Historia

El Asedio de Metz, la cruel derrota que humanizó al hasta entonces indestructible Carlos V

La humillación de Innsbruck y la derrota contra los franceses sacaron a flote un sentimiento de culpabilidad que Carlos no podía soportar: su enfermedad había interferido en sus planes militares. Un ejército de 55.000 soldados, dirigido por el Gran Duque de Alba, fue vencido por el invierno en su intento de recuperar la ciudad obispal

Carlos V a caballo en Mühlberg, de Tiziano
Carlos V a caballo en Mühlberg, de Tiziano - Museo del Prado

Tiziano presentó en su cuadro de la batalla de Mühlberg a un atlético e imperial Carlos V. El guerrero invicto a lomos de un caballo, cabalgando, lanza en ristre, en solitario, por un sombrío pero calmado paisaje alemán. Sin rastro de polvo ni de sangre ni de sudor. Un ser inmortal que nada tenía que ver con el verdadero Emperador, un hombre aquejado de gota, castigado por décadas de guerras, y con una infinidad de años menos de los que aparentaba. Poco después de la batalla, Carlos demostraría al mundo que del jinete pálido de Mühlberg ya solo quedaban las ruinas.

A mediados del siglo XVI explotó en Alemania la tensión religiosa prendida por Lutero varias décadas antes. Interesados en minar la autoridad del Emperador, varios príncipes alemanes asumieron como suyo el mensaje de la Reforma, ya fuera de forma sincera o por congraciarse con los sectores populares. En la batalla de Mühlberg, 1547, se enfrentaron estas dos alemanias, saliendo vencedor indiscutible el Emperador y la causa católica. Frente a su inferioridad numérica, el Emperador respondió con uno de sus habituales golpes de efecto: logró que se cambiara de bando uno de los cabecillas luteranos, el Duque Mauricio de Sajonia, que ambicionaba el título y los territorios de su primo Juan Federico I de Sajonia.

Todos contra Carlos V

Con Lutero muerto y la Liga de Esmalcalda derrotada por la vía de las armas en 1547, los cabecillas protestantes fueron encarcelados en el castillo de Halle y los aliados de Carlos V recompensados. A Mauricio de Sajonia le otorgó el cargo de elector por todos sus servicios, y a los que habían permanecido del lado imperial les recompensó con diferentes prebendas. El César y sus aliados habían triunfado por completo, aunque aquello solo fuera a durar un instante.

En poco tiempo los príncipes alemanes supervivientes se aliaron con el nuevo Rey de Francia, Enrique II, quien tomó de golpe las plazas imperiales de Metz, Toul y Verdún, al tiempo que los turcos conquistaban Trípoli.

Plano del asedio de Metz, una ciudad con importantes fortificaciones y defensas naturales
Plano del asedio de Metz, una ciudad con importantes fortificaciones y defensas naturales

Todos sus rivales se conjuraban a la vez contra Carlos. Aunque entre ellos no se podía incluir Francisco I de Francia, que falleció a causa de la sífilis en marzo de 1547 sin poder asistir a los éxitos de su hijo. Mientras una fuerza francesa reclamó los territorios españoles en Italia, Mauricio de Sajonia traicionó a los católicos y se puso al frente de un nuevo ejército protestante, concentrado en Franconia, que pretendía liberar Alemania del «yugo de los españoles y de los sacerdotes de Roma».

El 6 de abril de 1552, Carlos se vio obligado a salir en medio de la noche del castillo de Innsbruck (Austria) por una puerta secreta. La traición de Mauricio sorprendió al Emperador Carlos sin más compañía que un puñado de soldados y su séquito más próximo.

