ABC Historia recomienda El otro Renacimiento: pólvora, horror y gangrena en tiempos del mercenario Giovanni de Médici

Esta semana recomendamos una película sobre la última semana de vida de uno de los condotieros más legendarios de la historia, vencido, únicamente, por la llegada del ferrocarril de su tiempo: «El oficio de las armas» (Ermanno Olmi, 2001)

Fotograma de la película «El oficio de las armas» (2001)
Fotograma de la película «El oficio de las armas» (2001)

Al igual que «Donnie Darko» para la ciencia ficción o cualquiera de las películas de los hermanos Coen para la comedia negra, «El oficio de las armas» (Ermanno Olmi, 2001) se ha convertido en una suerte de película de culto para los aficionados a la historia militar. Un secreto delicioso. Su capacidad de trasladarnos a los años crepusculares de los condottieros italianos (capitanes de compañías mercenarias) y su aire de miseria exquisita abriga el sobrio relato de los últimos días de Giovanni de Médici, el capitán de una mítica banda de mercenarios italianos curtida en mil batallas, literalmente.

Guerra, pólvora, amputaciones y mercenarios honorables... No solo de arte y humanismo vivió aquel tiempo, porque también eso fue el Renacimiento.

Del bando imperial al francés

Ermanno Olmi, guionista y director, cuenta la última semana de vida de Giovanni de Médici como capitán del ejército papal en la campaña contra los lansquenetes del emperador Carlos V. Una de las muchas acciones en las que dirigió a sus Bandas Negras. «En vida, ya era un mito, pues se lo disputaban los príncipes por su gran experiencia en el oficio de la guerra. Amaba la vida. La diosa Fortuna y las mujeres le sonreían. Ni un pensamiento sobre la muerte cruzaba su mente. Su ruina fue la aparición de las armas de fuego: una bala de cañón le alcanzó una pierna, la gangrena se extendió y hubo que amputarla», explica la sinopsis como si la pólvora fuera el ferrocarril de una película del Oeste, arrasando y pisando una forma de vida en vías de extinguirse. De ahí que el director se recree con una escena en la que se muestra paso a paso la fabricación de un falconete.

Portada de la película «El oficio de las armas» (Ermanno Olmi, 2001)
Portada de la película «El oficio de las armas» (Ermanno Olmi, 2001)

El legendario condottiere era conocido como «Giovanni dalle Bande Nere», en referencia a la unidad de mercenarios que levantó y dirigió. La compañía se componía principalmente de jinetes y arcabuceros, incluyendo los primeros arcabuceros montados de Europa. Sus caballos turcos y berberiscos les dieron fama de ser la mejor caballería de Italia, aunque su indisciplina recordó a las naciones europeas el escaso valor de las fuerzas mercenarias.

En este sentido estos mercenarios empezaron a portar bandas y armaduras negras de luto a raíz de la muerte del Papa León X, que pertenecía a la familia de los Médici, y se ganaron así su sobrenombre. De hecho hasta la muerte del Papa, la unidad sirvió junto a los imperiales al servicio del general borgoñón Carlos de Lannoy.

El florentino y sus aproximadamente 4.000 hombres se pasaron a las filas francesas del Rey Francisco I con el pretexto de que su compromiso era con el anterior Papa. Si bien, lo cierto es que el galo simplemente había realizado una oferta económica mayor. Junto a los franceses y por su oro combatieron en las batallas de Bicoca y Sesia (en 1522 y 1523, respectivamente). No obstante, la fortuna que había acompañado a las Bandas Negras hasta entonces se tornó en penalidades con el cambio de bando. Se achaca a unos soldados de Giovanni el haber introducido la peste en Milán durante la campaña de 1524 al regreso de una de las correrías de la compañía.

