Al Capone
Al Capone - EFE

Al Capone, el mafioso que tenía miedo a las agujas

El mafioso se contagió de sífilis, una enfermedad que lo dejaría mentalmente discapacitado y completamente chiflado

MadridActualizado:

Durante los años 20 y 30 Al Capone encabezaba la lista criminal de Estados Unidos. Sin embargo, aquel hombre que sembraba terror en la sociedad norteamericana miraba debajo de la cama antes de dormir; porque al igual que todos, el gángster tenía sus temores. El peligroso «Scarface», como también le llamaban, tenía pavor a las agujas. Y como su miedo era tan grande, se dejaría morir por no dejarse ponerse una ridícula inyección.

En los inicios de su carrera delictiva caería en la tentación de aliviarse con una o varias prostitutas, y con tan mala fortuna de contagiarse de sífilis. Según cuenta Howard Markel -un prestigioso doctor especializado en epidemias- en su artículo médico «The infectius disease that sprung Al Capone from Alcatraz» (La enfermedad infecciosa que sacó a Al Capone de Alcatraz), este padecimiento lo dejaría mentalmente incapacitado y completamente chiflado; al grado de ser liberado de cumplir su condena.

«Después de que finalmente fue encarcelado por su vida delictiva, no fue ni la jurisprudencia ni las tácticas de mano dura lo que lo liberaron. Era, de hecho, un pequeño microbio llamado Treponema pallidum» asegura Markel en su columna mensual en el soporte digital de la «PBS».

El chico de los caramelos

Si un Al Capone adolescente no estuviera vendiendo caramelos cuando Johnny Torrio -más conocido como «el Zorro» y uno de los mafiosos más destacables de Norteamérica- se acercó para comprar golosinas, es probable que no se escribieran tantas biografías sobre el chico que se convertiría en el «Enemigo público» más buscado de Estados Unidos.

Los caramelos tenían la culpa, o eran parcialmente responsables de que Al Capone fuera apadrinado por «el Zorro». Este señor lo introduciría en la pandilla juvenil más peligrosa de la época, los «Five Point Gangs».

Al Capone durante un traslado a prisión con el agente de policía Henry Laubenheimer
Al Capone durante un traslado a prisión con el agente de policía Henry Laubenheimer-ABC

Todavía no alcanzaba la mayoría de edad y sin embargo ya había dejado la inocencia mucho tiempo atrás. El joven más que ser un pillo y un delincuente común, ya tenía un estómago de acero que le permitía ser el autor y el cómplice de crímenes severos.

El nombre de Al Capone provocaba temblores a los otros chicos de las demás bandas. Y la enorme cicatriz en su cara enfatizaba todavía más a la crueldad que le caracterizaba; pues tres navajazos le darían el sobrenombre distintivo de «Scarface» (cara cortada).

Esta anécdota la recoge el periodista Daniel Samper Pizano en su obra «Camas y famas»: «Muñeca tienes un culo precioso. Y te lo digo como un cumplido», el autor cita el descarado comentario de un joven Al Capone –bastante impresionable con la anatomía femenina- que le costaría unas cuchilladas de otro joven defendiendo el honor de la jovencita.

Johnny Torrio comenzaba a verlo como el heredero de sus escabrosas pisadas; así que le invitaría a irse con él a Chicago para trabajar junto a su tío James Colosimo, más conocido como «Big Jim».

La vida alegre con el tío Jim

A los pocos días de casarse con Mae, una chica irlandesa- asunto que le causaría conflictos con sus allegados sicilianos-, empezaría a estrenarse como gorila en los negocios del tío de Torrio.

«Big Jim» tenía monopolizada toda la prostitución en Chicago. Era poseedor de numerosos burdeles; en los cuales «Scarface» podía aliviar su estrés. Piernas y mucho cariño para el chico rudo surgido de las calles de Brooklyn.

Un día de esos en lo que Al Capone creyó cerrarlos con broche de oro, resultaría ser fatal con el paso del tiempo; pues «Scarface» se había entregado a la alegre tarea con la sexoservidora equivocada. De esta manera, la diversión entre faldas en el negocio de Colosimo le pasaría una terrible factura en su salud y la futura muerte cerebral.

