Los Macri, el pasado 7 de julio en Hamburgo
Los Macri, el pasado 7 de julio en Hamburgo - EFE

Juliana Awada acentúa su perfil maternal de cara a la batalla política en Argentina

La primera dama deja de lado su imagen ejecutiva e independiente para ayudar al presidente Macri en las urnas

MadridActualizado:

«Ojo, que hoy está Juliana y esta noche no quiero dormir en el pasillo». Con estas palabras, que bien podrían haber sido pronunciadas durante una reunión de amigos, se refirió el presidente argentino Mauricio Macri (58 años) a su mujer, Juliana Awada (43), durante el acto de cierre de campaña de las elecciones primarias, que contribuirán a definir la nueva composición del Congreso. La frase era en respuesta a una entusiasta declaración que una seguidora dirigió al mandatario: «¡Te amo!», le gritó.

Hoy el gobierno argentino se enfrenta a una jornada clave, en busca de la reafirmación de su poder en las urnas. Y la primera dama ha tenido que acomodar el manejo de su imagen pública al escenario electoral, lo que en las últimas semanas le ha impulsado a dejar de lado aquellas imágenes en las que se destacaba su papel de mujer fuerte e independiente. Ahora toca mostrar a los argentinos su lado más «maternal». Esta estrategia resultó muy útil en las elecciones de 2015, las que llevaron a Macri a la Casa Rosada, sede del Ejecutivo.

La estrategia

Dos años atrás, era el propio candidato a presidente quien difundía un mensaje de su hija Antonia (5) en el que la pequeña alentaba a su papá a ganar en las urnas. En esta ocasión, ha sido su mujer quien se ha sumado a la misma estrategia. Las imágenes de la niña de la pareja haciendo tareas del hogar, armando un rompecabezas con sus progenitores o simplemente dibujando con sus lápices inundaron repentinamente el perfil de Awada en las redes sociales. De hecho, algunos medios locales ya se refieren a esta maniobra de marketing como «el show de Antonia». Como cabía esperar, no han faltado las críticas ante algunas fotografías, no exentas de cierto mensaje político; sobre todo, una en la que la cría aparece sin calcetines, en pleno invierno. Un año atrás, el presidente había amonestado públicamente a los argentinos con la siguiente frase: «Si están en sus casas y ven que están en remero o en patas, es que están consumiendo energía de más».

Desde que su marido llegara al poder, Awada ocupa un lugar destacado en la prensa internacional por su carisma y elegancia. Y, con el transcurrir de los meses, también ha sabido establecer estrechos vínculos con otras esposas de mandatarios, especialmente con las «recién llegadas» Brigitte Macron y Melania Trump. Como se pudo observar en la Cumbre del G-20, que tuvo lugar el julio pasado en Alemania, a la argentina se le asignó un sitio privilegiado, tanto en la foto de los consortes como en la cobertura mediática del evento.

Quinta de Olivos

Cuando comenzaba a asumir su nuevo rol, la primera dama argentina se propuso mantener sus hábitos cotidianos en la residencia oficial hasta donde fuera posible. «Voy a intentar reproducir mi vida de ahora. Será Olivos -en referencia a la quinta presidencial-, pero también una casa de familia, con chicos, con aroma rico a la hora del té, con muchas flores blancas. No quiero que se alteren las cosas básicas. Si fuera por mí, seguiría yendo al banco y al supermercado», declaraba a los pocos días de iniciarse el mandato de Macri.

Y, a tenor de lo que se exhibe en las redes sociales, Awada ha logrado cumplir este propósito y establecer en la Quinta de Olivos un ambiente familiar, aunque sin perder de vista el horizonte político. De hecho, algunas imágenes que se cuelan entre las de su vida hogareña muestran cómo en las últimas semanas ha desempeñado un papel clave en la campaña electoral, publicando fotos de Macri en actos políticos con leyendas como «emocionante discurso» o dando difusión a eventos gubernamentales.

Es cierto que la estrategia de subrayar el papel de la primera dama no es una novedad en el país del tango: buen ejemplo de ello fue Eva Duarte, esposa del general Juan Domingo Perón. Tal fue el grado de idolatría popular que adquirió, que hasta los libros escolares incluían la leyenda «Evita me ama».