Historia

Grandes discursos que marcaron la historia

Algunos decidieron guerras, otros sacaron las colores a la ONU o inspiraron a miles de ingenieros

De izquierda a derecha: Winston Churchill, Steve Jobs y Martin Luther King
De izquierda a derecha: Winston Churchill, Steve Jobs y Martin Luther King

Unos sirvieron para remover conciencias, otros para ganar una guerra, y algunos, incluso, para motivar estudiantes de ingeniería. La historia reciente está llena de grandes discursos en los que había un denominador común: la convicción y el carisma. Cualquiera puede leer la intervención de Abraham Lincoln en Gettysburg, el «Yes we can» de Obama o la charla motivadora de Steve Jobs en Stanford, pero no sería igual. A las ideas se les unió la personalidad.

Entre los discursos que cambiaron nuestra visión del mundo, el «I have a dream» de Martin Luther King ocupa un lugar privilegiado. Primero, porque se pronunció junto al monumento a Lincoln. Y segundo, porque verbalizó el deseo de igualdad de los negros con respecto a los blancos.

«I have a dream»

La historia del «I have a dream» es la historia de un empecinamiento, porque esas palabras no estaban previstas en su discurso. Martin Luther King las había utilizado varias veces y sus asesores le recomendaron no caer en la repetición. Sin embargo, el reverendo decidió a última hora apoyarse en esa «coletilla» para lanzar su mensaje: «Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia —dijo Luther King—, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad». Y así se hizo la historia.

«King quería hablar sobre la importancia histórica de la lucha por la libertad de los afroamericanos, y tenía como modelo el discurso de Gettysburg del presidente Lincoln», explicó años después Clayborne Carson, director del Instituto de Investigación Martin Luther King. «Pero necesitaba algo más para una ocasión tan extraordinaria y tuvo este oportuno brote de inspiración».

«Alemania está sangrando»

No es lo mismo dirigirse a una multitud que reclama derechos que a un ejército en retirada. Al discurso de Stalin en noviembre de 1941, cuando las tropas nazis estaban «a las puertas de Moscú y Stalingrado», le atribuyen propiedades casi milagrosas. El Ejército Rojo no era capaz de frenar el ímpetu alemán y Stalin decidió hablar a sus militares. Comenzó el discurso en tono monocorde y leyendo desde un atril, pero terminó improvisando y apelando a la épica.

No hay duda de que Alemania no puede mantener ese esfuerzo durante mucho tiempo. Dentro de varios meses, quizá en año y medio, el peso de sus crímenes caerá sobre ellosStalin, noviembre de 1941

«El diablo no están terrible como se hace ver», dijo. «No es difícil ver que los alemanes están frente a un desastre. El hambre y la pobreza reinan en Alemania. En cuatro meses de guerra han perdido cuatro millones y medio de soldados. Alemania está sangrando, su poder se debilita (...). No hay duda de que Alemania no puede mantener ese esfuerzo durante mucho tiempo. Dentro de varios meses, quizá en año y medio, el peso de sus crímenes caerá sobre ellos (…). El mundo os ve como una fuerza capaz de destruir a las hordas alemanas. El pueblo europeo, esclavizado por los alemanes, os mira como sus salvadores. Una gran misión ha caído sobre ustedes. Sean dignos de esta misión. La guerra que luchan es de liberación (…) ¡Que el gran legado de Lenin vuele sobre sus cabezas! ¡Destrucción total sobre los invasores alemanes!».

Propiedades parecidas atribuyen al discurso de Winston Churchill solo unos meses antes. Cuando las tropas alemanas tenían a Inglaterra seriamente castigada, acosada por mar y aire, el presidente se dirigió a la nación pidiendo un último esfuerzo de resistencia. Francia ya había caído y el esfuerzo alemán se centraba en destrozar la isla:

«Tengo la plena confianza en que, si todos cumplen su deber, si nada se descuida y los preparativos se hacen como se están haciendo, seremos capaces de defender nuestro hogar isleño, de aguantar la tormenta de la guerra y sobrevivir la amenaza de la tiranía. Si es necesario durante años —hizo una pausa dramática—. Si es necesario, solos».

Herencia de Jobs

No solo de guerras y desigualdad beben los grandes discursos. Hace no tanto, en 1992, una joven sacó los colores a la ONU a costa del medio ambiente. Se llamaba Severn Suzuki, y su discurso no solo silenció la asamblea, sino que es un ejemplo de dignidad: «Hola, soy Severn Suzuki y represento a ECO (Environmental Children's Organization). Somos un grupo de niños de 12 y 13 años de Canadá que quieren lograr un cambio», comenzó.

Severn Suzuki
Severn Suzuki

«Hemos recaudado dinero para venir aquí, a cinco mil millas, para decirles a ustedes, adultos, que deben cambiar su forma de actuar. No voy a ocultar mi objetivo: estoy luchando por mi futuro. Perder mi futuro no es como perder unas elecciones o unos puntos en el mercado de valores. Estoy aquí para hablar en nombre de todas las generaciones venideras (...). Tengo miedo de tomar el sol debido a los agujeros en la capa de ozono. Tengo miedo de respirar el aire porque no sé qué sustancias químicas hay en él (…). Aún soy sólo una niña, y sé que si todo el dinero que se gasta en guerras se utilizara para acabar con la pobreza y buscar soluciones medioambientales, la Tierra sería un lugar maravilloso (…). Nos educan diciéndonos que nos queréis. Les desafío: por favor, hagan que sus acciones reflejen sus palabras».

El último y más reciente discurso que ha sabido llegar a todo el mundo es la conferencia que Steve Jobs pronunció en la Universidad de Stanford. En aquel discurso, el CEO de Apple y Pixar no solo confesó el cáncer que lo estaba devorando, sino que dio una lección de vida. Señaló el camino para no caer en la monotonía y la insignificancia: «Cuando tenía 17 años, leí una cita que decía algo parecido a “Si vives cada día como si fuera el último, es muy probable que algún día hagas lo correcto”. A mí me impresionó y desde entonces, durante los últimos 33 años, me miro al espejo todas las mañanas y me pregunto: “Si hoy fuera en último día de mi vida, ¿querría hacer lo que estoy a punto de hacer hoy?”. Y cada vez que la respuesta ha sido “No” por varios días seguidos, sé que necesito cambiar algo».

«Recordar que moriré pronto constituye la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme en las grandes decisiones de mi vida. Porque casi todo —todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo el temor a la vergüenza o al fracaso— todo eso desaparece a las puertas de la muerte, quedando solamente aquello que es realmente importante. Recordar que vas a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que tienen algo que perder. Ya están desnudos. No hay ninguna razón para no seguir a su corazón».

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