La Reina Victoria Eugenia descendiendo del avión en Madrid
La Reina Victoria Eugenia descendiendo del avión en Madrid - Archivo ABC

Niza-Madrid, el histórico vuelo de la Reina Victoria Eugenia

Tras cuatro décadas de exilio, regresó a España en febrero de 1968 para asistir al bautizo de su bisnieto, el Infante Felipe. Así fue su viaje, contado por su biógrafo

MadridActualizado:

Era impensable que la Reina Victoria Eugenia (1887-1969) regresara a España después de cuatro décadas de exilio. El nacimiento de su bisnieto, Felipe de Borbón y Grecia, decidió su viaje emocionado para amadrinar al varón sucesor de la dinastía. En aquellos momentos la Reina Victoria Eugenia se encontraba pasando unos días en la villa del Príncipe Pierre, en Montecarlo. Aunque el telegrama de agencia daba la fecha inmediata del bautizo no tuve problema para hacer el viaje Niza-Madrid en el mismo vuelo regular de Air France en que vendría la Reina a España.

A la mañana siguiente, un Rolls escoltado por motoristas accedía al aeropuerto de Niza por el ángulo reservado a las personalidades oficiales y jefes de Estado. La Princesa Gracia de Mónaco acompañaba a la Reina Victoria Eugenia. Tras unos momentos de descanso en el Salón de Autoridades, la Reina se dirigió con su séquito al avión. Al borde de la escalerilla le fue ofrecido un ramo de flores con el que posó para la Prensa y la televisión francesa.

Bautizo de su bisnieto, el infante Felipe
Bautizo de su bisnieto, el infante Felipe-ABC

En el departamento próximo a la cabina de los pilotos viajábamos, además de la Reina, el duque de Alba, jefe de su Casa; doña Pepita Santos Suárez, dama de servicio y yo mismo como biógrafo y enviado del diario «Pueblo». En clase turística iban las doncellas de la Reina, Pilar Ruiz, natural de Vitoria, y Petra Cuadrado, madrileña. Las dos acudieron para acomodar a la Reina y hacerse cargo de su abrigo de visón. Vestía la Reina un tailleur color avellana y se cubría con una manta de viaje.

-¡Oh, cuánto, cuánto nos vemos: en Lausana, en Gstaad, en Roma…! ¡Y, ahora, en este viaje para mí histórico! -me dijo- ¡Por cierto, que hace muy poco tiempo un taxista de Ginebra me llevó para que lo firmara un ejemplar de tu libro!

El duque de Alba me indicó que pasara por delante para hablar con la Reina y no tuviera que volver la cabeza. Me puse a sus pies, en cuclillas, de espalda a la cabina de los pilotos. Al advertir que observaba sus manos enjoyadas me dijo que algo de lo que llevaba eran regalos de familia.

-Del Rey no llevo nada porque solía regalarme brillantes, que no son propios para viaje. Esta cruz de la pulsera es regalo de la Reina Federica de Grecia. Casualmente estas perlas del collar son un regalo de la Infanta Isabel, que me quería tanto. Todos los años, el 25 de mayo, que es el aniversario de mi llegada a España, me enviaba flores y un regalito.

La Reina miraba insistentemente por la ventanilla del avión.

-¿Volaremos ya sobre España? -me preguntó.

-Aún es Francia, Señora -respondió el duque de Alba.

Sus ojos, que habían presenciado el paso de 80 años y los acontecimientos más sobresalientes de la Historia, conservaban el límpido color de las aguamarinas, así pintados por Sorolla, Laszlo, Macarrón y otros grandes artistas.

-¿Cómo se imagina Vuestra Majestad el Madrid de 1968?-pregunté.

-Muy difícilmente me lo puedo imaginar. En 37 años que falto de España, estará desconocido para mí. He visto alguna fotografía y algo en el cine… Ya te dije en otra ocasión que cuando llegué a Madrid para casarme, no había más que un solo hotel, que era el Hotel de París. Por cierto, ¡cómo estará de cambiada la Puerta del Sol…! Entonces se congregaba la gente allí para hablar, había muchos tranvías.

La visita más deseada

La Reina comentó su gran deseo de visitar la Cruz Roja, cuya fundación le dio mucho que hacer.

-Claro, yo tenía que estudiar qué sistema de todos los practicados por la Cruz Roja en el mundo sería más a propósito para España. El sistema alemán era el mejor. El gran trabajo consistió en adaptarlo a las exigencias de España en aquel momento. Para organizar la Escuela de Enfermeras estuve en contacto con el Hospital Modèl, de París. Porque la idea era que los hombres no tratarían con respeto a la mujer que no llevara la toca de monja y las monjas no podían cuidarles porque no disponían más que de enfermeros. Yo decidí que hubiera una monja en cada sala y todas las demás pasaran un examen. Entonces formé la Escuela de Enfermeras. La duquesa de la Victoria fue la vicepresidenta. Y cómo tenía una salud de hierro, iba a Marruecos y preparaba los hospitales allí cuando la guerra de África. En la misma avenida en que estaba el edificio de la Cruz Roja se encontraba la Clínica de Luque. Allí ha nacido mi bisnieto. Es fuerte como mi hijo y como su padre. La dinastía continúa.

El comandante del avión ha abandonado la cabina:

-Tengo el honor de comunicar a Vuestra Majestad que en estos momentos sobrevolamos los Pirineos…

El jefe de relaciones públicas de Air France, acompañado de dos azafatas, ofrece una copa de champán con un ¡viva España! Brindamos. Es un momento muy emocionante. Cuando momentos después el comandante anunció por megafonía al pasaje que volábamos sobre Torrejón de Ardoz, evitamos recordarle que en una venta de este lugar había sido capturado Mateo Morral, el anarquista que arrojó la bomba sobre la carroza real el día de su boda.

La Reina, preocupada por la meteorología, al ser informada de que llovía en Madrid, exclamó: «¡Qué lástima! Lo siento, porque habrá muy poca gente en el aeropuerto».

Desde lo alto de la escalerilla del avión pudimos divisar a una muchedumbre enfervorecida, portando banderitas que resultaron ser la portada de ABC en que se reproducía el retrato magnífico de la Reina, pintado por Ricardo Macarrón. Los grises formaban una cadeneta de contención del público dejando libre un largo pasillo por el que avanzaba con solemnidad de Familia Real. En el encuentro de Don Juan con su Augusta Madre, está le hizo la reverencia, abrazándole después.

Cuando a medianoche entré en el despacho del director de «Pueblo», Emilio Romero, este me aguardaba con su aspecto de ave depredadora. Leyó con avidez la crónica y me dijo abruptamente.

-Bien, muy bien. Pero para esto no era preciso que fueras a Niza… Yo esperaba otra cosa de tu viaje con la ex Reina.

-Director, perdóname pero creo que cometes un gran error: una Reina o un Rey no tienen fecha de caducidad en su tratamiento, con el cual permanecerán en la Historia.

Discutimos. Más aún cuando me dijo lo que echaba en falta en mi crónica.-Echo en falta ese morbo que animan los textos de los buenos cronistas…

-Pero es que en esta ocasión la crónica no trata de un viaje con Sara Montiel.

Y me fui dado un portazo.