Historia

Lecároz, el legado de un colegio singular en el Baztán

Fermín Goñi deja constancia en su libro «Lecároz, en 100 palabras» de cómo era el hoy desaparecido Colegio de Nuestra Señora del Buen Consejo, «que se salía de todos los registros»

El escultor Jorge Oteiza, primero de pie de la izquierda, con el equipo de fútbol en 1922 en Lecároz
El escultor Jorge Oteiza, primero de pie de la izquierda, con el equipo de fútbol en 1922 en Lecároz - IMAGEN CEDIDA POR FERMÍN GOÑI

Lo salvaron del cierre en los años de la República, lo reflotaron tras el devastador incendio de 1962 y lucharon cuanto pudieron para evitar su derribo en 2009. Ahora que coincide el 125 aniversario del Colegio de Nuestra Señora del Buen Consejo de Lecároz y el centenario de su Asociación de Antiguos Alumnos, sus excolegiales han querido hacer un esfuerzo más para rescatarlo... esta vez del olvido.

A quienes visitan el valle del Baztán, atraídos en muchos casos por la famosa trilogía de Dolores Redondo, les llama la atención que en medio de la nada sobreviva una iglesia abandonada. Desconocen que en ese paraje aledaño a Elizondo se levantó hace 125 años un centro de enseñanza puntero en el que estudiaron más de 12.000 alumnos procedentes de Navarra y Guipúzcoa, principalmente, pero también de toda España y de distintos lugares del mundo. Por sus aulas pasaron el escultor Jorge Oteiza, el arpista Nicanor Zabaleta, Jesús María de Leizaola, presidente del Gobierno vasco en el exilio hasta 1979, o el marqués de Portago (ahijado de Alfonso XIII y primer piloto español en correr para la escudería Ferrari, así como el actual obispo de Bilbao, Mario Iceta, el chef Martín Berasategui, el científico Pedro Miguel Etxenike, o Carlos del Portillo, hermano del beato Álvaro del Portillo.

Hilario Olazarán, Dámaso de Elizondo, José Antonio Donostia y Jorge Riezu con Maurice Ravel en 1927 en la entrada del colegio
Hilario Olazarán, Dámaso de Elizondo, José Antonio Donostia y Jorge Riezu con Maurice Ravel en 1927 en la entrada del colegio- LECÁROZ, EN 100 PALABRAS

Les sorprendería saber que hasta este recóndito enclave navarro se desplazó el músico francés Maurice Ravel en la cima de su carrera para visitar a su amigo el Padre Donostia, casualmente el mismo día que fue el filósofo Xavier Zubiri, aunque no llegaron a saludarse. O que hasta allí acudió Gregorio Marañón para examinar al autor de los «Preludios Vascos» en sus últimos días. O que Jacinto Benavente y Ramón María del Valle Inclán recorrieron juntos el centro y su prestigiosa biblioteca, que llegó a contar con 30.000 volúmenes y algunos incunables, y o que el entonces infante Don Juan Carlos de Borbón visitó en Lecároz a sus amigos Gonzalo Fernández de Córdova, los hermanos Fernando y Carlos Falcó, Vicente Bertrán de Lis y a su primo Carlos de Borbón, todos estudiantes en Lecároz.

«Pocos colegios han podido presumir de que cinco de los curas que impartieron clases en él hubieran recibido la Encomienda de Alfonso X el Sabio. Esa era la gran diferencia de Lecároz, que el nivel del profesorado superaba la excelencia», subraya el periodista y escritor Fermín Goñi. La Asociación de Antiguos Alumnos encargó a este exalumno la elaboración un libro que recordara la historia de este singular centro fundado por los capuchinos en 1888. Es la obra que va a quedar, el legado que queremos dejar para el futuro», le dijeron a Goñi el presidente de la asociación, Miguel Ángel Letamendía, y otros excolegiales. Goñi no pudo estar más de acuerdo. «Había que dejar testimonio de cuál era el tipo de colegio en el que estudiamos, que se sale de todos los registros», afirma.

«Lecároz, en 100 palabras»
«Lecároz, en 100 palabras»- F.GOÑI

El resultado es «Lecároz, en 100 palabras», un libro ya disponible en las librerías en el que su autor relata los hitos más destacados en la historia de este colegio; quiénes fueron los profesores que con su calidad intelectual lo encumbraron «entre los mejores de España y de Europa», a juicio de Goñi; cómo eran sus instalaciones; cuáles fueron los avances tecnológicos que adoptó de forma pionera; qué alumnos destacados estudiaron y vivieron en él internos y cuáles fueron sus peculiaridades, desde su particular vocabulario (con términos como «el calzadero» que no figura en el diccionario de la RAE, pero era de uso común en el centro), a su famosa tortilla de Lecároz cuya receta aún cocina Manolo Olóndriz en el restaurante Olari.

