El general Prim junto a un voluntario catalán durante la Guerra de África - Augusto Ferrer Dalmau

La gesta del patriota catalán Prim y sus héroes españoles frente a miles de moros

En la batalla de los Castillejos, tanto el general como sus hombres, llevaron a cabo una de las hazañas bélicas más memorables de la gloriosa historia hispana

MADRIDActualizado:

«En el Valle de los Castillejos eran espantosas las huellas de la gran batalla de 1º de enero. Armas rotas, harapos, infinidad de cajones vacíos, que habían tenido municiones; caballos muertos, árboles tronchados, por el cañón, mil y mil indicios materiales, hablaban aún de aquel largo día de sangrienta lucha y funeral estrago...».

Estas son las palabras (recogidas en «Diario de un testigo de la Guerra de África») de Pedro Antonio de Alarcón -periodista y combatiente desplegado durante la contienda- con respecto a la gloriosa victoria hispana en la batalla de los Castillejos (1 de enero de 1860). Pugna en la que los hombres del adalid catalán (el general Prim) batieron al moro en confrontación desigual pudiendo, de este modo, proseguir su camino en dirección a la ciudad de Tetuán.

Mediante la política exterior de prestigio, desarrollada durante el «gobierno largo» de la Unión Liberal (1858-1863), se pretendía rehabilitar el papel de España a nivel internacional -como explican los insignes historiadores Ángel Bahamonde y Jesús A. Martínez en «Historia de España: Siglo XIX». Dentro de los distintos conflictos producto de esta estrategia destacó sobremanera la Guerra de Marruecos (1859-1860).

La breve empresa norteafricana fue la que provocó más réditos al gobierno del general O´Donnell (Presidente del Consejo de Ministros) y la que mayor impacto causó a nivel público. La justificación para la misma radicó en los constantes ataques perpetrados por rifeños en las posesiones españolas en la zona (Ceuta, Melilla, Vélez de la Gomera, Alhucemas y las islas Chafarinas). Aunque -según explican Bahamonde y Martínez- se realizaron intentonas de solucionar el contencioso por la vía diplomática mediante la firma de convenios (Tánger, 1844; Larrache, 1845; Tetuán, 1859) estas no surtieron efecto alguno.

Fue así como, el 22 de octubre de 1859, España declaró definitivamente la guerra a Marruecos y el mismísimo O´Donnell tomó el mando del ejército enviado desde la Península.

La memorable batalla de Los Castillejos -acaecida en el camino hacia Tetuán de las tropas hispanas- supone una de las mayores gestas de la dorada historia militar española. Mayúscula hazaña en la que el general catalán Prim -en un arrebato patriótico con la enseña nacional como testigo- logró inspirar a sus heroicos soldados y batir a las huestes rifeñas comandas por Muley el Abbas.

Españoles contra moros

La razón por la que el gobierno de O´Donnell y la Unión Liberal no realizaron un ataque directo sobre la ciudad de Tánger radicaba -según las palabras recogidas en «La Burguesía Revolucionaria (1808-1874)» de Miguel Artola- en la carencia de una escuadra capaz de garantizar un desembarco directo de tropas en el enclave norteafricano. En lugar de ello, los soldados desplegados tuvieron que partir a pie desde Ceuta y marchar por la costa exponiéndose a las acometidas del enemigo. Con la intención de proteger de los posibles ataques a las tropas terrestres, estas fueron acompañadas por una pequeña flota.

La noche anterior a la batalla, el contingente español se encontraba en el campamento de la Concepción celebrando la Nochevieja. Como explica Salvador Acaso Deltell en su obra «Una Guerra Olvidada: Marruecos 1859-1860», con la finalidad de levantar la moral de los combatientes se procedió al reparto de vituallas tales como polvorones, castañas y aguardiente. Además, parece ser que pudieron disfrutar de unos puros cortesía de la reina Isabel II.

El día 1 de enero se tocó diana antes del amanecer con el objetivo de reemprender la marcha lo antes posible. Fue en torno a las ocho de la mañana de aquel memorable día cuando las tropas hispanas (compuestas por la División de Reserva acompañada por dos Escuadrones de Húsares y dos baterías de montaña) arribaron al lugar donde se libraría la pugna.

