Discurso de Gettysburg El discurso que acabó con las contínuas matanzas de la guerra más cruel de EE.UU.

El 19 de noviembre de 1863, Abraham Lincoln pronunció su alocución más famosa. Las palabras recordaban la brutal contienda que, según dijo, hizo que su «nación pudiese vivir»

Fotograma de la película «Lincoln»
Fotograma de la película «Lincoln» - ABC

«Hace ochenta y siete años nuestros padres crearon en este continente una nueva nación...». Estas fueron las primeras sílabas del discurso que, el 19 de noviembre de 1863 (tal día como hoy) pronunció Abraham Lincoln frente a 15.000 personas. En la alocución, de apenas 300 palabras, buscaba conmemorar en Pensilvania la batalla de Gettysburg, la derrota definitiva del bando confederado frente a los unionistas. La batalla supuso todo un revés para los intereses de los sudistas y, además, fue la tumba metafórica del general Robert E. Lee.

Para llegar hasta la gran derrota de Lee y el posterior discurso del 19 de noviembre es necesario hacer retroceder el calendario hasta los comienzos de 1860. Por entonces, la tensa situación que se vivía entre los estados del norte y del sur de los EEUU (provocada por diferencias insalvables en temas como la esclavitud y las desigualdades económicas) estalló con la elección de un tal Abraham Lincoln como presidente (el hombre de la barba y el sombrero de copa, para aquellos que no le pongan cara).

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Su ascenso al poder causó no poca controversia, ya que los sureños (habitualmente más partidarios del esclavismo) veían sus políticas como un peligro latente. ¿Qué diablos pasaría si aquel sujeto liberaba a los negros y terminaba con la mano de obra gratuita?

En esas andaba EEUU cuando algunos estados del sur, hasta el chambergo de tanto norte para arriba y norte para abajo, se declararon en rebeldía y crearon una nueva nación llamada los Estados Confederados de América. Un nuevo país, o eso pretendían. Las regiones que se unieron fueron Carolina del Sur, Misisipi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Texas.

«Lee era y siguió siendo (pese a la derrota final) un general muy respetado»

Posteriormente, se les unirían también Virginia, Arkansas, Tennesse y Carolina del Norte, además de algunos pequeños reductos secesionistas en otras zonas oficialmente unionistas (como se conocía a los norteños). Había comenzado la Guerra de Secesión (o Guerra Civil). Todos tomaron partido ya que, como dijo en su día el político contemporáneo Stephen Douglas, «en esta guerra no puede existir la neutralidad».

A su favor, los sureños (o Confederados) tenían el que, si el norte quería acabar con ellos, se verían obligados a invadirles (con lo que implicaba en su momento pasar al ataque en una guerra de tales dimensiones). Sin embargo, el norte contaba con muchas ventajas a nivel estratégico.

Para empezar, disponía de una gran producción industrial y alimenticia (considerablemente mayor que la de sus enemigos); tenía en sus territorios un número de población mucho mayor (22 millones contra apenas 9) y controlaba la mayor parte del hierro y el carbón (las materias primas de la época). No obstante, con el paso de los años los sureños lograron cosechar una gran cantidad de victorias contra el ejército enemigo gracias, en parte, al brillante general en jefe Robert E. Lee.

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«Lee era y siguió siendo (pese a la derrota final) un general muy respetado. De hecho era considerado el mejor de los comandantes posibles para un ejército estadounidense en su época. Al comienzo de la guerra la Administración federal (los norteños) había intentado que comandase sus fuerzas, pero Lee era un hombre muy leal a sus principios y nunca quiso traicionar su vinculación con el proyecto de génesis de unos Estados Confederados» explica, en declaraciones a ABC, Montserrat Huguet Santos (Doctora en Historia y autora de más de 90 textos entre los que destacan «Breve historia de la Guerra Civil de los Estados Unidos» -Nowtilus, 2015-).

Este militar fue el que llevó al sur a plantar cara a un enemigo mejor equipado, con más hombres y con unos suministros envidiables.

Los bandos, cansados

Los combates entre Norte y Sur se recrudecieron hasta tal punto que, en 1862, ambos bandos se vieron obligados a aprobar la primera ley de «circunscripción», Esta establecía, en ambas regiones, las edades mínimas y máximas entre las que se podía reclutar por las bravas (obligatoriamente) a los hombres. En el caso de los Unionistas comprendía los intervalos de entre 20 y 45 años, mientras que en el caso de los Confederados de 18 a 35. Unos números que implicaban que tanto unos como otros andaban severamente escasos de combatientes. La situación era especialmente precaria para los hombres de Lee, quienes empezaban a adolecer de algunos suministros básicos como munición, alimentos o botas (efectivamente, zapatos).

«En 1863 la guerra estaba en un punto de estancamiento que no hacía predecir un fin rápido. La población estaba desesperada, especialmente en el Sur, que era el área más castigada por los combates, la destrucción del territorio, el bloqueo económico y finalmente la dureza de la represión a la que eran sometidas las poblaciones tomadas, los prisioneros o los espías.