Goñi contó con todos los números de la revista «Lecároz», que se editó desde 1916, así como las publicaciones propias de la Asociación de Antiguos Alumnos y pudo acceder a los archivos de la orden de los capuchinos. «Si entre los documentos encuentras las pruebas de que un capuchino en ejercicio ha tenido un hijo en el Baztán y lo puedes demostrar, te autorizo desde ahora para que lo incluyas en el libro», le dijo José Ángel Echeverría, jefe del archivo y director del proyecto de un nuevo Lexicon Capuccinum (algo así como el diccionario de la historia de la orden capuchina).

«Nada de esto he encontrado y eso que tuve acceso a la correspondencia interna de los capuchinos donde se ve que hubo momentos en los que Lecároz lo pasó mal económicamente y otros en los que prestó dinero a otros conventos», asegura Goñi. Sí que dio con cartas al Padre Donostia que por primera vez salen a la luz en sus páginas escritas por Américo Castro, por su hija Carmen (esposa de Xavier Zubiri) en la que refiere cómo fue la muerte de Ortega y Gasset, por los maestros Andrés Segovia y Joaquín Rodrigo o por el doctor Marañón, su amigo y el médico que le trató en sus últimos años. Encontró también una carta en la que san José María Escrivá de Balaguer comunicaba al rector de Lecároz que habían autorizado la constitución del Opus Dei, un documento histórico para esta prelatura.

Los capuchinos contaban con 15.000 fotografías digitalizadas (algunas se han incluido en el libro) y guardaba ordenadas todas las facturas del colegio, desde la primera de 1888 hasta su cierre. Entre ellas, la de la primera lavadora industrial que se instaló en el colegio y que fue llevada desde las afueras de Barcelona hasta el valle del Baztán en 1919, o del instrumental del quirófano con el que contaba el colegio desde 1916 y donde incorporaron un aparato de rayos X antes incluso de que lo hubiera en los hospitales de Pamplona (de ahí que el colegio fuera utilizado como hospital durante la Guerra Civil).

El gabinete de Historia Natural de Lecároz
El gabinete de Historia Natural de Lecároz- IMAGEN CEDIDA POR FERMÍN GOÑI

«Fue el primer colegio de España que instaló cabinas personalizadas con magnetofones para la enseñanza de idiomas donde escuchabas al profesor y te grababas para escucharte después», añade Goñi, que salta de un recuerdo en otro, evocando por ejemplo «¡de qué manera nos alimentaban!». Lecároz era un colegio autárquico, que tenía su propia huerta, su ganado, su generador de luz... solo el pescado había que comprarlo fuera. El autor de «Lecároz en 100 palabras» encontró entre las facturas una de la señora Aguirre de Pasajes por 54 kilos de angulas en la que explicaba que en lugar de merluza porque había mala mar, había enviado el equivalente en angulas «porque tienen los mismos poderes de alimentación y no tienen merma». «Sí, yo he comido angulas en Lecároz», asegura Goñi.

Alumnos de Lecároz
Alumnos de Lecároz- IMAGEN CEDIDA POR FERMÍN GOÑI

La Enciclopedia Espasa dedicó una página entera al colegio de Nuestra Señora del Buen Consejo. «Es el único colegio, no hay ningún otro» en esta obra monumental en la época, destaca el excolegial. Para entonces, ya se jugaba a fútbol en Lecároz, antes incluso de que se fundara Osasuna (1920) y casi a la par que la Real Sociedad (1908). Del primer partido de «foot ball», en 1910, se conserva una fotografía y por las facturas se sabe que el colegio importó 18 balones directamente de la casa Shillcock de Birmingham, de la marca McGregor, el fabricante de las botas con las que jugaba el Manchester United o el Chelsea. El centro se gastó algo más de 300 pesetas, un dineral entonces. No es de extrañar que años después uno de sus exalumnos, Luis Iribarren, se convirtiera en el seleccionador nacional de fútbol, ni que muchos llegaran a jugar en la Liga española y en la selección.

Tampoco se escatimaron recursos para dotar al colegio de un taller de fotografía con todo el material necesario, comprándolo en las mejores firmas de Francia y Alemania como acredita la factura de la sociedad francesa Lumière e Hijos por placas de cristal emitida en 1903 o la de la fábrica Carl Zeiss de 1908.

George Washington y el Cristo de Alonso Cano

Entre los benefactores que ayudó al padre Llevaneras económicamente en la construcción del colegio, María Dionisia de Vives y Zires cuenta con un capítulo aparte en «Lecároz en 100 palabras». La condesa de Cuba y duquesa de Pastrana donó una fortuna de la época y regaló un enorme cuadro para se instalara en el colegio. Era un retrato de George Washington, el primer presidente constitucional de los Estados Unidos, pintado por Charles Eilson Peale. El lienzo «permaneció en Lecároz (seguramente estorbando, por su tamaño y temática) hasta que un empleado de la casa de subastas neoyorquina P.W.French & Co se presentó en el colegio en 1916 interesándose por su compra», relata Goñi.