Según afirma Antonio L. Martín Gómez en «La Batalla de Los Castillejos: Guerra de África, 1859-1860», las órdenes de Prim eran asegurar el valle. También debía tender un puente sobre la desembocadura de un barranco que daba al mar con el objetivo de que las piezas de artillería pudiesen proseguir su camino. El mismísimo Jefe de Gobierno, el general en jefe O´Donnell, acompañaba a la hueste en la retaguardia.

«El general Prim en la Guerra de África»
«El general Prim en la Guerra de África»- Francisco Sants Cabot

Parece ser -como explica Carrasco González en «El Reino Olvidado: Cinco Siglos de Historia de España en África»- que Prim (el cual se hallaba en la vanguardia de la marcha) ya a su llegada a las cercanías del cerro de los Castillejos pudo divisar a unos 1.000 moros (parte de los combatientes dirigidos por el hermano del Sultán, Muley el Abbas) aguardando al contingente español. Se daba inicio de esta forma a la épica batalla.

Con el enemigo a la vista, la flota que secundaba a las tropas terrestres (al mando del capitán Lobo y compuesta por el vapor «Piles», la goleta «Ceres», el falucho «Veloz» y varios cañoneros) se dispuso a limpiar la zona de enemigos mediante el empleo de su artillería. Tras esto los batallones del Príncipe y Vergara consiguieron hacerse con facilidad con el primer cerro.

Ante la gran cantidad de norteafricanos que se encontraban defendiendo el valle, Prim tuvo que hacer su entrada en escena. Gracias a los cañones y la infantería, el general catalán tomó el importante enclave del Morabito -ubicado sobre una colina- y los bosques circundantes. Fue entonces cuando varios infantes de marina (con el capitán de fragata Lobo a la cabeza) desembarcaron en una playa cercana con el fin de apoyar a sus compatriotas atacando al contingente moro por el flanco.

Mil y mil indicios materiales, hablaban aún de aquel largo día de sangrienta lucha y funeral estragoPedro Antonio de Alarcón

Sin embargo, el elevado número de enemigos no daba un momento de respiro a los soldados españoles. Como explica Martín Gómez en su obra, el moro no dejaba de recibir tropas de refresco, llegando a formar una tropa que en ningún caso bajaba de los 20.000 efectivos «confiados en la victoria y enardecidos por los cánticos religiosos y sus músicas». A pesar de esto, hasta el momento las acometidas de la hueste rifeña acababan en agua de borrajas ante el empuje y pundonor de las fuerzas hispanas.

A pesar de la eficiencia española en el fragor de la batalla, el combate no había terminado ni mucho menos. Fruto de una iracunda carga protagonizada por la caballería marroquí tuvo su inicio uno de los acontecimientos más gloriosos de la pugna.

La sangre del húsar

Parece ser que los jinetes rifeños no hicieron demasiado por entrar en combate con los dos bizarros regimientos de húsares (200 efectivos) que esperaban estoicamente la acometida. Como señala Martín Gómez, en el momento en que los caballeros españoles comenzaron a movilizarse con el objetivo de contrarrestar la ofensiva estos partieron con sospechosa premura.

Debió ser fruto del ardor del combate que los hispanos no se preguntasen la razón de tan extraño comportamiento. Mientras el moro huía, los combatientes patrios les andaban a la zaga. Las cabalgaduras, que se iban abriendo paso por la rocosa y salvaje orografía del lugar, pasaban por encima con sus cascos a todos los desgraciados infantes norteafricanos que se cruzaban en su camino.

Encontrándose en un estrecho desfiladero, los valerosos húsares y sus desbocadas monturas -ante la vista del campamento del mismísimo Muley el Abbas- cayeron en una zanja cavada a propósito por el enemigo. Estando muchos de ellos aprisionados bajo sus propios caballos, los jinetes comenzaron a ser pasto de las hordas norteafricanas, las cuales se amontonaban con el fin de acabar con todas las vidas españolas que les fuese posible.

Explica Acaso Deltell que el capitán de húsares Salvadores -a pesar de tener encima el cadáver de su caballo, el cual le impedía moverse- sacó su revólver y se dispuso a llevarse por delante a cuantos moros pudo antes de que estos le diesen muerte degollándolo. A pesar de este contratiempo, algunos de los jinetes lograron salvar la zanja y llegar al campamento. En el mar de lonas del campo rifeño el intrépido cabo Pedro Mur logró arrebatarle el estandarte a un enemigo tras atravesarle pecho con su sable. Por esta acción el caballero español sería condecorado a posteriori con la Cruz de San Fernando.

