Otero y los chiringuitos que dan tanto miedo en verano

Érase una vez uno de esos locales de clase media hostelera, de infantería culinaria, de trinchera playera, profesional, militar sin graduación, estética ni novedades, de los que nunca suelen exponerse a crítica experta en páginas gastronómicas en boga. Como este revuelto de frases no puede serlo por incapacidad y falta de voluntad de la autora, sirva la impertinencia de elegir un local ajeno a circuitos criticables. Se trata de un chiringuito. Grande, nada moderno, populoso y acelerado. Que aparece justo en el momento en el que hay que elegir uno, al borde de la temporada alta de verano.

Cuando te diriges a pedir mesa te asalta el temor, sudor frío, a que te atiendan de cualquier manera, pongan cualquier cosa hecha de cualquier modo tras esperar un siglo. Nos ha pasado a todos demasiadas veces en locales así. Obtener un básico nivel de satisfacción parece harto difícil cuando turistas y lugareños tienen el mismo anhelo a la vez: concluir la jornada de playa comiendo con los pies en la arena. El lleno crónico, las urgencias colectivas de trabajadores y usuarios son la excusa para cualquier fracaso. Pero tenemos hambre y no hay muchas opciones a la redonda (hoy no quiero volver a Las Rejas aunque siempre lo merece).

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Al grano. Bolonia, día excepcional de playa, familias famélicas, especialmente después del pateo por las ruinas de Baelo Claudia, el ascenso a la duna, el descubrimiento del secreto mar de árboles y el baño de agua helada, recién sacada de un folleto publicitario. Cual iluso foráneo pretendo (con compañía) mesa a pie de arena ahí, ahora, en hora punta. Elijo al azar entre las opciones en la zona. Será que los dioses romanos me son propicios y acierto: chiringuito-restaurante Otero.
La terraza, con medio centenar de mesas, está completa, pero en menos de diez minutos estamos sentados. Servicio rápido, amable, sin aspavientos y carta con productos de temporada, con especial y obvio protagonismo del pescado y con una cocina sin pretensiones, maternal y práctica, más cuidada de lo que mis temores esperaban. Pese al bullicio, en pocos minutos somos atendidos y los platos llegan con orden lógico a la mesa.

Recomendables del todo las croquetas de choco y los chipirones a la plancha. Todo acompañado con su correspondiente y decente (infrecuente) fritá de papas (sí, también los chipirones). Amplia variedad de pescados, tanto fritos como a la plancha y entrantes frescos, bastante verdaderos y caseros, acorde con lo que debe ser una comida en un chiringuito: ensaladas, gazpacho y tortilla de patatas, hecha en el momento, se agradece el tamaño individual, que no le perjudica como suele, muy aconsejable.

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Platos generosos, prácticamente raciones. Prueba de ello es un plato de pollo empanado, servido con sus patatas, para un niño, que terminamos compartiendo los adultos por jugoso y sabroso. Tan sencillo como bien hecho.
Volvimos a los dos días, la misma familia, el mismo llenazo, la misma experiencia.

Me entero luego que restaurante Otero lleva desde 1958 a los pies de la ensenada de Bolonia. Yo soy mujer de secano. La madre controla la gran sala playera con mirada de hierro. Son 60 años de vida del local y me explico la supervivencia: trabajan con sensatez y normalidad, con honestidad.

La segunda y tercera generación sacan ahora adelante el negocio. Su propietaria reconoce que pasaron años duros que están remontando. Lamenta tener a uno de sus hijos, economista, sirviendo mesas (con gran profesionalidad, sin más aires que Levante y Poniente, por cierto) pero “no están las cosas fáciles para los jóvenes”.

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La amplia terraza colinda desordenada con las ruinas de Baelo Claudia, en lo que fue la zona portuaria y fábrica de salazones de la ciudad romana. El chiringuito Otero tiene una vista privilegiada, eso sí, los días de menos bullicio. No cierra durante el año, salvo contadas semanas, por lo que se puede disfrutar mejor en días, en meses, de menor demanda (ya llegará septiembre, quiero decir). No es ninguna maravilla, es una casa de comidas normal, honrada, como una venta ubicada en la orilla, que sirve productos lógicos y correctos bien hechos pero eso, en mitad de una de las mejores playas del Imperio Romano, urbi et orbe, lo convierte en un disfrute mayúsculo. No le hacía falta más que hacerlo bien. Incluso bastaba con no hacerlo mal. Y cumplió. Si este es el nivel medio de la clase media en la hostelería media gaditana, parece que va por buen camino.

 

Restaurante Otero

Playa de Bolonia 4

11391 Bolonia, Tarifa

956 688 594