Gloria Rodríguez

Pascua Ortega, un economista en la corte de los decoradores

El veterano interiorista, y antaño financiero, ha sido distinguido con la Medalla de Oro de las Bellas Artes

MADRIDActualizado:

Pascua Ortega entró en el mundo de la decoración por una puerta lateral. No sabía exactamente por qué, pero su trabajo en Nueva York como economista, en el mundo de las grandes finanzas y los fondos de inversión, no le terminaban de apasionar. Se dio cuenta de ello durante un importante almuerzo en el icónico y ya desaparecido restaurante Four Seassons de Nueva York, cuando descubrió que llevaba horas abstraído, contemplando la decoración de Mies van der Rohe y de Philip Johnson, sin prestar la mas mínima atención a las palabras de sus excelsos compañeros de mesa. Fue ese el momento en el que decidió que su mundo discurriría por otros caminos. Era el año 1977.

Con un gusto innato y habiendo visto mucho y muy bueno en su familia, desde EE.UU. se dedicó desde a aprender, a palpar y a absorber lo que se estaba cociendo. Conoció a los grandes interioristas americanos y cuando regresó a España, se instaló en el madrileño barrio de Chueca, primero, y mas tarde en la calle Alfonso XIII. Sus casas comenzaron a ser famosas entre la juventud del momento, porque traía esa pequeña parcela del mundo neoyorkino a este Madrid que todavía nadaba entre lazos, chintz y mueble ingles. Su cartera de clientes pronto rompió a lo grande y se hizo digna de ser clonada por los los sabuesos de la banca privada, sus antiguos colegas.

Madrid era entonces el Imperio en el que reinaban Duarte PintoCoelho, Jaime Parlade con Mario Connio, Pin Morales, RománArango o Paco Muñoz. Con él se iniciaba una nueva generación educada en las escuelas del interiorismo y el diseño. La decoración empezaba a estar de moda y Pascua Ortega traía ideas revolucionarias, materiales nuevos y espacios distintos. «Era la época setentera previa a la movida y mucho más elitista. Abrimos con unos amigos el restaurante Bogui que se convirtió en un templo», recuerda el Interiorista.

Ahora, 900 proyectos después, reside en un palacete del Barrio de las Letras con su estudio en la planta baja, frecuentado por clientes, amigos, estudiantes o colaboradores. Su obra se puede contabilizar en proyectos privados y públicos entre los que se cuentan varias embajadas de España en el mundo, las plantas de alta dirección del Ministerio del Interior, las de Presidencia del Grupo March y de Telefónica, Paradores Nacionales, restaurantes, hoteles, viviendas y oficinas. Fue el escenógrafo en Madrid de la boda de los Reyes Don Felipe y Doña Letizia. Pero además ha sido multipremiado, además de instaurar su propio galardón en el año 2000. Ahora ha sido distinguido con la Medalla de Oro al mérito de las Bellas Artes, que concede el Ministerio de Cultura como reconocimiento, por primera vez, a un interiorista.

«Puedo presumir -cuenta- de haber sabido hacerme flexible y utilizar todos los estilos, según las necesidades y las demandas del espacio y de la obra. No es lo mismo un hotel tecnológico, que una casa de campo del XVII, hay que adaptarse, sobre todo, a un concepto contemporáneo, algo que a mí me obsesiona».

Su máxima, confiesa, es observar y aprender. «Pero siempre me gusta nombrar a Velázquez como maestro, pues antes que pintor de cámara fue aposentador real y se nota en cada uno de sus cuadros: fíjate en ‘‘Las meninas’’, ves el espacio, la iluminación». ¿Y su mayor consejo? «Sobre todo, la naturalidad y huir del oropel y la ostentación».