso y salir a combatir contra una flota que le superaba en número) se imbuyeron del espíritu de los espartanos de Leónidas y defendieron hasta la extenuación su posición contra el yanqui invasor. Invasor, sí, porque sus mandamases aprovecharon un accidente como la explosión del «Maine» para declarar la guerra y arrebatar los últimos retazos de su imperio a aquellos que les habían ayudado a independizarse de los británicos.

El problema es que, como estamos cansados de oír, la historia la escriben los vencedores. Y por estos lares, por si fuera poco, solíamos admitir con una sonrisa de oreja a oreja la molesta leyenda negra que se esputaba desde las naciones que nos odiaban (entonces muchas). Por suerte, el propio Roosevelt dejó escrita una loa a aquellos héroes perdidos en Cuba en su libro, «The Rough Riders»: «Aquel día, los españoles demostraron ser unos valientes enemigos, dignos de honor por su bizarría». No le quedó más remedio que admitirlo ya que, durante varias jornadas, unos pobres combatientes de recluta forzosa mantuvieron a raya, fusil Máuser en mano, a un inmenso contingente norteamericano.

Esa alabanza fue lo más real que Roosevelt contó de aquella contienda. El resto fue una amalgama de meras exageraciones que, a la postre, le ayudaron a engrandecer su leyenda.

En sus escritos, Theodore (odiaba que le llamasen Teddy) habla de que dirigió una carga a lomos de su jamelgo contra las inexpugnables posiciones españolas. Explica que, en principio, los hombres que formaban su caballería voluntaria (los míticos «Rough Riders») no le siguieron y, en definitiva, que él se aventuró solo (cual Bernardo de Gálvez) contra los enemigos. Pero la realidad, según desvela el divulgador histórico José Luis Hernández Garvi a ABC, es muy distinta. «En contra de lo que él mismo y sus fervientes hagiógrafos han escrito, permaneció en principio en retaguardia muy lejos de la línea del frente. Eso sí, adoptando una pose muy castrense sobre el lomo de su caballo».

Hernández Garvi lo sabe bien. No en vano, estos días presenta «Magnicidio: Crónica negra de los presidentes asesinados de los Estados Unidos» (Luciérnaga, 2018), una obra que repasa los asesinatos más destacados de presidentes norteamericanos y en la que, además, dedica algunas páginas a narrar episodios similares al que hoy nos ocupa. No en vano, hubiese sido más que posible que una bala rojigualda hubiese dado cuenta de Rooseevlt aquella jornada.

Con todo, su documentada obra se centra en la historia que rodeó a los asesinatos de personajes tan llamativos como Abraham Lincoln (a quien John Wilkes Boot voló la tapa de los sesos en pleno teatro) o el no menos llamativo John F. Kennedy (un político al que, según el autor, «lo mejor que le pudo pasar a su imagen de presidente perfecto es que acabaran con su vida»). Y todo ello, pasando por algunos sujetos menos conocidos como James A. Garfield.

Ejército escaso

Poco después de que el «Maine» saltara por los aires el 15 de febrero de 1898 (o fuese atacado por los hispanos, atendiendo a las calumnias vertidas por el amarillista William Randolph Hearst) comenzó el baile entre unos Estados Unidos deseosos de hacerse con Cuba por las bravas, y una maltrecha España que apenas podía salvaguardar los pocos territorios de ultramar que atesoraba.

En pocas jornadas (se notaba que andaban desesperados por ello) los máximos representantes de los Estados Unidos se reunieron en Washington y decidieron, de forma unánime, declarar la guerra a nuestro país. Hablaban, curiosamente, de liberar la isla que, un siglo después, bloquearon tras la llegada de los Castro. Por entonces, nuestro Teddy desempeñaba las funciones de secretario adjunto de la Marina, y como tal sabía que tendría un papel de importancia a la hora de invadir la isla.

