Historia

La esperpéntica «octava maravilla del mundo» que dejó en bancarrota a Donald Trump

El mayor edificio construido en la historia de Nueva Jersey tenía 150 metros de altura, 1.250 habitaciones (400 de ellas suites de lujo), más de 50.000 metros dedicados a exposiciones, un teatro enorme, capacidad de dar de comer a 13.000 comensales. Una versión grotesca del Taj Mahal de la India

VÍDEO: Donald Trump, el hombre que resurgió de sus cenizas. - AP

El 2 de abril de 1990, Donald Trump desembarcó en Atlantic City para inaugurar su negocio, sin duda, más ostentoso. Porque a su personalidad poco discreta se le juntó aquí un mundo empresarial que compite entre sí por crear la obra más estrambótica, los casinos transformados en parques temáticos. Acompañado de su primera esposa, Ivana, el magnate arribó en un puerto aspirante a ciudad del pecado al frente de «El Princess», un yate de 30 millones de dólares y seis plantas. Se trataba de un auténtico palacio flotante que Trump compró cual ganga al aprovechar que su primer dueño, un traficante de armas de Arabia Saudí, quiso deshacerse de él. Pero ni siquiera un yate tan escandaloso podía hacerle sombra aquel día al Taj Mahal de EE.UU.

El hijo del Henry Ford de la construcción

En tiempos de la inauguración del casino Taj Mahal, el hoy político republicano era una leyenda en el mundo de los negocios. El digno heredero de Frederick Christ Trump, su padre, hijo de unos inmigrantes alemanes que montó desde cero un negocio inmobiliario para resarcirse de sus fracasos como hotelero y hostelero. Como explica el historiador Nelson Johnson en su libro «Boardwalk Empire», el conocido como «el Henry Ford de la industria de la construcción de viviendas» amasó una enorme fortuna en Nueva York valiéndose de las subvenciones gubernamentales que el Estado ofreció tras la Segunda Guerra Mundial. Las autoridades investigaron repetidas veces las acusaciones de sobornos y comisiones ilegales, pero nunca lograron imputar ningún delito al padre del hoy candidato republicano.

Fotografía de Fred Trump
Fotografía de Fred Trump

Cuando se incorporó al negocio Donald Trump, el imperio de su padre estaba conformado por 25.000 viviendas y contaba con unos ingresos de 50 millones de dólares anuales solo en concepto de alquiler. Era difícil igualar sus méritos, pese a lo cual Trump se propuso invertir donde su padre no se había atrevido, el mercado inmobiliario de Manhattan, tan rentable como peligroso. En poco tiempo, Donald se granjeó un nombre en el mundo de los negocios, siendo la Torre Trump de Manhattan, con 50 pisos, el símbolo de su ascenso. Del corazón de Nueva York saltó como la pólvora a Atlantic City, una ciudad que trataba de reinventarse a través de la legalización del juego después de sufrir décadas de decrepitud.

Trump llegó a una ciudad donde se recibía con los brazos abiertos a los constructores, porque de hecho había miles de cosas por restaurar o levantar desde cero. Además de viviendas y varios hoteles, el magnate neoyorquino se lanzó al rentable negocio de los casinos. El primero de sus hoteles casinos fue el Trump Plaza, un proyecto iniciado en sus orígenes por un socio del millonario Howard Hughes que entró en ruinas antes de haber casi arrancado.

El político republicano se hizo cargo de las obras en un tiempo en el que la industria del juego de Atlantic City había crecido más rápido que el mercado. Es por eso que se presentó como el pionero de una segunda fase en la reconstrucción de la ciudad, antiguo balneario de verano para la clase media de Nueva York y Filadelfia. Y también es por ello que las autoridades de la ciudad le dieron todo lo que pidió con tal de que no se marchase con su dinero.

