Familia

«¿Por qué las personas que más queremos (los hijos) nos motivan sentimientos tan agresivos?

La psicóloga BibIana Infante asegura que si habláramos a los adultos como lo hacemos muchas veces con nuestros hijos, nos quedaríamos sin amigos

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María ha tenido hoy una larga y difícil jornada de trabajo. Después de soportar un gran atasco ha logrado encontrar un sitio para aparcar y hacer la compra. Son las siete y veinte de la tarde y se dirige a casa donde hace verdaderos equilibrios para atinar con la llave en la cerradura de la puerta y que no se le caigan todas las bolsas del supermercado. Lo consiguió. Al entrar, su hijo Alfonso, de 12 años, está tirado en el sofá jugando con la tablet. Su mochila, a su lado, en el suelo, y sin abrir.

Su madre con un tono amable le dice que le concede cinco minutos para que vaya acabando su juego y se ponga a hacer sus deberes del cole. «Vale mami», le contesta.

Ella coloca la compra mientras pone una sartén para hacer la cena a toda prisa porque también tiene que ponerse a planchar. Ya han pasado 20 minutos y su hijo sigue con los ojos pegados en la pantalla de la tablet. «Venga hijo, ahora sí, ya tienes que ponerte con los deberes que ya ha pasado el tiempo». «Mamá, mamá, por favor, un momentín. Se está acabando la partida, de verdad». «Dos minutos», advierte ella con voz firme.

«¡TE HE DICHO QUE SE ACABÓ EL TIEMPO YA Y QUE TE PONGAS A HACER LOS DEBERES!», dicen en un grito huracanado.

A los cinco minutos la paciencia de María ha llegado a su límite. «¡TE HE DICHO QUE SE ACABÓ EL TIEMPO YA Y QUE TE PONGAS A HACER LOS DEBERES!», dicen en un grito huracanado. «Te has quedado sin tablet hoy, mañana y el fin de semana!», añade enfurecida.

Mientras, vuelve a la cocina piensa: «Madre mía, ¡me he pasado! Soy lo peor. No tenía que haberle gritado tanto. No me extraña que no tenga ganas de hacer deberes si el pobre lleva todo el día en el colegio y está cansado».

Al rato se acerca en modo conciliador. «Cariño, en un ratito te pongo la cena que te estoy preparando algo que te gusta mucho, ¿vale?». Mientras sale de la habitación maría se siente algo más aliviada

Situaciones similares se repiten cada día en los hogares españoles por este u otros asuntos. Los padres se encuentran entre la disyuntiva de querer ser firmes para educar a sus hijos en la responsabilidad y, al tiempo, ceden porque se sienten culpables y quieren acercarse a sus pequeños. En este baile permanente de tiras y aflojas, los hijos aprenden en sus padres un modelo de educación.

Convivir con adolescentes y no morir en el intento

Bibiana Infante, psicóloga y especialista en disciplina positiva, explicó durante unas jornadas celebradas en el Colegio Joyfe, que convivir con hijos adolescentes y no morir en el intento es posible. «Lo que hace falta es saber conectar con ellos para que se sientan que pertenecen a un grupo, en este caso el núcleo familiar, que se les entiende y son tenidos en cuenta. Si es así su actitud cambia radicalmente».

Esta experta apuntó que la disciplina positiva ofrece las herramientas para consiguir ser amable con los hijos al tiempo que se es firme con ellos y se logra que respeten los límites. La clave para ello está en conectar con los jóvenes antes de corregir. No es sencillo, pero es real», advirtió.

Añadió que cuando los niños son pequeños y aprenden a andar, al tropezarse los padres van corriendo a levantarle y le consuelan animándole a que siga intentándolo y le ayudan para lograr que caminen solos. Además, le quitan del camino los objetos peligrosos, ponen protectores en los picos de las mesas... «Sin embargo, cuando llegan a la adolescencia y se encuentran perdidos bajo los efectos de las hormonas, los padres no suelen ayudarles en este proceso, no son igual de alentadores ni les ayudan como ellos necesitan. Se les grita y se les dice que deben hacer las cosas porque sí».

Parte del proceso vital que atraviesan

El problema, según Bibiana Infante, es que, además, a los padres les da pánico la adolescencia porque ellos han pasado por ella y saben lo que es. «Pero que un hijo sea rebelde, dé malas contestaciones, no quiera hablar y se encierre en su habitación, no es una situación que vaya a durar toda la vida, ni serán así de adultos. Es parte del proceso vital que están viviendo. Les ocurre lo mismo a los adolescentes de Madrid, Andalucía, Londres o China. Es un proceso vital que hay que pasar. Ningún padre es ahora como era de adolescente. No deben olvidarlo».

Lo habitual cuando un adolescente se porta mal es que se le grite, se le chantajee, se le quiten privilegios, se le castige... ¿Eso funciona? «A corto plazo sí —asegura Infante—, por eso los padres lo hacemos continuamente. Pero, ¿es educativo? A largo plazo no. No les aporta nada más que funcionar bajo la amenaza y el miedo, pero no les aporta habilidades como empatía, optimismo, buen humor...».

Conectar de forma amable

Esta experta insiste en que ante una situación conflictiva, lo primero que hay que hacer es intentar conectar de forma amable con los hijos y, bajo el respeto, ponerle los límites y ser firme. «Insiste en que si habláramos a los adultos, a nuestros amigos, como hablamos muchas veces a los hijos, nos quedaríamos sin amigos. Es necesario hablarles también con respeto porque si no, qué ejemplo les estamos dando si los padres somos un modelo de educación», se cuestiona.

Asegura que los hijos necesitan a alguien a su lado que les guie, «no un piloto que les haga todo, como ocurre en el caso de los padres protectores, sino un copiloto. Necesitan a alguien para que sea capaz de generar esa conexión y que se sientan importantes para sentirse queridos y parte de la familia. Para ello hay que escucharles, reflexionar, transmitirles confianza, interesarse por lo que piensan, sienten... La cuestión es: ¿por qué las personas que más queremos (nuestros hijos) nos motivan sentimientos tan agresivos? Si en un momento dado se le grita y se le manda a su habitación castigado no hay que dejar de preguntarse: ¿por qué hay que hacerles primero sentir mal para que haga las cosas bien?