Después de aquel jovial encuentro, Al Capone se subiría los pantalones sin saber que tendría que lidiar con la sífilis de por vida. Y para ese momento, en el que descubrió un chancro en sus genitales, decidió que no acudiría con ningún médico. Solamente por la vergüenza y el miedo a que le pusieran una simple inyección dejaría que la enfermedad lo hiciera prisionero hasta su muerte.

Howard Markel explica en el artículo que la evolución de la enfermedad en el cuerpo del mafioso se desencadenó en una neurosífilis. Los microbios de la «treponema pallidum» se asentaron en todo su cerebro, para generarle un desorden irreversible en el sistema nervioso.

Los Intocables

Al Capone se enriquecía ilícitamente con el juego, la prostitución y principalmente con la venta de alcohol durante la ley seca (1919-1933). Aunque su actividad era ya de dominio público, las autoridades seguían sin encontrar pruebas para encarcelarlo.

Durante los locos años 20, surgía un grupo de héroes en Estados Unidos, a los que la prensa llamaba Los Intocables. Eliot Ness lideraría un grupo de diez agentes federales; que se encargarían de limpiar Chicago del crimen, y con la vista puesta en «Scarface».

Sin embargo, los hombres de Eliot Ness tardarían más de una década en mandarlo tras las rejas. En 1931 lograron que se le acusara de evasión fiscal –un veredicto irrisorio en comparación con todo su escabroso historial-, condenándole a 11 años de cárcel.

Para el año 1934 se terminó de construir la prisión «The Rock» en la isla de Alcatraz, en donde lo refundieron para terminar su penitencia.

Preso de la locura

Después de todo el esfuerzo invertido y más de una década persiguiendo al gran Enemigo público de Estados Unidos, Al Capone se volvería a burlar de la ley una vez más. Saldría de la cárcel sin cumplir la condena.

No obstante, el mafioso no saldría esta vez gracias a los sobornos policiales; sino por su deteriorado estado mental. Tras someterlo a un estudio médico en 1938, se redactó un informe donde se explicaba que Al Capone era un inválido mental. «La sífilis no controlada destruyó su cerebro mientras él estaba allí, confinado a la Célula No. 181. La neurosífilis tiene muchas manifestaciones a lo largo del sistema nervioso central y periférico, pero el caso de Capone fue notable por volverlo definitivamente loco», explica Howard Markel.

El gángster había dejado de ser un ser temerario para convertirse en una estampa estrambótica de sí mismo. «A menudo no cumplía las órdenes de los guardias, incluso con la pena de un castigo severo, menos por desafío que por la incapacidad de procesarlos intelectualmente. De vez en cuando, tenía una «extraña sonrisa» en la cara e incluso se vestía con su abrigo de invierno, sombrero y guantes mientras estaba sentado tranquilamente en su celda climatizada», relata Markel.

La residencia de Al Capone en Miami
La residencia de Al Capone en Miami-EFE

La fortuna del gángster fue mermando tras la retirada de la ley seca, y su condición mental ya no implicaba rivalidad para las otras familias criminales. La única amenaza bajo la que se encontraba «Scarface» era el transcurso caprichoso de la sífilis; la cual le provocó un derrame cerebral, mientras limpiaba piscina de su casa en Palm Beach (Miami). A los pocos días falleció a la edad de 48 años.

Belonefobia

La sífilis era una de las principales causas de mortalidad en Estados Unidos hasta fines de la Segunda Guerra Mundial, cuando finalmente los médicos comienzan a distribuir la penicilina en los hospitales.

Aunque para los años 20 este gran descubrimiento farmacéutico todavía no estaba al alcance civil; Al Capone podía haber salvado su vida con una inyección de Salvarsán. Su creador, el Premio Nóbel Paul Ehrlich, había desarrollado esta fórmula a principios del siglo pasado; para darle guerra a la «gran viruela», como así le conocía por las ampollas que brotaban en las primeras semanas del contagio.

No obstante la belonefobia –miedo a las agujas- paralizaría al temido Al Capone dejándose corroer por la terrible enfermedad venérea.