La épica acción de Pedro Mur
La épica acción de Pedro Mur- Zumalakarregi Museoa

Los húsares que habían asaltado el campamento (cubiertos de «sangre y polvo» como afirma Martín Gómez), se vieron en la necesidad de partir con el fin de auxiliar a sus compañeros infantes, quienes aún se batían el cobre heroicamente en desigual pugna en el valle de los Castillejos. Explica Deltell que, a pesar de los arrestos de los soldados marroquíes, las tropas de Prim contrarrestaban todas sus acometidas con fuego y bayoneta.

El catalán y la bandera

La infantería española también podía ver el campamento moro desde el cerro en el que se encontraba frenando heroicamente al enemigo. Sin embargo, la toma del mismo hubiese supuesto una pérdida de tiempo en el camino hacia Tetuán (así como la probabilidad de que hubiesen caido en una trampa como había ocurrido con los húsares). A este respecto Alarcón escribió: «La posición de dicho campo era más fuerte de lo que a primera vista parecía, enclavado como estaba en el fondo de cuatro apiñados montes, cuya toma nos habría costado larga y sangrienta lucha y distraer nuestras fuerzas de su verdadera dirección».

El capitán Salvadores sacó su revólver y se dispuso a llevarse por delante a cuantos moros pudo

Mientras tanto, las tropas de refresco que acudían a secundar a sus compañeros desde el campamento moro parecían inagotables. Debido al elevado número de enemigos que cercaban a los maltrechos españoles el desaliento podía hacerse patente en cualquier momento. La derrota hispana pendía de un hilo.

Fue entonces -con el moro rodeando a los estoicos soldados- cuando el catalán Prim, en un arrebato de coraje y patriotismo, se hizo con la enseña nacional, se plantó frente al enemigo y dio inicio a una de las mayores gestas de la Historia de España. Las palabras de este heroico general a sus hombres -recogidas en la obra de Alarcón- fueron las siguientes:

«¡Soldados! Vosotros podéis abandonar esas mochilas, que son vuestras; pero no podéis abandonar esta bandera que es de la Patria. Yo voy a meterme con ella en las filas enemigas... ¿Permitiréis que caiga en manos de los moros? ¿Dejaréis morir solo a vuestro General?».

En una crónica publicada en «La Iberia» se refirieron de esta manera a la desfogada e improvisada arenga del patriota catalán:

«¿Cómo vive todavía el general Prim?... eso mismo me pregunto yo, sin que sepa cómo explicarme el hecho de haber salido el conde de Reus ileso de aquel diluvio de balas, de aquel choque tremendo de sables y gumías yendo como iba a caballo y llevando desplegada una bandera, circunstancias que debían atraer sobre él la atención de los enemigos. Hay ocasiones en que debe creerse en los milagros y esta es una».

No podéis abandonar esta bandera que es de la PatriaGeneral Prim

Fue así como los encorajinados soldados españoles, con sus corazones henchidos de patriotismo por las palabras del oficial catalán, se lanzaron con las bayonetas en ristre contra las líneas norteafricanas tratando de romperlas. En ese momento el mismísimo Jefe de Gobierno, Leopoldo O´Donnell y Joris (que hasta ese momento se hallaba seguro en el Morabito) se lanzó contra el enemigo con bravura para prestar su ayuda en tan gloriosa empresa. Como señala Martín Gómez, el general en jefe se situó en primera línea de combate para con su presencia animar al resto de las tropas.

Parece ser (según afirma Alarcón) que Prim ante esta visión se acercó al Presidente del Consejo de Ministros y le dijo: «Mi general, aquí mando yo: este no es el sitio de usted; su vida no le pertenece y aquí se expone sin necesidad. Todo está terminado».

Los moros ya no podían soportar más el envite patriota a pesar de que el combate prosiguió durante toda la tarde. Al anochecer el enemigo marroquí comenzó a replegarse.

El escenario posterior a la batalla debía ser desalentador según lo recogido en «Diario de un testigo de la Guerra de África». Combatientes y caballo muertos por doquier, heridos agonizantes y restos de proyectiles: un auténtico camposanto.