Reportaje

La Parra del Veedor, el bar que escapa del tiempo

Por Carmen Ibáñez Quignon,

En la ciudad más antigua de Occidente, donde cavar es sinónimo de desenterrar vestigios de otras épocas, también hay un hueco para la ‘arqueología’ de los bares. No nos podemos remontar a los fenicios, pero sí a 1791 (que para un bar no es poco), el año que figura como el inicio de ‘La antigua Parra del Veedor’.

En aquellos años sería un lugar muy distinto al que conocemos ahora, quizás una tienda o despacho de vinos. Hay algo que permanece inmutable, es su ambiente acogedor, del que son responsable sus actuales propietarias Natalia y Cristina. O ‘Las niñas de Veedor’, como se les conoce popularmente, desplazando el nombre real del establecimiento.

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El nombre original del establecimiento, que muchos conocen como ‘Las niñas de Veedor’ | C.I.

Hasta donde la memoria les llega, su particular historia en ‘La Antigua Parra del Veedor’ se remonta a la llegada de su padre, José Bernárdez, desde Galicia. Su familia, como muchos llegados del Norte, montaban freidores, como Las Flores o La Cruz Verde, donde primero trabajó Bernárdez al instalarse en Cádiz. Luego entró como empleado en el bar que años más tarde sería de su propiedad, y en el que trabajaría junto a su mujer, Manoli Rodríguez. Por motivos de salud, José tuvo que dejar el negocio, pero antes, le ofreció a sus hijas seguir con él. Aunque ellas tenían otras perspectivas de futuro, el perder la que hasta entonces había sido su casa pesaba demasiado.

Así que en 2003 cogieron las riendas de un negocio que es eso, la casa de todos, de los que viven por el barrio, de los que van a diario o de los que llegan por casualidad, también de otros países. Conocen los nombres de pila de los habituales a su barra y sus mesas. Desde familias con niños pequeños a ancianos, de cualquier ideología, de muchos mundos, acogidos bajo una música de fondo que denota un exquisito gusto.

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El bar tiene una clientela fija, que Natalia y Cristina conocen por su nombre | C.I.

Hay testimonios escritos que certifican que en el siglo XIX el bar de la calle Veedor estaba abierto. Natalia y Cristina guardan noticias que documentan un robo en 1879, celebraciones en 1929, o la destacada visita del torero Juan Belmonte en 1930. También conservan un suceso ocurrido en la calle Plata, la otra calle de acceso al bar. Un hombre agrede a su amante. “Estaría bebiendo aquí”, comenta Natalia. Otra referencia más, en un libreto de carnaval de 1956, donde se anuncia ‘Bar Parra del Veedor’ como restaurante de vinos, licores, tapas y café, con un teléfono de cuatro dígitos como contacto. Hoy, el local es un compendio de recuerdos escritos en azulejos desparejos, cada uno de una época diferente.

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Su cocina es casera, con guisos tradicionales como la sangre en tomate y tapas como los huevos rellenos. | C.I.

Poco ha cambiado, o quizás nada, desde nunca, de la esencia de ‘La Antigua Parra del Veedor’. Las hermanas Bernárdez no tienen ninguna pretensión gastronómica más allá que ser unas excepcionales anfitrionas, y lo consiguen además con unas tapas caseras que son como el reposo del guerrero. Tortilla de patatas, salchichas al vino, ensaladilla, huevos rellenos, sangre en tomate, higaditos de pollo, atún encebollado, al coñac, richada (carne de cerdo con pimentón), lengua, la famosa carne mechada, los boquerones en vinagre… Son algunas de las recetas que preparan ellas mismas,  alabadas y rebañadas por sus clientes.

Ese magnetismo les ha hecho lugar de presentación de libros, exposiciones, objeto de deseo de fotógrafos. Nada que entre premeditadamente en los planes de sus propietarias, que aceptan la petición de ceder un espacio tan especial. La próxima cita será una cata de cerveza La Piñonera el día 30 de noviembre, sobre las 20:00 horas. Nuevos eventos y nuevos tiempos llegarán a La Antigua Parra del Veedor, quizás nuevas generaciones, pero hay algo inexplicable que seguirá ahí. Por ahora, este antiguo bar de barrio, garantiza un lugar en el que refugiarse, una tapa caliente y una sonrisa con cada cerveza.