Antiguamente acudían a cerrar negocios los comerciantes del mercado de la Cebada y el de abastos
Antiguamente acudían a cerrar negocios los comerciantes del mercado de la Cebada y el de abastos - BELÉN RODRIGO

La taberna castiza con un toque asturiano que frecuentaba Antonio Gala

Garbanzos, fabes y callos, todo en un mismo plato, la especialidad de la casa

MadridActualizado:

José Manuel Oliveros compró en 1921 una taberna situada en el número 4 de la calle San Millán. Pagó por ella 10.000 pesetas y perdió otras 500 de la señal que había abonado para adquirir otra tasca en la Plaza Mayor, antes de visitar la que acabaría siendo suya. Este asturiano había llegado a Madrid a los 14 años para trabajar en varios bares hasta ser a encargado en el café Platerías. Curiosamente su madre le dio a luz en 1888 en Madrid, en una pensión de la calle de la Cabeza, pero pasaría su niñez en su tierra. «Era una taberna pequeña y dentro tenía una vivienda», cuenta a ABC el nieto de José Manuel, Julio Oliveros, actual dueño del restaurante. Se inauguró el 2-2-1922, «mi abuelo era muy especial con las fechas» y por aquellos tiempos se llamaba Casa Manolín. Más tarde se queda con el apellido del dueño.

Las recetas de la cocina castellana con un toque asturiano pronto ganaron fama y se llenaba sobre todo de gente de negocios de la época ya que estaban muy próximos del mercado de la Cebada y el de abastos. «Venían los tratantes hacían negocios en los locales», recuerda Julio quien no llegó a conocer a su abuelo. Sabe que fue un hombre muy querido y muy buen comerciante. Él se inventó la frase «Para comer bien y barato, San Millán 4».

Un dicho que se hizo muy popular y del que colocaban publicidad en la radio. «Mi padre me mandaba escuchar Carrusel Deportivo, a mí que no me gusta el fútbol, para contar las veces que decían la frase y confirmar si era eso lo que habíamos contratado», recuerda Julio. Curiosamente este eslogan, que se encuentra en la fachada junto a la imagen de un cocinero cortando jamón, tuvo que taparse en los años de la postguerra (entre los años 40 y 50 aproximadamente) porque lo consideraban una provocación para la gente que pasaba hambre.

Julio Oliveros cuenta con la ayuda de su hija Laura para sacar adelante la taberna que compró a su familia
Julio Oliveros cuenta con la ayuda de su hija Laura para sacar adelante la taberna que compró a su familia-BELÉN RODRIGO

El origen de la taberna se remonta a 1857 y ha pasado por varias manos como Ramón Álvarez, la familia Larrondo y antes de pasar a la familia Oliveros era propiedad de Domingo López. José Manuel Oliveros realizó algunas obras en el local. Vivía en un piso y en el otro era el restaurante «y daba cobijo a los camareros». Antes de estallar la guerra José Manuel se fue en coche a Asturias con parte de sus cinco hijos, donde realizaban la matanza. El conflicto le sorprendió allí y durante los tres años que duró no se pudo comunicar con su mujer Esperanza. Ella se quedó con su hija Adela. Fueron años difíciles para toda la familia. «En la parte de arriba escondieron a un cura asturiano en una habitación cerrada a la que se accedía por detrás de un armario», explica el dueño. Además, en la cueva se hicieron agujeros para que se comunicasen todos los sótanos de la zona.

Su padre Antonio es quien siguió los pasos del abuelo, y colaboraron también otros familiares, entre ellos Ramiro Oliveros

Julio Oliveros recuperó todos los azulejos hechos a mano que conserva el local
Julio Oliveros recuperó todos los azulejos hechos a mano que conserva el local - BELÉN RODRIGO

antes de dedicarse al mundo de la representación. Julio empezó ayudado desde los 11 años, fregando platos subido a una caja porque no llegaba al fregadero. Se ganaba algo de dinero con las propinas y su padre le pagaba 300 pesetas a final de mes. A los 17 se fue a hacer la mili y al acabar sus estudios trabajó en otros negocios. La familia decide su cierre en 1987. «Cuando lo pusieron a la venta yo quise comprarlo, quería mantener el negocio de la familia», cuenta Julio. Pero no lo tuvo fácil ya que al pertenecer a varios miembros de la familia resultó más complicado de lo esperado llegar a un acuerdo, algo que consiguió en 1999. Reformó el local, sobre todo los azulejos que están hechos a mano, unos procedentes de la Cartuja de Sevilla y otros de Talavera. Y contó con la ayuda de su madre para que le contase como funcionaban las cosas. Y lo más importante, las recetas de la abuela para seguir conquistando a los comensales.

Antigua tasca taurina

Tanto su abuelo como su padre fueron muy aficionados a los toros y con ellos era habitual encontrar a los toreros y críticos taurinos en el local en donde se colgaban los carteles de las corridas. Ahora tan solo una pintura taurina en la pared recuerda esos tiempos. Entre los comensales se encuentran tanto turistas nacionales como extranjeros y todavía se realizan comidas de negocio porque es un restaurante muy tranquilo. Antonio Gala acudía mucho a esta taberna e incluso hay una foto de él en la pared, también de Blanca Portillo a quien le encanta el cocido de Casa Oliveros. El domingo es el día de más movimiento, tanto en el restaurante como en la barra donde sirven los chatos y el vermú. El pincho de bacalao rebozado es todo un clásico.

Julio cuenta con la ayuda de su hija Laura quien mientras estudia echa una mano a su padre con el restaurante. Con la crisis tuvo que cerrar la parte de abajo del restaurante, donde se conserva una bóveda del siglo XV. «Este edificio era un antiguo convento. En la cueva, antiguamente, se guardaba el vino en pellejos de 200 litros que se tenían que bajar por unas escaleras estrechísimas», cuenta el dueño. Entre las especialidades de la casa hay una, la Tzabaza, que tiene su peculiar historia. Surge cuando un cliente acude a comer pero al ver la carta no le atrae ningún plato. Después de hablar con dos camareros José Manuel Oliveros resuelve pronto el problema. «No se preocupe usted que la vamos a traer un plato especial, tzabaza», le explicó, provocando la risa de aquellos que sabían el significado de esta palabra y que no es otro que la comida que se da a los cerdos, término utilizado en Asturias. Oliveros se fue a la cocina y en un plato juntó un cazo de garbanzos, otro de fabes y otro de callos. El parroquiano se quedó encantado con la comida y quien lo prueba asegura que está buenísimo. Al igual que el cocido, que se prepara a diario, los callos, el bacalao y platos asturianos como la fabada y fabes con almejas. Entre los postres más destacados están los frisuelos y el tocino de cielo. No trabajan con menú del día y el precio del cubierto oscila entre los 20 y los 30 euros.

Los domingos es el día de más movimiento, también en la barra a la hora de los vermús y chatos
Los domingos es el día de más movimiento, también en la barra a la hora de los vermús y chatos-BELÉN RODRIGO