Familia - Vida sana

«Nos han educado en un concepto erróneo de la humildad que no nos deja hablar bien de nosotros mismos»

Patricia Ramírez explica las claves para cambiar aspectos que no nos gustan de nuestra vida

 «Nos han educado en un concepto erróneo de la humildad que no nos deja hablar bien de nosotros mismos»

Patricia Ramírez es licenciada en Psicología y conferenciante habitual en temas relacionados con la actitud, la fuerza de voluntad, la capacidad del cambio, la confianza, el optimismo... También le da tiempo a escribir. Su último libro: «Cuenta contigo, no busques fuera las soluciones que están en ti».

—¿Por qué nos cuesta tanto cambiar y cumplir objetivos?

—Los objetivos modifican las emociones y no estamos acostumbrados a ello o no nos gusta las sensaciones que nos produce. Cambiar algún aspecto de nuestra vida genera hacer cosas distintas y temor a la incertidumbre por si me equivoco. Por ello hay gente que cuando tiene ansiedad come, en vez de escuchar la emoción y buscar soluciones, porque la emoción no te está diciendo «vete a la nevera y come», te dice: «toma medidas para solucionar tu estado de ansiedad». Pero, claro, eso supone un sobreesfuerzo. Lo cómodo y rápido es apagar la ansiedad en la nevera.

—¿Qué pesa más a la hora de querer cambiar: el miedo al fracaso o la vaguería y comodidad?

—Hay un poco de todo. Hay gente a la que no le gusta esforzarse, le da pereza y no sabe cómo lidiar con sus pensamientos para tirar para adelante. Prefieren quedarse en su zona de confort que es más cómoda porque todo es predecible, seguro. Y no avanzan.

—¿La cosa empeora con la edad?

—Al revés. La gente con experiencia se siente más segura. Con 45 años ya se ha pasado por varios fracasos sentimentales, laborales... y la vida nos va dotando de una serie de herramientas en la memoria que nos permite tener más sentido común, intuición, lo que nos dota de seguridad. Con la experiencia uno puede ser más atrevido y minimizar las consecuencias negativas, pero también tiene mayor capacidad de inventar cosas que en la juventud no se le hubieran ocurrido.

—¿Por qué se le da más importancia a los fracasos que a los aciertos?

—Es cultural. Nos han educado en un concepto equivocado de la humildad por el que no podemos hablar bien de nosotros mismos porque parece que es arrogante. Es una equivocación. Hay que saber proyectar una imagen positiva de uno mismo sin que resulte arrogante. El concepto de humildad deberíamos reformularlo. Nos han inculcado mucho el tener que analizar nuestros fracasos. Cuando de pequeños cometíamos una falta de ortográfia había que copiarla 20 veces, pero no te hacían la ola si el dictado lo hacías todo bien. No tendemos a celebrar los éxitos o analizarlos, pasan más de puntillas. Hay que saber venderse pero sin humo, en función de una imagen real de sí mismo.

—El deporte, la dieta, dejar de fumar... son propósitos habituales. ¿Qué hace falta para tener ánimo y empezar a cambiar de hábitos?

—Tener un objetivo que tenga sentido para una persona. Si yo intento convencer a alguien de lo maravilloso que es ir a correr, pero a esa persona no le gusta, puedo darle todos los argumentos científicos, médicos... que no le voy a convencer. La gente debe encontrar sentido a las cosas que hace porque cuanta más motivación, menos pereza. A veces el motivo no es a corto plazo. Tenemos que tener claro el sentido que nos guía, la motivación del sentido y elaborar un plan. A veces, con la excusa de que tenemos una vida muy estresada, la gente no se planifica. Cuanto más se planifica el objetivo, menos incertidumbre. En definitiva hacen falta: ilusión, un plan y también aprender a gestionar el error.

—¿Y eso cómo se hace?

—Gestionar el error es tan fácil como aceptarlo. Sin excusas. Cuando uno se equivoca hay que parar y preguntarse cómo puedo hacerlo mejor. La parte que hacemos mal es castigarnos. Si nos fustigamos mucho, nos machacamos y nos sentimos mal, la próxima vez que lo intentemos recordaremos esa experiencia y nos sentiremos fatal. Optaremos por pensar «para sentirme mal, mejor ni lo intento...». Con los errores debemos ser más compasivos. Aceptar que me equivoqué, arreglar lo que he hecho mal y sacar lecturas positivas. No martirizarnos.

—¿Somos demasiado autocríticos con nosotros mismos?

—Sí. Somos rumiantes y machacantes con nosotros mismos, lo que no somos con un amigo. A los amigos les decimos «no te preocupes», les damos animos...

—¿Y por qué a los amigos sí y a nosotros mismos no? ¿Cuestión de falsedad?

—Porque no queremos humillar a las personas. No le decimos «fatal», porque le hundimos. Le hacemos que se sienta seguro y que avance. Sin embargo, no lo hacemos con nosotros mismos. Está demostrado que si nos tratamos mal después de un error es complicado que emprendamos de nuevo porque el cerebro está bloqueado. Hay que aprender a aceptar los errores, pero eso es algo que deberíamos aprender culturalmente desde pequeños.