El último defensor válido de Roma

Las Bandas Negras también tomaron parte en la campaña de Pavía de 1524-1525, pero no en la misma batalla, que devino en desastre para los intereses franceses. Esto se debió a que durante una escaramuza en las proximidades de Pavía recibió el de Médici un disparo de arcabuz en una rodilla. Gracias a un salvoconducto concedido por el Marqués de Pescara –general español de las fuerzas imperiales en Pavía–, el capitán florentino y sus tropas pudieron ser trasladados a Piacenza para recibir asistencia médica. Lo cual demuestra el respeto que se había granjeado en los campos de batalla incluso entre sus enemigos.

Pero más allá del respeto, ¿le quedaba algún cartucho de suerte para aquellas fechas? En 1526, Giovanni de las Bandas Negras se vio obligado a ponerse al frente del ejército papal junto a Francesco Maria della Rovere cuando los ejércitos imperiales, libres del marcaje francés, iniciaron una marcha hacia la ciudad de San Pedro. Aquello iba a terminar con el famoso Saco de Roma, entre otras cosas porque los dos capitanes papales no supieron entenderse para organizar una defensa coordinada. Al contrario, el de Médici se dedicó a hacer, por su cuenta, la guerra que más le gustaba: hostigar la retaguardia enemiga.

En uno de los escasos combates que pasaron la categoría de escaramuza, las tropas de Giovanni de Médicis atacaron en Borgoforte a los lansquenetes, que avanzaban por el Serraglio. Fiel a su estilo de combate, el italiano pretendía caer con temeridad sobre la retaguardia enemiga, sin percatarse de que había dejado expuesto su flanco izquierdo a los disparos de unos falconetes que los imperiales escondieron un día antes entre la maleza. Los jinetes fueron masacrados por la temida artillería y su capitán herido por una bala de cañón.

«Ni siquiera 20, dijo Giovanni sonriendo, me podrían sostener»

Según cuentan las crónicas, cuando la bala impactó contra su pierna derecha, el condottiero de 28 años fue trasladado al palacio del Marqués Luigi Alessandro Gonzaga en Mantua. Su médico apremiado por la gangrena decidió intervenir amputando la extremidad. Diez hombres fueron llamados para mantener sujeto al guerrero durante el proceso. «Ni siquiera veinte, dijo Giovanni sonriendo, me podrían sostener. Y él tomó una vela en la mano, para que pudiera hacer la luz sobre sí mismo», escribió el poeta Aretino, considerado «el mayor calumniador de su tiempo» a propósito de otros temas que no vienen al cuento.

Así y todo, Juan murió cinco días después, el 30 de noviembre de 1526. El cirujano poco pudo hacer, la gangrena estaba muy avanzada. No en vano, investigaciones modernas han demostrado que falleció a consecuencia de una infección y no directamente por la torpeza de los cirujanos como siempre se había creído.

El final de una era

Las Bandas Negras no sobrevivieron mucho tiempo sin su capitán. Se retiraron del asedio a Nápoles en 1528 junto los restos del ejército francés, diezmados por la peste bubónica, y finalmente se rindieron a las tropas imperiales a finales de ese año, cesando su existencia poco después. Es más, con la muerte de Giovanni y de otros miembros de su generación se puso fin a una forma de hacer la guerra en Italia que había durado 250 años. La de los soldados de fortuna que se vendían al mejor postor a través de un sistema escrupulosamente reglamentado, que incluía un contrato (una condotta, de ahí el nombre) con el reino, república o principado.

Hristo Jivkov, a la derecha, como Giovanni de Médici
Hristo Jivkov, a la derecha, como Giovanni de Médici

Este aspecto crepuscular de los mercenarios renacentistas, sustituidos por una nueva remesa de soldados a sueldo todavía más brutales y más vinculados a la pólvora, queda retratada al principio de «El oficio de las armas» con una cita de Tibulo, siglo I a.C:

«¿Quién fue el primero que inventó las espantosas armas? Desde aquel momento hubo estragos y guerras y se abrió un camino más corto a la cruel muerte. Aun así, el miserable no tiene la culpa! Somos nosotros los que usamos mal aquello que él nos dio para defendernos de las feroces fieras»

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