Un imperio de tres casinos

A pesar de que logró dar su nombre al casino, Trump Plaza, el magnate sentía que el negocio le pertenecía a sus otros socios. Lo suyo nunca ha sido compartir el mando; por lo que se metió en otra batalla en Atlantic City. Aprovechándose de que Conrad Hilton quería echarse a un lado en la construcción de un hotel con 325 millones de inversión e innumerable dificultades administrativas, Trump se hizo con la propiedad del rentable Castle Hotel Casino, que abrió en junio de 1985. Tampoco aquello fue suficiente para el ego glotón de Trump, que pensó que no habría dos sin tres.

El magnate neoyorquino convenció a los inversores de otra mastodóntica e inacabada construcción, el mencionado Taj Mahal, para continuar las obras si le cedían la propiedad. Otro chollo. La tercera pata de su imperio del juego en Atlantic City. Lo máximo permitido por ley en manos de un mismo propietario. Y, sobre todo, otra inversión arriesgada. Los anteriores propietarios habían terminado en quiebra y habían asumido que, simplemente, se trataba de una inversión demasiado grande para que fuera rentable algún día. Por supuesto, Trump no se dejó impresionar, sino todo lo contrario. Prometió que lo terminaría y haría del casino «la octava maravilla del mundo».

Cumplió con las expectativas. El mayor edificio construido en la historia de Nueva Jersey tenía 150 metros de altura, 1.250 habitaciones (400 de ellas suites de lujo), más de 50.000 metros dedicados a exposiciones, un teatro enorme, capacidad de dar de comer a 13.000 comensales a la vez e incluso un estadio de 24.000 metros cuadrados. Su estética resulta grotesca y mezcla elementos arquitectónicos dispares. Nelson Johnson la define en el mencionado libro como «arquitectura ecléctica con piezas y detalles de varios edificios extravagantes entre ellos el Pabellón Regency en la playa de Brighton; la Alhambra de España; la catedral a rayas de San Basilio de Moscú». En general un casino al estilo Miami Beach con toques de Las Vegas.

En el interior del edificio lo que hallaron los jugadores es un casino con 3.000 máquinas tragaperras y cerca de 200 mesas de juego envueltas en una estética oriental excesiva, remanentes árabes e indios… Camareras tetudas, estatuas de elefantes con piedras preciosas y decenas de arañas de cristal construidas en Austria. Sin noticias del auténtico Taj Mahal. O probablemente la versión vulgar que Trump visualizaba del palacio indio en su cabeza.

Sobrevivió a varias bancarrotas... no a la última

A los jugadores también les encantó el casino de Trump, siendo que desde el principio se logró el millón de dólares de ingresos diario necesario para la rentabilidad del proyecto. O al menos la cifra que Trump había calculado, lo cual no significa que fuera cierta. Los costes de la construcción dejaron en sus arcas casi 1.000 millones en deudas, sin contar el mantenimiento diario. Incluso fue necesario que su padre le realizara un préstamo.

Solo un año después de la inauguración, el empresario se declaró en bancarrota, con lo que pudo reestructurar sus créditos bancarios y retener el Taj Mahal. De hecho, el político republicano salió bien parado de aquel golpe económico, no así los contratistas y proveedores locales que incluso hoy mantienen deudas a consecuencia del casino.

Tras la bancarrota de ese año, el multimillonario Carl Icahn adquirió el Trump Taj Mahal.

La presencia de Donald Trump siguió en Atlantic City hasta la crisis económica de 2008, que golpeó especialmente a este ciudad de la costa Este. Su inversión en tres casinos no resultó un desastre, pero tampoco la inagotable fuente de beneficios que él había pensado. Trump se desligó de sus casinos en 2009. Tras la bancarrota de ese año, el multimillonario Carl Icahn adquirió el Trump Taj Mahal.

Tampoco él ha logrado finalmente sacarlo a flote. Según Icahn el casino ha acumulado pérdidas de casi US$100 millones desde que se lo compró a Trump, en 2009, y recientemente enfrentó una larga huelga de sus trabajadores que no hace posible su viabilidad económica. A mediados de octubre cerró sus puertas para siempre el sueño grotesco de Trump.

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