El guerrero invicto, al menos en la Europa cristiana, nunca había sido humillado de una forma tan determinante

El Monarca atravesó terrenos montañosos y fríos estando prácticamente inmóvil por la gota. Una vez en Innsbruck, Mauricio entregó a sus soldados los bienes del Emperador y mató a varios de sus criados. El guerrero invicto, al menos en la Europa cristiana, nunca había sido humillado de una forma tan determinante. Además, el traicionero Mauricio se había permitido firmar en Chambord que no se elegiría nuevo emperador de Alemania sin el beneplácito del Rey francés, lo que equivalía a entregar el imperio a los franceses.

Una vez a cubierto, Carlos reclamó la ayuda de su más fiel compañero de armas, Fernando Álvarez de Toledo, el noble castellano que había dirigido sus tropas en Mühlberg. Su venganza se inició desde Milán, donde el Duque de Alba levantó un ejército que pretendía reconquistar la ciudad francesa de Metz «para sacarle el pie (al Rey de Francia) de Alemania». Con este fin pagó con sus propios bienes un ejército de 7.000 hombres y se dirigió a recoger a su Rey.

Carlos partió de Lienz, acompañado del Duque de Alba y de sus tropas italo-españolas, hacia Munich, donde se reunió con sus soldados alemanes. En Augsburgo y Ulm repuso a los regidores destituidos por Mauricio y expulsó a los anabaptistas y zwinglianos. Asimismo, en Kaiserslautern se juntó con sus ejércitos neerlandeses, dirigidos por el Señor de Boussue. Ahora sí, podía lanzarse con garantías a reconquistar la estratégica ciudad de Metz.

III Duque de Alba de Tormes
III Duque de Alba de Tormes

Recuperar Metz era urgente porque se trataba de perla de Lorena, uno de los dominios patrimoniales recibidos directamente de manos de su abuelo Maximiliano. Reunió con este propósito al que tal vez fue el mayor ejército del siglo XVI, 55.000 hombres, para enfrentarse a Francisco de Lorena, el astuto defensor de la plaza. El Duque de Guisa mandó reparar a toda prisa las murallas y destruir los arrabales hasta convertir el lugar en una fortaleza moderna.

Desde el principio las cosas no fueron como había previsto el César. Un nuevo ataque de gota del Emperador retrasó aún más los planes imperiales. En Landau tuvo que detenerse dos semanas por la gota y el 13 de octubre sufrió un segundo ataque que le dejó postrado en Thionville hasta el 10 de noviembre.

Impaciente, el Duque de Alba se adelantó a su comandante para preparar las obras de asedio. El 31 de ese mes abrió fuego contra la sección inmediatamente al norte de la Porte des Allemands, si bien no logró ningún avance. Así, el 2 de noviembre trasladó las baterías a sur de la ciudad, entre el Seille y el Mosela. Desde allí, protegidos por los ríos de las posibles salidas de los defensores, inició un bombardeo sostenido sobre la población. Mantenía en ese momento un cerco desde tres puntos distinto, pero apenas había hecho cosquillas a sus murallas.

Cuando Carlos V al fin llegó con el resto del ejército el año estaba demasiado avanzado y el transcurso del verano había permitido a los pobladores de Metz hacer acopio de víveres. Si bien la moral imperial creció con la llegada del Monarca, que fue recibido con tres sonoras salvas (si bien dirigidas hacia las murallas, por eso de no despercidiar ninguna bala); el factor psicológico se disolvió rápido.

Alba concentró ahora sus ataques, al oeste, entre la Porte de Champenoise y la Tour d'Enfer. El 24 de noviembre, y 1448 andanadas después, se pudo derribar un baluarte y unos días después se abrió una brecha en la muralla. Pero, al disiparse el polvo, los atacantes descubrieron una segunda muralla detrás. Los franceses habían planificado la defensa al detalle. Insistir aún así en sus planes fue un grave error estratégico de Carlos V, sobre todo cuando había entre sus filas capitanes abiertamente hostiles al Emperador y a la forma en la que estaba conduciendo las cosas Alba.

Acampados en un terreno inundado por las lluvias y sin víveres, las enfermedades debilitaron pronto a los soldados, especialmente a los italianos y españoles debido a su equipamiento inadecuado para un clima así. Carlos perdió por el camino a la mitad de su ejército por muerte o deserción.

