El Puerto inaugura Verbena, terraza especializada en cocina feliz

Por Pedro A. Cortés

Advertencia a modo de prólogo: este comentario es completamente subjetivo y parcial, cojea. Como todos los textos de este tipo, de forma voluntaria o inevitable. Éste, más. Lo es descarada y premeditadamente. Los propietarios son amigos. De contacto esporádico y recuerdo festivo. Para no ser reconocido al realizar las visitas, tuve que ponerme gafas postizas, de plástico, sin cristales, pegadas a una gran napia falsa sobre un bigote. Gorra. Grosero.

Así fue posible probar sin ser identificado y saludado. Por no adulterar más lo que ya modela el afecto. Así de peculiares fueron las dos visitas a Verbena, un nuevo bar (con tres semanas de vida). Es lugar para comer, terraza para gozar, que han abierto Nacho Moreno y Paloma Puya.

Son los padres, entre otras criaturas, de Goomer, de miles de viñetas en la prensa estatal –a medias con Ricardo–, de Daniela Malospelos o del célebre y exitoso Falsarius Chef. Escritores, guionistas, editores, artistas plásticos, disfrutones, entre renacentistas y burlones, afincados desde hace casi dos décadas en lo que fuera gueto pijo de El Puerto, Vistahermosa, hoy reconvertido en una zona más de la localidad.

Allí, junto a su casa real, han abierto un establecimiento que es una prolongación de su hogar y de ellos, de sus aficiones, temores, manías, pasiones y placeres. Este bar, en altura, resulta desde la entrada deliciosamente y afortunadamente personal. Desde la primera visita se descubre que cada detalle está pensado y mimado, ha sido querido, deseado y buscado.

Casi no hay dos mesas iguales ni sillas (sí las hay, es un decir), cada complemento decorativo parece contar algo, quizás responde a un capricho compartido que los dueños dan a los que llegan. Desde el nombre, que en la escalera de acceso queda explicado. Que nadie se llame a engaño.

Verbena rinde honor a la planta que los romanos entregaban al recibir a los visitantes en sus aldeas en señal de paz y alegría. A eso se refiere el nombre. Aunque la otra acepción, la festiva, también encaja porque tiene el sitio un aire feliz, floral, toscano, egeo y mediterráneo, andaluz sin tópico, de buhardilla impoluta y luminosa, sureño sin amaneramiento, ansiolítico y risueño. Contagia la euforia serena que aporta la sencillez elegante: bombillas de colores en la zona al aire libre, amplia sombra, blancura, vigas de madera.verbena-el-puerto

La comida y la bebida son sólo una pieza –necesaria pero insuficiente por separado– de una forma de ser y estar. De nada sirve si no va acompañada de conversación, evasión, respiración, contemplación, diversión. El humor es forma superior de inteligencia y bote salvavidas que usar a diario. Paloma y Nacho lo pregonan. Su labor editorial y artística siempre fue paliativa. Si abrían un local, tenía que ser cosa seria sin tomarse en serio. Bastante postureo, tensión y explotación hay ya en la obsesión actual por la cocina. No lleva nada gastro en el nombre y sirve platos para disfrutar o recordar, en distintos formatos.

Carta pequeña. Tapas cuidadas, como lo harían anfritiones, pintxos que rinden honor al origen vasco del dueño, tan difíciles de disfrutar por esta zona. También conservas (Falsarius Chef va camino del décimo best seller de recetas con sus trucos para aprovechar alimentos envasados, asequibles), salmorejos y opciones de cuchareo. Todo matriarcal y amistoso, directo. Pequeñas tortillas peculiares (berenjena), muy ricos los tacos con langostino y pisto. Excelentes las pavías de merluza y las albóndigas caseras con tomate artesano (ambas, declaración de intenciones de cocina eterna) o la brocheta de huevo (no hueva) de choco.

La carta de cervezas es curiosa y, la de vinos, apetecible, interesante. Para fomentar la sensación de posada hermosa, entre amigos, lo ponen por copas y por chatos.

Como en casa pero mejor.