Si te sobra ropa en buen estado... Hay muchas madres que la necesitan

Voluntarias de la Fundación Madrina recogen ropa usada y la clasifican para, finalmente, repartirla entre este colectivo

MADRIDActualizado:

Hasta la puerta de la sede de Fundación Madrina en Madrid llegan a diario muchas madres desperadas. Desde mujeres sin pareja y sin trabajo con niños pequeños a su cargo, hasta adolescentes embarazadas que son abandonadas por sus novios en la misma puerta. Algunas ni siquiera tienen para dar de comer o vestir a sus bebés. «Las que llegan a nuestros hogares son las más pobres entre las pobres», resume Conrado Giménez, presidente de esta entidad.

Allí les ofrecen además de canastillas completas compuestas por leche y pañales y algo de vestimenta, un hecho que es posible gracias a la ayuda desprendida de voluntarias como Isabel Picazo, antigua directora de un colegio madrileño, y hoy responsable del ropero de la Fundación Madrina, ubicado en la residencia que tienen en Vallecas. «Aquí la clasificamos, la cosemos, remendamos... lo que haga falta, para que esté perfecta», apunta esta mujer.

Hoy la ropa que reparten viene de una iniciativa encabezada por Nuria Perarnau, fundadora de la Cadena de Favores de Fuencarral, nacida tras pasar ella misma por una situación parecida. Perarnau y su marido se quedaron en el paro al mismo tiempo y durante seis años fueron muchas las veces, relata esta mujer, que sus hijas iban vestidas de chico «porque no teníamos para comprarles ropa».

Ahora ella ha querido devolver esa ayuda que en su día le prestaron mediante esta acción solidaria. «Hoy por ti, mañana por mi», apunta esta mujer, cuyo espíritu se refleja también en el interior de su coche, lleno hasta arriba de ropa y tapones solidarios. «La ropa llega a un cauce estupendo», concluye Picazo, quien relata como el reparto en la Fundación se parece más a una tienda de moda. «Les preguntamos qué les gustaría tener. No se llevan la ropa que les dan, sino la que se quieren llevar».

Marlene, de 28 años, está muy agradecida por los recursos que ha recibido de la Fundación Madrina
Marlene, de 28 años, está muy agradecida por los recursos que ha recibido de la Fundación Madrina

Entre las chicas que han acudido en esta ocasión a la entrega de ropa a Fundación Madrina está Marlene, de 28 años. «Cuando me quedé embarazada, en noviembre de 2016, mi madre me dió el dinero para abortar. Ya lo había hecho anteriormente». revela. Así, esta joven empezó a buscar recursos en internet hasta que dió con Fundación Madrina. Llamó, y quedó con ellos a las 8:30 de la mañana.Una hora más tarde Marlene tenía cita en una clínica madrileña para abortar. Y en ese lapso de tiempo, cambió todo. «Me insistieron, y me convencieron. Se presentó Conrado con su furgoneta a recogerme y me trajeron aquí, a la sede de Limonero», rememora, con su bebé en brazos. «En tan solo quince días me buscaron alojamiento en uno de sus pisos. Me dieron cosas tan simples como gel, champú... a las que no tenía acceso. Me salvaron», concluye esta joven. «Hoy por hoy, mi hijo lo es todo, y me da fuerzas para seguir».

«No solo eso —relata—. Me han apoyado tanto que he acabado 4º de la ESO., y quiero seguir estudiando. Si hay mujeres que lo consiguen, ¿por qué no lo voy a hacer yo? Me han convencido de que puedo hacer lo que quiera. Así que si hay posibilidad, me gustaría estudiar Psicología y poder devolver de alguna forma lo que me han ayudado a mi», se pregunta en voz alta Marlene. «Estoy contentísima la verdad. No me gustaba estudiar, y he visto que no es tan difícil».

Antes de recurrir a Fundación Madrina Altagracia, de 33 años, vivía en una casa que no contaba con ningún servicio
Antes de recurrir a Fundación Madrina Altagracia, de 33 años, vivía en una casa que no contaba con ningún servicio

Otra de las jóvenes que ha recurrido hoy a la donación de ropa de Fundación Madrina es Altagracia, de República Dominicana. Sin luz, ni agua, gas... En la casa donde vivía esta mujer de 33 años no contaban con ningún servicio. A sus treinta y tres años, procedente de la República Dominicana, su vida pasaba por un momento extremadamente difícil. A eso se le unió que un buen día, a los dos meses de nacer mi hijo, el padre de la criatura «se marchó de casa», recuerda. En ese momento de extremada soledad ella pidió ayuda desesperadamente, y gracias a un intermediario acabó llegando a uno de los hogares de Fundación Madrina. Allí lleva tan solo tres meses, un tiempo suficiente, reconoce, como para «haberle cambiado radicalmente la vida», asegura con una amplia sonrisa mientras Mathew, que así se llama su bebé, gatea contento y feliz por la mesa. «Mi hijo es lo más importante», determina, mientras observa con cuidado las bolsas de ropa que le acaban de entregar en la sede de esta entidad.

Es evidente que ese cambio radical de circunstancias le han devuelto la alegría a Altagracia, que ha comenzado a estudiar un curso de geriatría. «Gracias a esta institución, puedo decir que estoy tranquila, porque sé que mi niño tiene algo tan elemental como un techo donde poder dormir. Ha sido una ayuda muy grande». En un futuro no muy lejano espera encontrar trabajo de lo suyo, y poder ganar lo suficiente como para alquilarse un piso para ella y la pequeña familia que ha formado. «Me gusta ser independiente, y estoy firmemente decidida a darle a mi hijo la estabilidad que se merece», concluye.

Zaida, otra de las beneficiadas de este programa de donación de ropa, posa entre ordenadores
Zaida, otra de las beneficiadas de este programa de donación de ropa, posa entre ordenadores

Su caso es parecido al de Zaida, de 36 años. Quedarse embarazada, sin pareja y sin empleo fue todo uno para ella, justo en el momento en que estaba embarazada de ocho meses. «Llegué a la Fundación porque estaba en una situación terrible, en la calle prácticamente. No tenía recursos, ni tampoco familia en España. Intenté localizar al padre de mi bebé por las redes sociales (Facebook, WhatsApp...) pero él no contestaba en ninguna. Parece ser que se volvió a República Dominicana», relata esta nicaraguense, que reconoce haberse encontrado «en un momento crítico, llorando a todas horas». Pero ella quería tener a su bebé. Y tras un periplo por Cáritas y la asistencia social llegó a Fundación Madrina, donde la acogieron con los brazos abiertos en uno de sus pisos. Ahora, a sus 36 años, y tras trabajar como empleada del hogar en nuestro país durante diez, ha decidido formarse en geriatría. «Estoy muy bien emocionalmente, he cambiado mucho, me siento con energía y la tranquilidad de saber que gracias a la ayuda prestada voy a salir adelante». A su hijo le bautizará como Ian, «porque significa que Dios es misericordioso. Me está dando una oportunidad como madre».