El lujo está en el detalle, no en el precio

El lujo está en el detalle, no en el precio

Este crítico tiene que reconocer cierta debilidad con La Janda y concretamente con la zona de Zahora, Trafalgar y Caños de Meca. En parte se debe a evocaciones de juventud, subjetivas e intransferibles, pero también a ese encanto de lo salvaje, de lo espontáneo y no planificado que la caracteriza.

Los que tienen que soportar los problemas de infraestructuras, masificación estacional o ausencia de servicios se acordarán de este crítico y su sentido del ‘encanto’, pero el visitante ocasional pasa por encima de esas carencias para disfrutar de ese aire ‘jipioso’ que sigue manteniendo la zona, esa naturaleza que se empeña en decir aquí estoy yo en cada rincón o en cada duna y de esa ausencia de grandes hoteles o urbanizaciones que unos kilómetros más al oeste llenan la costa.

Ojo, que no se quiere caer en el mantra bobalicón de la maldad intrínseca de ese tipo de instalaciones hoteleras. Pero oye, encontrarte con un montón de chalecitos cada uno de su padre y de su madre, en un dédalo de callejuelas y carriles llenos de baches es volver por un momento a los setenta y disfrutar de la ‘organización espontánea’ urbanística, que no será una maravilla, pero desde luego es más agradable que el pelotazo organizado desde algún despacho.

Aún más agradable desde luego resulta esa visita si te paras a echar un rato en el Arohaz. El listón de la gastronomía de la zona está muy alto gracias al restaurante La Breña y su hermano menor no quiere ser menos en la competición. A pesar de partir de un concepto más enfocado al modelo gastrobar que al restaurante clásico, que para la zona y el clima parece muy adecuado, sus responsables no lo han hecho en detrimento de la calidad de la cocina o la competencia del servicio. Todo lo contrario, una y otro invitan a pasar un rato estupendo pidiendo y degustando las especialidades de la casa.

Recomendable ir con amigos para poder extender la comanda y probar de todo un poco: los taquitos de caballa, los canelones de carne de retinto, el tataki de atún, el sorbete de gazpacho, el arroz en todas sus formas (ojo al de plancton) o las presentaciones con pan de cristal son de obligada cata. El que lleve el coche que se fastidie y se quede sin regarlo con los caldos sugeridos en una carta corta pero suficiente. Los platos ofrecidos piden sobre todo blancos frescos para acompañarlos y en eso cumplen perfectamente.

Para los golosos, los postres son una tentación a la que abandonarse. Nada destacable respecto al local, con una decoración discreta y funcional que resulta más agradable que la pretenciosidad de otras casas. Resulta un poco difícil de encontrar –desviación a Zahora, junto al camping.

Ya que al conductor lo van a condenar al agua fresquita, que sea el copiloto el que vaya atento– y el emplazamiento no es ninguna maravilla, pero es que si encima estuviera en lo alto de algún acantilado o con vistas directas al mar se necesitaría un abono para ir todas las veces que se pueda. El servicio jovial, atento y bien informado viene a hacer la experiencia más completa si cabe.

¿El precio? Bueno, el precio es el adecuado. No se puede decir que sea barato, pero no se afronta el trámite con la sensación de que te están cobrando más de lo que te han dado. La calidad, la elaboración y el servicio hay que pagarlos y además, qué diablos, a veces hay que olvidarse de la calvinista austeridad y permitirse un mediterráneo exceso. Pero sin abusar, oiga, que igual después se ve en el corralito.