Prueba nuclear en el desierto de Nevada, en 1953.
Prueba nuclear en el desierto de Nevada, en 1953.

El caos atómico del siglo XX: EE.UU y la URSS ensayan el fin del mundo

Solo los norteamericanos realizaron 1131 detonaciones nucleares entre 1945 y 1992, la mayoría de ellas en Nevada o en islotes del Pacífico

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Tal día como hoy de 1961 Estados Unidos detonó su bomba atómica «Gnome» en Nevada. En 1969 simultáneamente lanzó dos bombas, «Culantro-1» y «Culantro-2», a unos 110 km al noroeste de la ciudad de Las Vegas. Media hora después detonó otras cuatro bombas en emplazamientos cercanos. También un 10 de diciembre de 1982, el turno fue para la bomba atómica «Manteca» y, en 1988, para «Misty Echo», ambas en Nevada.

No es que el 10 de diciembre represente una efeméride especial para EE.UU. o tenga un significado oculto para la ciencia atómica. Y no es que el país la tuviera tomada con Nevada. Simplemente la Guerra Fría alumbró una cantidad escalofriante de pruebas nucleares. 1131 detonaciones (muchas de ellas subterráneas) realizadas entre 1945 y 1992 solo por los norteamericanos. El mundo temblaba con cada ensayo, sin que nadie pudiera poner fin a aquel bombardeo sobre tierra amiga.

El destructor de mundos

El primer arma nuclear se desarrolló como resultado del Proyecto Manhattan, una iniciativa científica ultrasecreta impulsada por el presidente Roosevelt con la ayuda de Reino Unido y Canadá, durante la Segunda Guerra Mundial. El propio Albert Einstein, el más eminente físico que vivía en EE.UU, había trasladado al presidente el temor de varios científicos refugiados de que los nazis desarrollaran armas basadas en la energía liberada por la fisión nuclear. «Debería quemarme los dedos con los que escribí aquella primera carta a Roosevelt», diría años después Einstein.

«Me he convertido en muerte, en destructor de mundos», citaría el director del proyecto, Robert Oppenheimer, recordando un texto indio

El proyecto logró su objetivo de producir la primera bomba atómica en un tiempo de 2 años 3 meses y 16 días, detonando la primera prueba nuclear del mundo (Prueba Trinity) el 16 de julio de 1945 cerca de Alamogordo, Nuevo México. El lugar elegido era una zona remota entre dos pueblos, tierra de nadie, después conocida como White Sands. Los científicos, en verdad, albergaban dudas sobre cuál iba a ser el resultado. Alguno advirtió de forma exagerada que en caso de fallar podía devenir la destrucción del estado de Nuevo México o incluso la ignición de la atmósfera y la incineración de todo el planeta.

«Me he convertido en muerte, en destructor de mundos», citaría el director del proyecto, Robert Oppenheimer, recordando un texto indio al observar la primera explosión atómica. La prueba fue un éxito. En Nuevo México se liberó una energía equivalente a 19 kilotones, o lo que es lo mismo, 19.000 toneladas de TNT, dejando un cráter de más de 300 metros de ancho. En 1975 el sitio de prueba fue declarado Monumento Histórico Nacional y, aunque existe radiación residual, es accesible al público en varias fechas del año. El Monumento Trinity, formado por una roca áspera y oscura en forma de obelisco, marca el hipocentro de la explosión.

Una de las pocas fotografías en color de la explosión de Trinity
Una de las pocas fotografías en color de la explosión de Trinity

Tras el ensayo llegó el horror. Se fabricaron a contrarreloj dos bombas-A conocidas como «Little Boy» (cargado de Uranio-235) y «Fat Man» (cargado de Plutonio-239), para ser empleadas en el frente del Pacífico. «Little Boy» hizo blanco en la ciudad de Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Tres días después, «Fat Man» lo haría sobre Nagasaki. La rendición de Japón, que oficialmente no se hizo efectiva hasta el 2 de septiembre del mismo año, llegaría en un transcurso de seis jornadas desde el lanzamiento del segundo artefacto.

La devastación de las dos ciudades, las decenas de miles de muertos, entre ellos 3.200 ciudadanos estadounidense-japoneses, forzaron la rendición del Imperio del Sol; pero sobre todo fue la promesa estadounidense de que otras bombas similares, e incluso más devastadoras, estaban en camino.

Sube la apuesta: las bombas termonucleares

A principios de la década de 1950, los Estados Unidos desarrollaron por primera vez una bomba termonuclear –borrando en las pruebas iniciales un islote del Océano Pacífico llamado Eniwetok–. En el centro de la explosión se alcanzó la temperatura de 15 millones de grados, suficiente para volatilizar todo aquello que se hallaba cerca y destrozar la flora y fauna del lugar. No en vano, entre el 14 de abril de 1948 y el 18 de agosto de 1958, Estados Unidos hizo detonar unas 44 bombas nucleares en el atolón.

