Dos jóvenes flamencas, ayer en la Portada, bajo el cielo gris
Dos jóvenes flamencas, ayer en la Portada, bajo el cielo gris - JUAN FLORES

FERIA DE ABRIL DE SEVILLA 2018Feria de Abril de Sevilla 2018: Los domingos son para los domingueros

El primer día oficial de la Feria fue frío y se llenó de foráneos. Los sevillanos sólo se animaron a última hora de la tarde, cuando el tiempo era más desapacible

SEVILLAActualizado:

Entre el frío gris de la tarde, las chaquetas con coderas y la total ausencia de caballistas, el domingo pasó sin dejar rastro. Pidiendo olvido. Vaya día feo. Un feriante de tronío reflexionaba en la puerta de su caseta de la calle Chicuelo: «Esto parece la Feria de mi pueblo». Dijo el nombre del pueblo, pero no lo vamos a poner porque el personal se la coge con papel de fumar. Imagine usted, que aquí no queremos problemas. Lo que está claro es que las vestimentas eran claramente forasteras. Y el ambiente estaba demasiado tontorrón, quizás por la resaca del Alumbrado, que al ser ahora en sábado se prolonga hasta que la luz artificial se puede cambiar por la natural. No terminaba de arrancar la cosa ni en la Calle del Infierno, donde padres y abuelos se suelen dejar en los primeros días media faltriquera para quitarse de encima cuanto antes el lío de los cacharritos.

El Canguro dio varios viajes con la mayoría de los asientos vacíos al mediodía. No había cola en el Ratón Vacilón —aleluya— y el tío del Látigo, más conservador que los demás, se negaba a darle al botón de arranque hasta que no estuvieran todas las ollas llenas. Pero luego tampoco se estiraba mucho en el número de vueltas. Porque aquí viene todo el mundo a trincar. Si te piden 80 euros cualquier domingo en un restaurante por una ración de jamón cortada hace tres horas, una de chocos, una tortilla, una de montaditos y dos botellas de manzanilla, solicitas la hoja de reclamaciones. Pero en la Feria te parece hasta barato. Por eso en estas fechas cambia el huso horario de Sevilla. Se retrasa el reloj dos horas. Mientras más tarde se llegue, menos herido sales. «Es que este cambio que ha hecho el Ayuntamiento de sábado a sábado es una barbaridad y nosotros los mediocres tenemos que cuidarnos». Oooooole. La sentencia es de un analista de primera categoría, que lo clava mientras llena su copa en el barandal de su caseta de Pascual Márquez. Son las tres de la tarde. El cielo está entoldado y las casetas también. Va todo muy despacio hasta que empiezan a llegar los primeros mediocres.

«Niño, tú ya te has montado en tus cacharritos y ahora los cacharritos me tocan a mí, así que me voy a tomar un cacharrito de rebujito», discute un padre con su chaval. Chispea. Un abuelo juega con su nieta, que está aprendiendo a dar sus primeros pasos, por el albero. No hay estorbo. El paseo de caballos coge forma lentamente. Los extractores de las cocinas están parados. La freidora se aburre. El primer fin de semana está siendo conservador, mitad porque el viento gélido corta el cuerpo, mitad porque no hay bolsillo para tanta guerra. Pero en esa soledad vespertina está la esencia de esta ratonera de la que, una vez que se entra, es imposible salir. Hay espacio en la barra y en la calle para cumplir con el ideal de un sevillano en el real, descrito con precisión por un camarero del cátering «El León», qué pedazo de nombre para comerse la Feria: «El feriante bueno es el que sale de aquí haciendo el Nodo». Ese ocho de nuestro escudo es el trazo exacto de la camballada hispalense. Ahí está la medida de la borrachera buena. Y ayer era el día perfecto porque no había figuroneo. Eso empieza hoy en las recepciones. Ayer estaba permitido volcar. Y darse caña. Atención al nivel de estopa que se dieron dos amigos en otra de Chicuelo.

—Compadre, ¿de dónde has sacado esa chaqueta blanca?

—Ésta es comprá, miarma, y además me abrocha, no como la tuya, que es de cuando tú eras chico.

—Eso es verdad, pero, ¿sabes lo que le he dicho a la chaqueta cuando la he visto en el ropero esta mañana? Le he dicho: te pongas como te pongas, tú hoy vienes a la Feria.

Eso es mandar por derecho. Ahí estaba la prenda, contra su voluntad, envolviendo la barriga del señor a duras penas. Pero con señorío. Sin quejarse. No como las cremalleras de algunos trajes de gitana, que aguantan el abuso como pueden hasta que acaban explotando. En muchos casos hay más carne ahí que en el matadero. Y ayer especialmente. Estaba feo el día y también lo estaba mucha gente. Es verdad que a última hora de la tarde se volvió a abarrotar todo.

Los padres que llevaron a sus niños a los cacharritos se tuvieron que tragar colas de media hora. Las calles se medio atascaron y ya no se podía hacer el Nodo. Los extractores empezaron a funcionar. Los camareros dejaron de aburrirse. Todo duró apenas un rato, un chispazo, pero al menos pasó. Por fin el aire de Sevilla, y la ropa, olió a fritanga. En cuanto empezaron a llegar los mediocres, se acabó la mediocridad. Eso es lo bueno que tiene esta ciudad: que está llena de gente vulgar extraordinaria. Y todo el mundo aquí sabe que los domingos son, de toda la vida de Dios, para los domingueros.