Sin embargo, y tal y como afirma el teniente coronel de ingenieros José Enrique López en su dossier «Y Teddy Roosevelt se equivocó», el político de las características gafas renunció a su cargo para partir a Cuba a escarmentar a los enemigos españoles. De esa forma, acudió como tantos otros a la llamada de un gobierno que necesitaba urgentemente soldados voluntarios al sumar (tal y como afirman Miguel del Rey y Carlos Canales en «Breve historia de la guerra del 98») en abril apenas con 2.143 oficiales y 26.040 hombres distribuidos en apenas veinticinco regimiento de infantería y caballería. La mayoría, por cierto, con una formación más escasa incluso que la de los populares «picas secas» de los tercios hispanos, que iban a la batalla sin haberse enfrentado ni tan siquiera a un saco de patatas.

Imagen de los "Rough Riders", en el centro, Teddy Roosevelt
Imagen de los "Rough Riders", en el centro, Teddy Roosevelt - ABC

A partir del 6 de mayo (día en que renunció a su puesto) Roosevelt se puso manos a la obra y se ofreció a dirigir una unidad de formada por jinetes no profesionales: el 1er Regimiento de Caballería Voluntario. Según explica el Servicio de Parques Nacionales de los Estados Unidos en su dossier «Theodore Roosevelt el “Rough Rider”: héroe de la guerra en hispanoamérica», la unidad recibió la friolera de 23.000 solicitudes de ingreso. Este organismo (más norteamericano que una hamburguesa con queso) afirma además que todo fue gracias a «la fama y la personalidad» del político.

Finalmente, y en palabras de la «Theodore Roosevelt Association», se seleccionó a 1.060 de ellos. Unos hombres que engrosaron las filas de un contingente que -gracias a que aceptó sin rechistar a todo aquel dispuesto a dejarse la vida contra España- aumentó en apenas unas semanas hasta más de 55.000 combatientes regulares y unos 270.000 voluntarios.

Curioso grupo

El autor de «Magnicidio» afirma que el futuro presidente escogió a unos curiosos combatientes. «Los “Rough Riders” estaban formados por un variopinto grupo de personajes de la más distinta procedencia. Jugadores de béisbol y fútbol americano, caballeros de los más exclusivos clubes de Boston y Nueva York atraídos por la aventura, leñadores canadienses, soldados licenciados, sheriffs, tramperos, cowboys y exploradores indios procedentes de las tierras del Lejano Oeste, todos ellos se presentaron voluntarios atraídos por el llamamiento y la arrolladora personalidad de Roosevelt, del que habían oído hablar de su pasado como ranchero en Dakota y enérgico Comisionado de la Policía de Nueva York», explica Hernández Garvi a este diario.

La fama, unida al entrenamiento que llevaron a cabo, les hicieron ganarse rápidamente el apodo de «Rough Riders» («Jinetes duros» o «Jinetes rudos», atendiendo a la traducción).

El presidente, vestido con su uniforme
El presidente, vestido con su uniforme - ABC

A pesar de todo, Roosevelt se negó a comandar el regimiento por su inexperiencia (tres años en la Guardia Nacional) y solicitó que se le entregase el mando al coronel Leonard Wood, un médico del ejército que había ganado la Medalla de Honor combatiendo a los apaches en la década de 1880. Él se conformó con ser nombrado teniente coronel.

Con todo, su contacto directo con los políticos de la época le permitieron «mover algunos hilos» antes de acudir al frente. «El regimiento se concentró en San Antonio, Texas, estableciendo sus oficinas de reclutamiento en uno de los “saloons” más conocidos de la ciudad. Mientras tanto en Washington, Roosevelt había hecho las gestiones necesarias para proveer a sus hombres de armas, caballos, equipos y uniformes, llegando a San Antonio el 16 de mayo para unirse a ellos», añade Hernández Garvi.

Camino a Cuba

Al final, cuando los norteamericanos se percataron de que los nuestros andaban encerrados en Santiago al verse sobrepasados por los revolucionarios locales, destinaron al V Cuerpo de Ejército del general Shafter (formado por 15.000 regulares y 2.000 voluntarios) a Cuba. Y entre sus líneas se encontraban los «Rough Riders».