«En 1863 la guerra estaba en un punto de estancamiento que no hacía predecir un fin rápido. La población estaba desesperada, especialmente en el Sur»

Si el Sur tenía cada vez menos esperanzas de lograr el reconocimiento como nación, la Unión por su parte tampoco se granjeaba amigos en el extranjero y vivía una crisis seria que afectaba al liderazgo del ejército. Las ideas de Lincoln, que aplicaba ya la supresión de habeás corpus, topaban a menudo con unas u otras facciones de republicanos en el Congreso», añade la experta a ABC

Deseoso de que sus ejércitos dejasen de gastar recursos de los estados sureños, y ansioso también de forzar al gobierno Unionista a firmar de una vez la paz (lo que reconocería oficialmente la existencia de la independencia de los Confederados, Lee le puso arrestos y decidió atacar territorio norteño con la mayoría de las fuerzas a su cargo.

Sus objetivos no eran otros que aprovecharse del descrédito que tenía entonces Lincoln (no tan querido por aquellos años como pudiera parecer ahora) y ganarse el espaldarazo de algún amiguete del otro lado del charco que les enviase armas, comida, y -llegado el caso- interviniera militarmente en su favor. Algo nada sencillo, por cierto, pero que podría lograr si daba un puñetazo en la mesa lo suficientemente grande como para que fuese escuchado en Europa.

Lincoln, visitando un campo de batalla
Lincoln, visitando un campo de batalla- ABC

«El Sur tenía, cuando atacó, más unidades y grandes esperanzas aún de obtener el apoyo de algún aliado europeo para incrementar sus recursos. En el Norte, desde finales de 1862 la popularidad de Lincoln era baja y no hacía presagiar que los ciudadanos fuesen a respaldarle en otro mandato. Los generales del Norte -Hooker, Meade- cosechaban derrotas y el apoyo internacional a la Unión era muy tibio. Solo Rusia manifestaba abiertamente refrendar la causa de la Unión. Ciertamente, fue este el momento en que el ejército rebelde tuvo más opciones de cosechar triunfos militares, y en esa confianza actuaron los mandos planeando las campañas en territorio del Norte», determina Huguet a este diario.

La batalla

Decidido a dar un revés a los Unionistas, Lee organizó un ejército de 75.000 soldados con el que tomar la capital del estado de Pensilvania. Lugar desde donde pretendía amenazar Washington D.C. Eso sí, para cumplir todo aquello primero debía pasar con sus hombres por encima del denominado Ejército del Potomac, el principal contingente de la Unión en el territorio oriental. La unidad, dirigida por el general Meade, era una de las más temibles de la zona y contaba con decenas de miles de combatientes (entre 95.000 y más de 100.000, atendiendo a las diferentes fuentes).

En la batalla se contaron más de 50.000 bajas

El 1 de julio, los dos ejércitos se enfrentaron en las afueras de Gettyburg en una batalla que decidiría el destino de Estados Unidos. Una contienda en la que, tras tres días de una lucha encarnizada a mosquete y cañón, se contaron 23.000 heridos, muertos o desaparecidos por bando (una cifra que se eleva a casi 30.000 en el caso del Sur).

«Materialmente hablando fue una derrota muy dura, por la pérdida de hombres y de recursos en un momento muy avanzado de la guerra. Esta derrota se unió a la que se produjo el 4 de julio, en Vicksburg, a cargo del general unionista Ulises Grant. Pero sobre todo fue una derrota devastadora en el plano moral. Después de Gettysburg las esperanzas de reconocimiento de la Confederación se desvanecieron», finaliza Huguet.

El discurso de la victoria

Apenas cuatro meses después de que finalizase la contienda más sangrienta de la Guerra Civil de Estados Unidos, el presidente Abraham Lincoln (ese que los sudistas despreciaban por ser amigo de los esclavos) se dirigió de nuevo a Gettysburg. Corría el 19 de noviembre. Tal día como hoy.

Sin embargo, en este caso no acudió para empuñar un fusil contra sus enemigos, sino para conmemorar las muertes de todos aquellos que lucharon por la libertad e inaugurar el Cementerio Militar Nacional en el campo de batalla. Además, el presidente buscaba fomentar la unión, Y es que, a pesar de todas las diferencias que había habido a lo largo de los últimos años entre ambos bandos, Lincoln tenía esperanzas de que el Norte y el Sur se perdonasen de forma definitiva.

Curiosamente, el presidente fue aquel día un orador secundario. El principal era Eduard Everett, un ferviente partidario de la Unión que, durante dos horas, dirigió a los presentes un discurso de nada menos que 13.000 palabras. «Lincoln era el sexto en hablar, se encargaba de las “palabras de dedicatoria”, después de la Birgfields Band, la Marine Band, una oración, un himno y el orador principal. En otras palabras, Lincoln era un telonero. Se le invitó relativamente tarde aquel mismo día y de forma más o menos informal a que hiciera “algunas observaciones oportunas” después del discurso de Everett», explica Sam Leith en «¿Me hablas a mí?: La retórica desde Aristóteles hasta Obama».

