Royalty: más que uno de los cafés más hermosos de España

De todas las plazas de Cádiz, hay una especialmente menuda y hermosa: la de Candelaria. Cobró vida tras ser rescatada por la ciudad de una clausura de más de tres siglos. A finales del siglo XIX empieza a formar parte de los paseos, de los espacios ganados a conventos y cuarteles.

Cadiz es agradable de pasear. Pocas calles se abren a los vientos. Permiten así una caminata placentera que en muchas ocasiones no lleva a ninguna parte. Levante y Poniente esperan educados, aunque se cuelen en ocasiones por alguna esquina despistada. Siete de esas calles llevan a una pequeña plaza repleta de tesoros. Pérgolas cuajadas de buganvillas conviven con la elegante arquitectura isabelina que la enmarca. Una placa forjada por la corporación municipal en 1932 acompaña al monumento a Castelar situado a pocos metros de su lugar de nacimiento.

Todo puedo verlo desde los inmensos ventanales del Café Royalty. Temo que al fin lo descubran. Egoístamente, me da miedo que el resto del mundo llegue a ver con mis ojos esa inaudita isla mágica. Aquí no tenemos un Goytisolo que nos salve de McDonalds o Burguer King como tuvo Xemáa-el-Fná en Marrakech. Aquí sólo tenemos el anonimato y el injusto tópico de sol, playa y gracejo que atrae a los turistas y que, lamentablemente, también mantiene alejados a los viajeros de verdad. Pero gracias a todo ello, en Candelaria tenemos el Royalty y no un Starbucks.

La fiel y esmerada labor de restauración del café original de 1912 invita a entrar, y los desayunos, comidas y meriendas confirman agradablemente lo que se intuye desde fuera. Menú o carta para comidas y cenas. Desayuno andaluz, americano y continental además del indispensable brunch (no se lo pierdan).

Extensa carta de tapas, ensaladas y sandwiches. Grande y exquisita oferta de pastelería para la merienda. Memorable tarta Sacher y singulares torrijas. Variada carta de vinos por tipología y procedencia. Posiblemente, el mejor tartar de atún rojo que he probado. Altamente recomendable el solomillo de retinto a la plancha con pastel de patata y milhoja de verduras. Los pescados de la Bahía y las carnes de La Janda dejan clara la apuesta por los productos de la provincia. Calidad y amor por la tierra a partes iguales. Todo servido con sumo gusto por el detalle. Manteles, vajillas, cubiertos y copas acompañan ala decoración y añaden armonía al conjunto. La atmósfera creada transporta y predispone a la conversación, al disfrute pausado de tanta belleza. Una gran suerte que las viandas estén a la altura. Un regalo.

Es cierto que adoro los grandes cafés europeos. Visitada obligada para mí en cada viaje. Los busco tras haberlos descubierto en los libros. La literatura, la bohemia y la música, trío inseparable de mi memoria. Voltaire y el Procope de París, ciudad de los mil y un cafés. La lista interminable de músicos, Wagner, Listz o Bizet, del romano café Greco. Byron y Modigliani en el Florian de Venecia. Nuestro mítico Café Gijón y el recientemente cerrado Café Central de Madrid que tanto disfruté en los 80. El maravilloso Majestic de Oporto…

Ahora, a escasos minutos de mi casa puedo transportarme en el tiempo gracias a su atmósfera. Manuel de Falla, entre otros, me acompaña. Aquí, en Cádiz.

Qué suerte tenemos.