«El 28 de ese mes recibieron la orden de movilización del Departamento de Guerra y los cerca de mil Rough Riders subieron en varios trenes para emprender un largo viaje hacia las costas de Florida. Integrados dentro de la División de Caballería al mando del general Joseph Wheeler, un viejo veterano de la Guerra de secesión que había servido en las filas confederadas, se unieron a las fuerzas que componían el cuerpo expedicionario del teniente general William Rufus Shafter», completa Hernández Garvi.

Fotografía grupal de los «Jinetes rudos»
Fotografía grupal de los «Jinetes rudos»

No obstante, los «Jinetes rudos» todavía tuvieron que tener algo de paciencia para empezar su viaje hasta la tierra en la que se iban a dejar la sangre. «El contingente esperó casi una semana embarcado en la Bahía de Tampa ante los informes que hablaban de la cercanía de la flota española. Finalmente, el 13 de junio de 1898 los barcos zarparon con rumbo a Cuba, desembarcando en la isla el día 23», destaca el autor de «Magnicidio». Sin embargo, y en palabras del autor, los problemas de última hora impidieron el transporte de sus caballos desde Estados Unidos, por lo que el regimiento se vio obligado a transformarse en una unidad de infantería a las órdenes del general Henry Ware Lawton. Todos menos Teddy, quien sí logró que su jamelgo «Little Texas» llegase hasta las tierras todavía españolas.

López Jiménez afirma en su dossier que, cuando la prensa le preguntó a Roosvelt si Norteamérica podría ganar la guerra, este respondió que su látigo y su lazo de «cowboy» serían suficientes para «domar» a los españoles. La afirmación, difícil de contrastar a día de hoy, no parece extraña en un hombre de su arrogancia. «A lo largo de toda su vida, Teddy Roosevelt vendió una peculiar imagen de sí mismo en la que siempre aparecía como hombre duro forjado por la vida y el trabajo al aire libre en contacto con la naturaleza. Le gustaba aparecer en las fotos posando como trampero, cowboy o apuesto oficial del Ejército, con vestimenta y uniformes que en realidad eran disfraces de guardarropía», completa Hernández Garvi, autor de «Magnicidio», a este diario.

Heroísmo de papel

Desde el comienzo de la contienda, los corresponsales norteamericanos se dedicaron a hacer chistes sobre la puntería de los españoles y a reivindicar la superioridad de los anglosajones sobre la «raza hispana». De hecho, el propio Roosevelt fue «cazado» en su día leyendo el libro «La superioridad de los anglosajones», del galo E. Demolins.

Sin embargo, sus inexpertas tropas se llevaron la primera bofetada el 24 de junio de 1898. «Nada más pisar tierra firme, los “Rough Riders” tuvieron su bautismo de fuego en la que sería conocida como Batalla de Las Guásimas, un cruento combate que supuso el primer enfrentamiento entre tropas españoles y norteamericanas en la Guerra de Cuba», completa Hernández Garvi.

Durante aquella batalla, los tiradores españoles tendieron una trampa a los norteamericanos y, a las ocho de la mañana, atacaron por sorpresa al ejército estadounidense (en cuya vanguardia se encontraban los «Rough Riders»).

Soldados españoles durante la Guerra de Cuba
Soldados españoles durante la Guerra de Cuba - ABC

La que es considerada como la primera gran contienda de los jinetes de Roosevelt no fue más que una escaramuza en la que los hispanos descerrajaron un par de descargas a los de las barras y estrellas para causarles el mayor número de bajas antes de retirarse. Los yanquis, siempre tan patrióticos, atribuyeron la huida de los nuestros al miedo. Pero nada más lejos de la realidad. Y es que, nuestros oficiales habían dado órdenes a los combatientes de sembrar el caos durante el tiempo que pudieran para, posteriormente, poner pies polvorosa. «A ningún oficial estadounidense se le ocurrió que la retirada podía haber sido ordenada por el mando español», completa el teniente coronel.