Retrato de George Washington
Retrato de George Washington- F.GOÑI

P.W. French y su socio Mitchell Samuels eran cazadores de gangas desplazados a Europa para comprar obras de arte para el magnate de la prensa William Randolph Hearst. Necesitado de recursos, el colegio vendió el cuadro por la suma de 20.000 pesetas. «Estoy convencido de que se exportó de manera ilegal ya que no se emitió factura, solo hay constancia del pagaré», asegura el escritor. Un matrimonio de coleccionistas de arte compró la pintura que años después se convertiría en «el retrato que ha alcanzado el precio más alto en subasta» al alcanzar en la sala de Christie's en Nueva York la nada despreciable cifra de 21.296.000 dólares. Como Goñi apunta, «alguien en Lecároz, noventa años antes de la subasta, no afinó convenientemente el precio de venta».

Mejor parado salió el colegio con el Cristo que recibió de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. A finales del siglo XIX, la institución contaba con dos tallas del crucificado y creía que ambas eran de Alonso Cano. Donó una de ellas a Lecároz en 1891 que resultó ser la original del artista granadino y se quedó con el otro Cristo, «que no es siquiera de su siglo», apunta Goñi. El auténtico estuvo más de cien años en Lecároz hasta que en 2002 fue trasladado a la iglesia de San Antonio de los capuchinos en Pamplona.

Un proyecto de museo

Siete años después saldría también del colegio la escultura del Padre Llevaneras que esculpió Jorge Oteiza por encargo de la Asociación de Excolegiales. Las antiguas instalaciones iban a ser demolidas y el busto en piedra de Markina del fundador del colegio fue llevado al claustro del convento de los Padres Capuchinos de Sangüesa. Allí reposa hoy, aunque los excolegiales negocian su regreso a Lecároz para formar parte de un museo que proyectan sobre el desaparecido colegio.

En este espacio, que estaría situado en parte de la iglesia que sigue en pie, se expondrían también objetos, fotografías y cartas de alumnos de Lecároz, como las de José Mª Martinicorena de 1922 que reproduce Goñi en el libro, con los errores ortográficos propios de un niño de 9 años como tenía entonces el que fuera teniente de alcalde del Ayuntamiento de Pamplona y presidente de Mutua Pamplona. Ya en aquellos años Martinicorena daba cuenta de la clase de vascuence a la que asistía, «gratuita, sin perjuicio de los estudios y se da fuera del recreo los ratos libres de jueves y domingos después de osqurecer» (sic) en la que aprendía «lengua escritura y gramatica de euskera la cual ayuda al conocimiento comparatibo del castellano» (sic).

La iglesia hoy desacralizada y el magnolio es lo único que queda en pie del colegio original
La iglesia hoy desacralizada y el magnolio es lo único que queda en pie del colegio original- F.GOÑI

Enclavado en un valle donde la mayoría de sus habitantes hablaban en euskera, el colegio impartió desde sus inicios clases de lengua vasca para enseñar gramática y escritura a sus alumnos baztaneses que no sabían leer ni escribir en su lengua materna. Lo hizo antes incluso de que Alfonso XII alentara en el I Congreso de Estudios Vascos celebrado en Oñati en 1918 a «cultivad el milenario y venerable euskera, joya preciadísima del tesoro de la humanidad».

Goñi relata cómo con la Guerra Civil se truncó la promoción del euskera en Lecároz, pero recoge una carta de la Diputación Foral de Navarra de 1958 firmada por Pedro Díez de Ulzurrun en la que pide al rector de Lecároz que divulgue y fomente «la bella y misteriosa lengua vasca». El propio autor de «Lecároz en 100 palabras» asistió diez años después a clases de euskera, antes de que fueran suspendidas por indicación de la Guardia Civil, según explicó el rector de entonces.

El curso 1989-90 fue el último en Lecároz. «El drama es que Lecároz no cerró por falta de clientela, sino porque los capuchinos no tenían nuevas vocaciones y no podían mantener el estandar de calidad educativa», sostiene Goñi. El Gobierno de Navarra compró en 1990 las instalaciones más modernas del colegio para abrir allí el Instituto de Educación Secundaria Lekaroz y en 2006 adquirió el colegio original, que pese a los esfuerzos de los excolegiales por conservarlo para otros usos, fue finalmente derribado en 2009.

Solo quedó el edificio de la iglesia y el magnolio que se plantó a finales de 1891 y que ha sobrevivido a todo. Aunque sin el esplendor de antaño, perdura como los recuerdos de los excolegiales, más vívidos en estos días por la publicación de «Lecároz, en 100 palabras». «Has conseguido que nos volvamos a juntar los que éramos íntimos», le agradecía Mario Iceta a Goñi en Bilbao. Éste, encantado de haber sido detonante de tantas emociones y reencuentros, no descarta escribir una segunda parte de anécdotas. «Hay para otro libro», asegura.

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