Federación de Críticos Anónimos

El pique de Setenil y la piedra

Paseo por tres exquisitos bares de una de las calles más asombrosas del pueblo más peculiar de la provincia

Aspecto de la calle Cuevas del Sol durante las fiestas locales.
Aspecto de la calle Cuevas del Sol durante las fiestas locales. - LA VOZ

Las palabras tienen épocas. Ahora se inventa una nueva por semana para fijar lo que ya tenía perfecta definición: estupidez. Otras llevan al pasado, ya no se usan. Por ejemplo, el adjetivo «pintoresco». Hasta los años 70 se usó mucho. La Real Academia le da una acepción principal: «Dicho de un lugar, una escena o una costumbre: que presenta una imagen peculiar». Antes, algunos paisajes, poblaciones eran pintorescos, distintos. Más que bellos.

Aunque sea palabra vieja, a Setenil de las Bodegas le encaja de forma exacta. Es extraña, incomparable. Resulta de difícil acceso para los gaditanos de los mayores núcleos de población (Bahía, Jerez, Costa Noroeste, La Janda...). Pero el mínimo sacrificio de curvas y kilómetros merece la pena para descubrir un sitio dedicado al asombro, para comprobar cómo va el pulso que, hace milenios, le echa esta población a las rocas. Llevan tanto tiempo disputándose el espacio, pueblo y piedra que, como los boxeadores cuando no pueden más, se han fundido en un ovillo. No está en una montaña, ni en una ladera, ni en un valle rodeado de cumbres. Está labrada en piedra, mezclada.

De esta extraña alianza nace su paseo más llamativo, en el que la roca hace de techo a las calles más turísticas. Las más conocidas y fotografiadas. Es imposible que las haya más pintorescas en la provincia. Sorprende, además, la cantidad y calidad de lugares en los que tomar algo en ese par de pasajes espectaculares y casi paralelos (Cuevas del Sol y Cuevas de la Luna) que forman el alma turística del pueblo. Hay otra tercera para el disfrute del caminante, Herrería, pero esa, salvo en su plazuela inicial en alto, no tiene comercios, sólo viviendas. En las estelares, las de nombres celestes, en cambio, abundan.

Como sólo pude hacer una visita a cada local en un largo fin de semana, se trata de referencias, de acercamiento, más que de críticas para las que no hay argumento suficiente. Es un paseo por tres bares de la calle Cuevas del Sol. La sensación general es de cuidado y esmero, en oferta y producto, incluso en la decoración tan condicionada. Resulta llamativo que, proporcionalmente, Setenil (apenas 3.000 vecinos) ofrezca ese nivel de bares atractivos, renovados. En una imaginaria ratio de sitios lindos por habitante, otras cuidades tan hermosas y pobladas como Arcos o Cádiz saldrían perdiendo por goleada.

El Bar La Escueva es una gran muestra. Con apenas cinco años de vida y de fachada convencional, su interior luce ese vínculo con la roca que lo marca todo. Terraza normal de techo prodigioso. Su carta es larga y el trato agradabilísimo pero discreto, sin confianzas de playa. Se dedican a procesar con sencillez y respeto la materia prima cercana y rica. El solomillo con queso payoyo o las alcachofas con jamón y foie lo confirman. Todo exquisito, asequible, a elegir distintos tamaños, rápido y bajo el toldo de piedra.

En una imaginaria ratio de bares lindos por habitante, ganaría por goleada a ciudades tan pobladas y bellas como Arcos y Cádiz

De La Tasca, colindante, cabe decir lo mismo. Verduras y chacinas excelentes, claro. Quesos acordes a su fama y recetas de siempre (croquetas, pimientos rellenos...) que reconfortan la memoria y el paladar a la vez. En ambos bares abundan los juegos con el gran pan de la zona, tanto las célebres masitas como tostas de teleras que piden a gritos ser adoptadas. Con el mismo trato, tan distinto al de otros lugares en el que el visitante se siente molesto invasor. A pesar de que ambos se llenan con mucha frecuencia.

Ya en la esquina final, la Abacería El Puente. Con una preciosa estética de nueva taberna retrochic, tan de moda, con sus estantes de conservas, aceites y vinos. Encantadora atención, también. Su tapeo en forma de pintxos, montaditos y minitostas es correcto pero mejorable. Podrían sorprender más en la elaboración (el producto es magnífico) para que lo que se come estuviera acorde al encanto del sitio. Para aperitivos y tapeos, pequeño.

En todos los establecimientos son frecuentes los vinos de la provincia, lo que se agradece, aunque escasea el surtido de cervezas. El paso de coches a milímetros de las terrazas rompe el encanto intransferible de la insólita experiencia pero pedir calles peatonales en municipios tan pequeños puede ser complicar demasiado al vecino por tal de contentar al turista.

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