Roosevelt, sin embargo, hizo de esta lid una auténtica película de vaqueros en su libro «The Rough Riders». En el mismo habla de que «expulsaron a los españoles» tras severos combates e, incluso, de que «una bala pasó cerca de un árbol en el que estaba apoyado llenando mi ojo izquierdo y mi oreja de polvo y astillas».

Según parece, para el futuro presidente aquella contienda fue su particular Vietnam. «A ningún soldado se le permitió detenerse a ayudar a los heridos. […] Uno de los hombres a los que dispararon fue Harry Heffner […] que recibió un disparo en las caderas. […]. Cayó sin emitir ningún sonido, y dos de sus compañeros le arrastraron detrás de un árbol. Allí, se levantó y pidió que le dieran su cantimplora y su rifle. Se los entregué. Luego comenzó nuevamente a disparar, y continuó cargando y disparando hasta que la línea avanzó y lo dejamos solo. Cuando le encontramos después de la batalla, estaba muerto», añadió el político en su obra.

Plan de ataque

Pero la batalla que marcó un punto de inflexión para Roosevelt no fue esa. Ni mucho menos. La contienda que el futuro presidente calificó como «el día más grande de mi vida» fue la que se libró el 1 de julio de 1898. Tras Las Guásimas, el V Cuerpo de Ejército se dirigió hacia el corazón de la resistencia hispana: Santiago de Cuba. La ciudad en la que el general Arsenio Linares y Pombo (al frente del ejército) atesoraba unos 10.000 hombres.

Sin embargo, antes debían traspasar las últimas posiciones rojigualdas. «La línea defensiva española estaba ante ellos, separada solo por unos 15 kilómetros de Santiago de Cuba. La loma de San Juan, El Caney y el Fuerte Canosa estaban protegidos por siete barreras de alambradas de espino, dos cruces de trincheras y varios fortines y blocaos de apoyo, con los que Linares esperaba poder detener al enemigo», añaden Canales y Del Rey en su obra.

El persidente, a lomos de su caballo
El persidente, a lomos de su caballo

Las posiciones defensivas principales habían sido ubicadas sobre sendas colinas. Y los americanos sabían, por tanto, que iban a sudar sangre para tomarlas a pesar de los escasos efectivos que las guardaban. Y es que, en El Caney apenas había 520 combatientes a las órdenes de Vara de Rey, y en las Lomas de San Juan, un millar divididos en varios escalones. En palabras del teniente coronel, el primero de ellos consistía en un contingente de apenas 500 soldados ubicados en las primeras lomas que, a su vez, se dividía en dos grupos: uno formado por 200 hombres que protegían la llamada «Kettel Hill» y otro de 300 ubicado en las elevaciones cercanas.

Para acabar con este complejo entramado defensivo, los americanos idearon un plan no menos dificultoso. En primer lugar, ordenaron a una de sus divisiones de infantería (la de Lawton, formada por 5.500 hombres) conquistar El Caney. «Ante tan abrumadora mayoría, Shafter y Lawton coincidieron en que en menos de dos horas El Caney se habría rendido (incluso en menos tiempo, si los españoles decidían no combatir) y que, tras someter al limitado contingente, se dirigiría al Sur para proteger el flanco derecho del ataque norteamericano sobre Lomas de San Juan, donde comenzaría el asalto cuando llegaran las tropas de Lawton», destaca el militar en su completo dossier. En total, el asalto sobre esta segunda posición se llevaría a cabo por unos 11.000 norteamericanos.

Para entonces, Roosevelt ya había conseguido el cargo de coronel de forma honoraria después de que su superior fuese puesto al mando de otra unidad debido a una fuerte enfermedad de su oficial. «Al fin tuve mi regimiento», afirmó.

El infierno

Roosevelt y sus «Rough Riders» desmontados fueron asignados a «Kettel Hill» junto a otros tantos miles de soldados de los Estados Unidos. Mientras, el resto del contingente se desplazó hasta las posiciones adyacentes a Lomas de San Juan. En principio, el ataque no se iba a llevar a cabo hasta la llegada de Lawton, pero la creencia de que el general no tardaría en arribar hizo que la artillería comenzase a disparar sobre las defensas hispanas a eso de las ocho y media de la mañana.