De hecho, aquel día fue un despropósito en lo que se refiere a la organización, pues el discurso principal tampoco iba a ser dado en principio por Everett. «No fue a Lincoln a quien acudieron, ni tampoco fue Everett su primera opción. A él solo se lo ofrecieron después de que tres eminentes poetas (Longfellow, Whittier y Bryant) hubieran declinado intervenir. Pero Everett estaba cualificado: respetado universalmente, ya era un experto en campos de batalla tras hablar en Concord, Lexington y Bunker Hill», añade el experto.

No obstante, lo cierto es que -a pesar de que las palabras recordadas fueron las de Lincoln- Everett puso toda su ilusión en su discurso, pues estuvo varias semanas preparándolo y memorizándolo. Aunque, como bien explica Leith, también tuvo sus desventajas el que fuera elegido: «Hubo que ocuparse de otros preparativos prácticos: a sus setenta y nueve años, Everett sufría de próstata y hubo que instalar una tienda con un urinario especial junto al estrado para que pudiera aliviarse tanto antes como después del discurso».

¿En silencio?

Durante la alocución del 19 de noviembre, Lincoln fue bien recibido en el cementerio de Gettysburg. Ataviado siempre con su sombrero (el cual llevaba aquel día una banda negra en recuerdo de la muerte de su hijio), el presidente estaba pletórico por poder dirigirse al público. De hecho, tomó la precaución de salir un día antes de lo previsto de Washington para que ningún inconveniente le hiciera perderse el momento. Y, lo hizo a pesar de que su mujer estaba, en palabras de Leith, «totalmente enloquecida» por el fallecimiento de su retoño.

No obstante, existe cierta controversia a la hora de definir qué reacción causaron sus palabras en los más de 15.000 asistentes (entre el que había familiares de unionistas fallecidos en la contienda). Algunas fuentes afirman que el público se quedó en silencio debido a que la alocución no merecía ni una sola palmada. No es lo que opina Janet Pascal quien, en su obra «¿Quién fue Abraham Lincoln?», explica las frases fueron recibidas con silencio, pero no como una forma de rechazo, sino porque «las personas estaban tan conmovidas que no podían aplaudir».

«Las personas estaban tan conmovidas que no podían aplaudir».

Esta leyenda fue avivada por periódicos como el «The Times», cuya crónica afirmó que, aunque había sido una «ceremonia impresionante», quedó «muy deslucida por algunas de las desafortunadas ocurrencias del presidente Lincoln».

En todo caso su exposición tenía apenas tres centenares de palabras, pero jamás serían olvidadas por los presentes. Leith, de hecho considera que -a pesar de lo breve que fue (apenas se extendió en el tiempo dos minutos- el discurso de Lincoln fue su cenit como político. «Es unánime considerar que la cima retórica de Lincoln es el discurso que ahora conocemos como el "discurso de Gettysburg"».

Montserrat Huguet: «La oratoria del Presidente confirió a este breve discurso un sentido histórico singular»

1-¿Por qué fue tan importante el discurso de Lincoln?

El discurso de Lincoln el 19 de noviembre de 1863 guarda, en la cultura americana, un paralelismo con los textos fundacionales del país, la Declaración de Independencia o la propia Constitución. Todos ellos son textos breves, sustanciales, carentes de frases vacuas. En todos ellos se muestra la capacidad de análisis y de síntesis de los autores sobre los problemas que preocupan a la sociedad.

2-¿Tuvo realmente la importancia que se le quiere dar?

Este discurso se dictó junto con otros en un día designado para, meses más tarde de los acontecimientos de Gettysburg, rendir homenaje a las víctimas de la batalla en el así llamado Cementerio Nacional de los Soldados. Pero la cualidad oratoria del Presidente confirió a este breve discurso, que no llegaba a las trescientas palabras, un sentido histórico singular, pues era a la vez un estado de la cuestión de la historia en curso y un documento de esperanza para el futuro del país en guerra.

3-¿Cuáles eran las capacidades oratorias de Lincoln?

Con intervenciones de este calado Lincoln lograba capear el temporal de la política en curso: los resultados a veces nefastos en el campo de batalla, las muertes y los heridos, la escasez de materias primas y de bienes de consumo, el malestar que estaba causando en la sociedad el proceso legal que llevaba a la Emancipación de los esclavos,etc. Otros presidentes han querido emular la potencia del mensaje de este discurso y puede decirse que lo han logrado en alguna medida, no plenamente. En la estela de la oratoria de Lincoln se sitúa a Kennedy y más recientemente a Obama. Pero ni las circunstancias de la historia ni la cualidad política de Lincoln encuentran parangón.

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