La contaminación radioactiva sobrepasó los límites del atolón Bikini y llegó hasta los atolones Rongelap y Rongerik

Solo dos años después de lanzar la primera bomba termonuclear, el 28 de febrero de 1954, EE.UU. explotaba una segunda bomba de este tipo en las islas Marshall. La explosión resultante de «Castle Bravo» tuvo una potencia de 15 megatones, más de tres veces el rendimiento estimado en su diseño. Aquel fallo de cálculos dio lugar a una contaminación radiológica que se extendió a las islas cercanas y a un peligroso manto radiactivo, similar a la nieve, que cubrió un área de 11.000 kilómetros cuadrados.

La explosión destruyó toda la vegetación de las islas y creó un cráter de dos kilómetros de largo y 76 metros de profundidad. La contaminación radioactiva sobrepasó los límites del atolón Bikini y llegó hasta los atolones Rongelap y Rongerik, donde sus habitantes sufrieron altas cotas de radiación. Además, un pesquero japonés llamado Lucky Dragon Nº 5, que ese día faenaba por esas aguas, también se vio afectado.

Sin tiempo que perder, la URSS replicó con su propia bomba H a las pruebas americanas el 30 de octubre de 1961. El comandante Andrei Durnovtsev fue el encargado de arrojar la bomba más grandes jamás creada, «El Zar», sobre Nueva Zembla, un archipiélago ruso situado en el Océano Ártico. Un avión Túpolev Tu-95 fue adaptado para soportar las 27 toneladas. Asimismo, la bomba fue lanzada en paracaídas para dar tiempo a que el piloto se alejara lo suficiente de una explosión con una potencia de 50 megatones (Mt), que rompió ventanas a 800 kilómetros y levantó un hongo nuclear de 64 km de altura.

Fotografía de una bomba atómica del tipo Bomba del Zar.
Fotografía de una bomba atómica del tipo Bomba del Zar.- Wikimedia

La energía térmica de esta prueba fue tan grande que podría haber causado quemaduras de tercer grado a una persona que se encontrara a 100 km de la explosión. Durnovtsev pudo alejarse a tiempo para salvar su vida, pese a que los cálculos modernos han revelado que de haberse alcanzado el potencial estimado por los científicos rusos, 100 Mt, ni siquiera se habría podido garantizar la supervivencia del piloto.

La enorme explosión en el Ártico despertó la indignación y las protestas de miles de personas por todo el mundo, desde Ámsterdam, Bruselas, Copenhague, hasta París o Londres. Y lo peor que ni siquiera tenía como objetivo realizar pruebas con valor científico o militar, sino que se vislumbró como un golpe propagandístico. El Gobierno inglés se reunió de urgencia y, en la sede de las Naciones Unidas, la Unión Soviética recibió duros ataques. La explosión se produjo tan sólo tres días después de que la Asamblea –por 37 votos a favor y 11 en contra– hubiera realizado un «solemne llamamiento» al Kremlin para que no realizase la prueba. «Un gran salto hacia la anarquía y la destrucción», definieron los delegados estadounidenses el desafío soviético.

Las consecuencias del desastre nuclear

El 5 de agosto de 1963, se firmó un tratado para limitar la cantidad de pruebas nucleares al menos a nivel atmosférico, permitiéndose únicamente pruebas subterráneas. Con todo, Francia continuó sus pruebas hasta 1974, mientras China lo hizo hasta 1980. Estados Unidos y Rusia, por su parte, no frenaron hasta bien avanzados los años noventa. Mientras los soviéticos realizaban sus pruebas en el Ártico y en Kazajistán, los estadounidenses prefirieron las Islas Marshall y el Área de Pruebas de Nevada.

Aquello fue un error. Nevada cuenta con numerosas zonas aisladas y desérticas, pero cabe recordar que la superficie continental de EE.UU, a diferencia del Pacífico, se encuentra envuelta de núcleos urbanos. En muchos casos, los vientos dominantes empujaron la radiación hacia las vastas extensiones agrícolas de las Grandes Llanuras. Como resultado, cinco millones de personas absorbieron dosis tiroideas per capita (yodo-131) entre 9 y 16 rads más altas que en Kiev a consecuencia del accidente de Chernóbyl.

Prueba nuclear en noviembre de 1951 en el emplazamiento de pruebas nucleares de Nevada, las tropas están a pocos kilómetros
Prueba nuclear en noviembre de 1951 en el emplazamiento de pruebas nucleares de Nevada, las tropas están a pocos kilómetros

El National Cancer Institute sostiene que estas pruebas pueden estar detrás de unas 6.000 muertes por cáncer de tiroides, sobre todo en niños, unas 1.800 por leucemia en combinación con las pruebas globales, y de un número indeterminado de afectados por otros problemas médicos que estiman a partir de 70.000. Sin ir más lejos, los niños que se criaron entre 1951 y 1971 absorbieron altas dosis de yodo-131 radioactivo (uno de los radioisótopos más peligrosos que existen) a través de la leche, particularmente en Colorado, Idaho, Montana, Kansas, Dakota del Sur y Utah, pero también en lugares tan lejanos como Florida.