Fue la peor decisión que pudieron tomar los yanquis pues -al delatar su posición- los cañones rojjigualdos (mucho mejor comandados) devolvieron los bolazos y causaron verdaderos estragos en el enemigo. Por si fuera poco, a todo ello se sumó la ingente cantidad de bajas provocadas por nuestros defensores, mucho más versados en el combate.

Durante los primeros momentos, Roosevelt y sus «duros» muchachos se quedaron en reserva. Al menos, tal y como el mismo lo afirmó en su libro autobiográfico. Con todo, desde el primer momento se tragaron las balas de los nuestros a pesar de estar a resguardo de un bosque. «Mientras estábamos en reserva sufrimos casi tanto como después. Creo que la mayor parte del fuego español [...] no iba dirigido a ningún hombre en particular [...]; pero barrieron todo el campo de batalla hasta la orilla del río, y cayó un soldado tras otro aunque hice que se dispersaran aprovechando cada trozo de cobertura», añade el futuro presidente en su obra.

Theodoro Roosevelt
Theodoro Roosevelt - ABC

Una de las anécdotas más curiosas relacionadas con los «Rough Riders» se sucedió mientras los jinetes esperaban pacientemente a que les dieran órdenes de cargar contra las posiciones españolas. En sus memorias, Roosevelt afirma que uno de sus oficiales, el capitán O'Neill, se negó a cubrirse porque consideraba eso algo indigno de un oficial. Por el contrario, prefirió recorrer la línea de frente cabeza en alto. Desesperado, un soldado le aconsejó que se agachara, a lo que él respondió: «Sargento, aún no se ha fabricado la bala española que pueda matarme». La frase no pudo ser más premonitoria ya que, minutos después, un cartucho le atravesó la mollera y acabó con su vida.

Más allá de la mala suerte de O'Neill (es lo que tiene sentirse superior al enemigo), Roosevelt no tardó en desesperar y solicitar a uno de sus subalternos que enviara un mensaje a Wood en el que se le pedía permiso para atacar. Para su desgracia, fue imposible para ningún enlace cumplir esta orden debido al ingente fuego rojigualdo. Al final, la orden de carga fue dada por un simple teniente (un tal Miley) que, al ver que quedarse allí significaba la muerte por las mejores prestaciones de los fusiles Máuser hispanos, decidió que todos los presentes se lanzaran de boca.

Espartanos españoles

Todo la narración de Roosevelt a partir de entonces le retrata como un héroe que logró sobreponerse a las balas españolas. Pero lo que no afirma en ningún momento durante esa continua sarta de supuestas gestas es que apenas había dos centenares de españoles defendiendo «Kettel Hill». De hecho, las continuas alusiones que hace a las muertes de sus subalternos (y a lo mucho que le afectaron) denotan lo que sufrieron los yanquis para conquistar una colina con la friolera de tres regimientos (entre 3.000 y 4.000 hombres). Es el propio Teddy el que dejó constancia de ello al señalar que, durante el ascenso, logró que los hombres del Noveno Regimiento, el Décimo Regimiento (y otros tantos) se unieran a él.

Por si fuera poco, en su relato parece dar a entender que ningún combatiente norteamericano estaba dispuesto a moverse hasta que él aparecía.

«Cuando llegué a la cabeza del regimiento, nos topamos con el ala izquierda del Noveno Regimiento y algunos regulares que estaban tumbados a cubierto. […] Pregunté donde estaba el coronel, y como no se encontraba cerca, dije a un capitán: “Entonces soy el oficial de mayor rango aquí y doy la orden de atacar” […] Naturalmente, el capitán vaciló al no recibir la orden de su propio coronel, así que le dije, “entonces, deje pasar a mis hombres señor”, y seguí cabalgando por las líneas, seguido de los sonrientes “Rough Riders”».