—¿Hay personas que no se atreven a confesarlo pero viven una vida que no les gusta. ¿Cómo pueden cambiar?

—No se puede cambiar todo de golpe si no le gusta su trabajo, si le va mal con la pareja... Lo común es que la genta tenga un pilar al que agarrarse y otras cosas no le funcionen. La idea es que la gente pueda pararse a reflexionar y elegir el tipo de vida que le haría más feliz. Si no tiene pareja, pues que piense en tenerla apuntándose a un gimnasio, a un grupo de baile, buscando por internet... Lo que no puedo es desear tenerla sin elaborar un plan.

—¿Le damos demasiadas vueltas a las cosas?

—Absolutamente. Le damos mil vueltas a lo mismo, sin avanzar en el problema. Esa no es la solución, es parte del problema porque estás en un bucle del que no se sale. Hay que asumir riesgos. Es mejor decir tengo unas consecuencias y un riesgo, pero lo voy a asumir. El «y si...», nos lleva a preocuaparnos por aspectos de la vida que puede que no ocurran. Hay que pensar menos a veces. De hecho hay personas que toman decisiones sin persar.

En Psicología hay un concepto que es la parálisis por análisis. Es decir, analizas tanto una situación que te impide actuar porque analizar de forma muy minuciosa una situación puede favorecer muchas cosas negativas y la mayoría se hunde. Igual que hay un miedo anticipatorio, hay un placer anticipatorio y si anticipáramos más lo positivo, seguramente nuestro cerebro también estaría más preparado para encontrarlo. Si piensas me voy a caer, me voy a caer, seguro que pisas la piedra del camino. Y también lo contrario. El que busca las cosas positivas, el que entra en un grupo y se fija en el que le sonríe y no el que le pone mala cara, el que lee un artículo y le gusta el contenido y no tira todo por tierra por una falta de ortografía... Se fija en lo que funciona bien, y así aumenta la seguridad y confianza.

—¿Qué ocurre cuando lo que se quiere cambiar es la forma de ser porque uno se seinte pesimista, antipático?

-Habría que hacer una lista con los rasgos y analizar cuáles son innatos y cuáles aprendidos. Muchas personas dicen «es que yo soy así», pero no es cierto. Con un entrenamiento adecuado se puede cambiar. La gente debe apuntarse en una lista si quiere ser más amable, más pausada... y con todo eso empezar a cambiar. Lo importante es plantearse un modelo de conducta de quién es, por ejemplo, más pausado a mi alrededor. Hay que buscar a alguien a quien imitar para copiar sus comportamientos. Podemos imitar la paciencia, la sonrisa, la pausa...

—¿Cuánto tiempo puede llevar eso?

—Este entrenamiento tiene que durar hasta que se haya convertido en un hábito. Hay quien dice que hacen falta 21 días, pero 66 días es casi más acertado. Si te planteas un cambio y empiezas con el plan, ya estás ganando porque hoy ya tienes más de lo que tenías ayer. Y cuanto más se entrene y más se generalice, mejor. Hay veces que la gente dice «es que no tengo fuerza de voluntad». No es cierto, es que hay gente que se olvida de que tiene que hacer hábitos nuevos porque me sale lo que es natural, hacer lo de siempre. Pero si me pongo un post-it en el ordenador, en el coche o en la nevera, no se me olvidará.

—¿Por qué cuesta tanto cambiar?

—Hay gente muy aventurera y otros que no. Ese espíritu aventurero lo vamos perdiendo porque los padres dicen al niño: «deja ya te lavo yo la cabeza que acabo antes», «te pongo las zapatillas que es difícil»... Vamos abortando iniciativas de querer explorar porque priman las prisas. Cuando queremos que empiecen a actuar por ellos mismos, ya les hemos cortado las alas.

—¿Qué se debe hacer para no cometer ese error?

—Dejar que se equivoquen, que aprendan a estudiar solos, educar en la autonomía. A cualquier edad, con dos años se le puede enseñar a recoger la mesa, la habitación... Hay que dar responsabilidades según la edad, su madurez y destreza. Hay que educar en la autonomía, pero también desde el punto de vista cognitivo. Hay que dejar que piensen y lleguen a las conclusiones.

—¿Las soluciones siempre están en uno mismo? ¿Hay gente que espera a que el entorno cambie?

—Es una excusa y es cómodo. Hay que contar con uno mismo, sin dejar de contar con los demás, pero fijándose en las propias emociones, aprendiendo a pensar de forma últil para encaminarnos hacia el éxito, en cómo gestionar mis emociones para sentirme bien, en analizar mis fortalezas para tener herramientas que me permitan crear un nuevo proyecto, buscar el sentido a lo que hago...

—¿Para gestionar las emociones hace falta la ayuda de un experto?

—No siempre, las emociones siempre están hablando. Lo que hay que hacer es parar y pensar qué nos frusta. Hay que poner nombre a las emociones y, después, pensar la razón y buscar soluciones.

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