Sangre de su sangre

Por J.L.

Que no suceda es lo más frecuente. La hostelería, el mundo de la tapa y la taberna, del café y el menú pertenece como ningún otro al sector servicios. Casi lo fundó. Y como el personal sanitario, de seguridad, el que está ligado a los transportes o los medios de comunicación trabaja en dirección contraria. Cuando la población con horario laboral común descansa o se divierte –en tardes, en noches, en festivos–, le toca trabajar tanto o más. Cuando la población con horario laboral común trabaja por las mañanas de días laborables, debe aprender a descansar y divertirse a contramano. Sin lamentos ni quejas, que desacreditan, es la realidad. Afortunadamente, una generación de nuevos autónomos, cocineros o de sala, ha cogido la sana costumbre de incorporar vacaciones a su vida aunque tampoco en los meses convencionales. Hasta hace unos años era algo inaudito, mal visto, en el gremio.

 

La recompensa económica al trabajo tampoco es muy allá. Por cuenta propia o por cuenta ajena, los de los bares (por generalizar un nombre) son la infantería de la población activa. Siempre lo fueron. Aunque algunos empresarios (pequeños, medianos) llegan a forrarse (si no de qué se abrirían tantísimos locales o reincidirían los que tienen un revés), a la mayoría les llega para sobrevivir, cuando no malvivir. Como en la mayoría de los oficios: vive bien la décima parte del censo. Con esta situación, es lógico que los hijos y nietos de tenderos y meseros, de cocineros, camareros, encargados y propietarios vean que sus proyectos mueren por falta de relevo generacional. Probablemente, muchos de los veteranos trabajaron para que su descendencia tuviera un futuro mejor, le inculcaron a sus menores que debían buscar un desempeño menos sacrificado en tiempo (es decir, vida) y en dinero (es decir, tiempo). Si los herederos les hicieron caso y se escaparon, tampoco cabe ahora llorar mucho por la leche derramada.

 

Viene este recuerdo por los anuncios de cierres o traspasos de locales históricos que se han conocido esta semana. Con un siglo de vida comercial, alguno. Con medio siglo, varios de ellos. El Malagueño, en El Pópulo. Los restos de lo que fue un (pétreo) imperio panadero local, alrededor de Riancho. Ya cayó su competidor de los años de Mazinger, La Gloria. Cambiaron o cambian de manos Bar Stop (por tercera vez en dos años), antes ya lo hizo El Laurel, dentro de poco Río Saja (con revisión humorística prometedora) y otros 200. Cuando acaba una etapa hostelera por ley natural (eufemismo por no mentar muerte o males) o por feliz jubilación cada vez es menos frecuente que la prolonguen hijos, nietos, sobrinos. Es natural, incluso conveniente. Puede que pruebe un progreso educativo, económico y social que debemos celebrar en vez de lamentar con melancolía.

 

Con todo, al volverse excepcional, cabe resaltar con un aplauso invisible, inaudible, los casos en los que sí hay transmisión interna, por vía parenteral, de la marca, el local, los modos, la excelencia y el prestigio. De la vocación o la obligación bien llevada. Hay que reconocer y festejar a los que logran que un proyecto personal se quede en las mismas manos familiares (aunque la familia es de lo más peligroso de este mundo) que lo cuidarán por vocación y obligación como nadie más podría conseguir ni entender. Se me vienen a la cabeza varios ejemplos que sostienen o incluso amplían el prestigio que les fue encomendado: Jose en ese prodigio monumental de La Manzanilla; Carlos Hidalgo a pocos metros, en Las Nieves; los Cueto, Arsenio y Raúl; los descendientes, naturales o políticos, de Pedro el de las empanadas catedralicias (familia de Las Nieves, por cierto) o el caso del fabuloso Bar Bohemia junto al hospital Puerta del Mar.

 

Son unos pocos ejemplos, cada vez más infrecuentes, de feliz entrega del testigo. Cada uno conocerá algún caso en su barrio, en su municipio. Que lo disfrute. Porque van quedando menos y, quizás, así deba ser.