Soldados españoles, en la guerra de Cuba
Soldados españoles, en la guerra de Cuba - ABC

Lo que sucedió navega a medio camino entre la narración de Teddy y la versión española. La verdad, atendiendo a fuentes como el teniente coronel, es que es cierto que Roosevelt se mantuvo a caballo durante la contienda (algo peligroso debido a que era garantía de recibir un disparo) y que ordenó las cargas, pero también que la ingente cantidad de americanos hizo las cosas mucho más fáciles. A pesar de todo, los yanquis sufrieron decenas de bajas mientras ascendían hasta la cúspide de la colina.

De hecho, los «Rough Riders» y todos aquellos que les acompañaban (ya que, por mucho que Roosevelt quiera darles un papel preponderante, fueron unos de los muchos que se enfrentaron aquel día a los españoles) tuvieron que valerse de varias ametralladoras de posición para poder conquistar definitivamente la posición a los españoes. Su importancia la desveló el propio Teddy en su obra:

«De repente, por encima del ruido de las carabinas, se alzó un peculiar sonido de tambor, y algunos de los hombres gritaron: "¡Son las ametralladoras españolas!". Pero al escuchar, me di cuenta de que procedía de la llanura a la izquierda, y me puse de pie, me golpeé el muslo y grité en voz alta con exaltación: "¡Son los Gatling, hombres, nuestros Gatlings!". El teniente Parker estaba llevando sus cuatro gatlings a la acción […] De vez en cuando, los tambores cesaban por un momento; y entonces volvían a resonar de nuevo. Pero siempre más cerca de la colina de San Juan. Parker, como nosotros, estaba cerrando el cerco para ayudar a la infantería. Nuestros hombres le vitorearon. Nunca hubo un sonido más bienvenido que sus Gatlings. Fue el único sonido que escuché a mis hombres animar en la batalla».

Y, a pesar de todo, los nuestros se mantuvieron estoicos devolviendo cada bala y retrasando sus posiciones de trinchera en trinchera cuando el ingente número de americanos estaba lo bastante cerca como para superarles.

Fue entonces cuando se sucedió otro episodio controvertido. Según Roosvelt, tras algunos minutos, y cuando sus soldados se encontraban protegidos por una de las posiciones tomadas a los españoles, ordenó a sus hombres atacar mientras se lanzaba de bruces contra los defensores. Pero únicamente le siguieron menos de media docena.

El presidente, poco antes de fallecer
El presidente, poco antes de fallecer - ABC

El futuro presidente regresó e increpó a sus, supuestamente, heroicos hombres. ¿Cuál fue su respuesta? No que tenían miedo. No que no querían morir ante las balas españolas. Sino que... no le habían oído dar la orden. Muy oportuno también para el político. En cualquier caso, finalmente la superioridad numérica estadounidense hizo de las suyas y los yanquis arribaron a la colina. Aunque, para esos momentos, los nuestros ya se habían marchado.

Posteriormente, Roosevelt trató de atacar desde allí el «extremo izquierdo» de las defensas españolas, pero «nadie les esperaba para hacerles frente», en palabras del teniente coronel.

Al final, en las jornadas posteriores Lomas de San Juan y El Caney quedaron bajo dominio de los hombres de las barras y estrellas. «Los combates del 1 de julio costaron a los españoles 215 muertos y 374 heridos. Los americanos sufrieron 205 entre los primeros y 1.180 entre los segundos», añade el experto.

Con todo, en los días posteriores los francotiradores españoles siguieron haciendo de las suyas y hostigaron a los norteamericanos. De hecho, la desesperación de Roosevelt llegó a tal punto que dirigió una misiva a su amigo, el senador Cabor Lodge, el 3 de julio solicitándole ayuda:

«Diga al presidente que, por amor del cielo, nos envíe cada regimiento y, sobre todo, cada batería que sea posible, Hasta ahora hemos ganado con un alto coste, pero los españoles luchan muy duramente y estamos muy cerca de un terrible desastre militar; debemos recibir ayuda, miles de hombres, baterías y comida y munición».

Aunque dos semanas después los españoles capitularon, Roosevelt finalmente reconoció a los nuestros su valor en su libro autobiográfico:

«Aquel día los españoles demostraron ser unos valientes enemigos, dignos de honor en su bizarría».