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El bastión femenino de Donald Trump

Forman un grupo de millonarias dispuestas a llevar a su ídolo a la Casa Blanca

Janet Levy, Ann Turkel y Trump
Janet Levy, Ann Turkel y Trump - POLÍTICO
Javier ansorena Corresponsal En Nueva York - Actualizado: Guardado en: Estilo , Gente

Suzi Goldsmith, Toni Holt Kramer, Terry Ebert-Mendozza y Janet Levy encajan a la perfección en la etiqueta «señoras que almuerzan»: millonarias, jubiladas o desempleadas, algo aburridas, dedicadas a recauchutar su cuerpo y recargar la decoración de su casa y con la única obligación de cuadrar las citas en la peluquería con una agenda social intensa. Pero estas cuatro mujeres son mucho más que eso, al menos en este periodo electoral: son las fundadoras de las Trumpettes, un grupo femenino embarcado en la cruzada de llevar a Donald Trump a la Casa Blanca.

Sus almuerzos ya no son como los de antes. La discusión sobre estrategia y las campañas para ganar apoyos para su candidato han quitado protagonismo a las conversaciones sobre la mejor manicurista de Bel Air o sobre el desatino en la elección de flores en su último compromiso social. El próximo 29 de octubre, acogen un almuerzo benéfico en Café L’Europa, en Palm Beach (Florida), un local fino donde los asistentes pagarán 76 dólares por plato. La idea no es recaudar dinero para la campaña de Trump, sino que cada asistente traiga a un votante indeciso -han bautizado el evento como «Adopta a un Trumpette»- para que se incline a favor del candidato republicano. «Florida es un estado clave», recuerdan.

Perdonan todo

Las Trumpettes comparten con Trump su gusto por la ostentación y el dorado, pero le dejan atrás en incorrección política. También le perdonan sus vejaciones a las mujeres. En el último año, ha insultado a la periodista Megyn Kelly, a su contrincante republicana en las primarias Carly Fiorina o a la ex Miss Alicia Machado. Hace unos días, salió a la luz un vídeo de 2005, en el que decía que por ser «una estrella» las mujeres le dejaban «besarlas» y «agarrarlas por el coño».

«Los tíos siempre serán tíos», quitaba importancia hace unos días Toni Holt Kramer, la más activa de las fundadoras de las Trumpettes, en una entrevista con «The Telegraph». «Es charla de vestuario», insistió, usando la misma justificación de Trump tras conocer el vídeo, y lo comparó con el lío de faldas de Bill Clinton -ex presidente y marido de la rival de Trump, Hillary Clinton- con la becaria de la Casa Blanca Monica Lewinsky. «Un comentario así, si realmente piensas sobre ello, no es tan malo ni de lejos como que te hagan sexo oral en la Casa Blanca», aseguró.

Kramer y sus amigas están en las antípodas del electorado de Trump, la América descontenta, una clase media empobrecida. Las Trumpettes viven, sin embargo, a todo trapo. Kramer se mueve en jet privado entre sus mansiones en Florida y California, va cargada de oros y diamantes, cuenta con un guardaespaldas privado de la Navy Seal, que sirvió en la guerra de Iraq y las puertas de su casa las flanquean un par de Rolls Royce. Pero ha defendido que las Trumpettes no son solamente señoras ricas, y pone como ejemplo a María, una ciudadana estadounidense de origen mexicano que trabaja en su casa y que «ha convertido a toda su iglesia» sobre la necesidad de votar a Trump.

Muchas veces, las Trumpettes defienden posiciones demasiado radicales incluso para Trump. Nikki Haskell, una ex presentadora de televisión de 75 años, aseguró a «Politico» que una mujer en la Casa Blanca no es una buena idea para derrotar a Daesh: «Necesitamos alguien duro, fuerte, alguien que les dé miedo». La ex modelo Ann Turkel, dijo al mismo medio que EE.UU. tiene «un musulmán en el poder», en referencia a Barack Obama y la presunción sin fundamento de algunas corrientes de extrema derecha de que el presidente no es cristiano, como asegura.

El fervor de las Trumpettes contrastan con el resultado de las encuestas. Un sondeo de Fox publicado este jueves y realizado después del segundo debate presidencial muestra que se amplía la distancia a favor de lacandidata demócratay que el multimillonario neoyorquino pierde sobre todo con el voto femenino.

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