El 26 de diciembre de 1552 se desistió definitivamente el asedio; y el primer día de enero, durante la noche, se levantó el sitio en contra de la opinión del Duque de Alba. A pesar de la lluvia de críticas procedentes de Alemania, Carlos V elogió en todo momento el papel del general castellano y le exculpó de cualquier responsabilidad: «No podría tener en más alta estima a Alba si hubiera tomado Metz y París juntos».

El Emperador se retiró con su fama de guerrero invicto resquebrajada hacia Bruselas, donde, a principios de 1553, sufrió un colapso físico y mental

El repliegue fue aún más lastimoso que el propio asedio: se abandonaron a 600 soldados enfermos o demasiado heridos para seguir la marcha. El Emperador se retiró con su fama de guerrero invicto resquebrajada hacia Bruselas, donde, a principios de 1553, sufrió un colapso físico y mental luego de aquel año infernal. La confianza le había abandonado y Francia le ganó, por una vez, la partida.

A diferencia de su padre, Enrique tenía claro los puntos débiles de su enemigo. El problema de Carlos es que tenía demasiados territorios que defender y pocos recursos para mantener varios tantos frentes activos a la vez. En ese fatídico otoño de 1552, mientras Carlos sitiaba Metz, Enrique II mantenía un ejército de observación en Champaña, por si Metz necesitaba apoyo, otro en la frontera septentrional, desde donde sitió Hesdin y un tercero en Italia. Precisamente fue el ataque a Hesdin el que obligó a las fuerzas imperiales a marcharse de Metz en última instancia.

El colapso físico del Emperador

La humillación de Innsbruck y la derrota de Metz sacaron a flote un sentimiento de culpabilidad que Carlos no podía soportar: su enfermedad había interferido en sus planes militares. La postración le invalidó para conducir las actividades de gobierno, de modo que su más enérgica hermana, María de Hungría, se hizo cargo de la regencia de los Países Bajos, su hijo de los reinos hispánicos y su hermano Fernando de los asuntos imperiales, como en la práctica llevaba haciendo años.

La muerte de su madre, Juana «La Loca», a mediados de 1555, empeoró su estado. Empezó a permanecer horas de rodillas en una estancia sin apenas luz, y en una ocasión comentó haber oído a su madre difunta decirle que la siguiera.

Retrato de Mauricio de Sajonia
Retrato de Mauricio de Sajonia- Wikimedia

Ese mismo año dispuso todo para que se realizara la transmisión de poderes hacia su hijo y que el título imperial pudiera pasar a su hermano. Aceptó así gastar sus escasas energías en presidir la última gran ceremonia pública de su vida, un acto simbólico de abdicación en su palacio de Bruselas. Después de las ceremonias, el Emperador se retiró con un pequeño séquito a Cuacos de Yuste, Extremadura, la remota última morada del héroe.

Curiosamente, Mauricio de Sajonia perdió la vida poco después de propiciar el fracaso imperial. El elector, en prevención de una derrota, firmó en 1552 la Paz de Passau con el Emperador, rompiendo su alianza con Enrique II, pero consiguiendo una mayor libertad religiosa para los príncipes alemanes. Sin embargo, no todos los luteranos estuvieron de acuerdo con esta paz, siendo el demente, arruinado y alcohólico Marqués de Brandenburgo quien protestó con más desperfectos. Convertido casi en un bandido, el marqués se dedicó a atacar las poblaciones indefensas, indiferentemente de su religión, como si viviera en un estado de anarquía permanente.

Con el fin de acabar con su pequeña rebelión, Mauricio de Sajonia dirigió un ejército formada por príncipes protestantes y católicos contra el noble en la batalla de Sievershausen, cerca de Gottingen, el 9 de julio de 1553. Mauricio fue gravemente herido y falleció dos días después.

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