Madrid

San Leopoldo, una iglesia creativa y a la vanguardia

El templo, con solo cuarenta años de historia, no deja de sorprender: tiene una sala con wifi y consolas para niños

El crucifijo, sobre el altar de la parroquia de San Leopoldo
El crucifijo, sobre el altar de la parroquia de San Leopoldo - IGNACIO GIL
FRANCISCO SERRANO OCEJA Madrid - Actualizado: Guardado en:

Subo por la avenida de «Los Apóstoles», giro por la calle de los «Sagrados Corazones», paralela a la de «San Luis Gonzaga», me topo con la «Costanilla del Patriarca», que por cierto me lleva a la «Plaza del Patriarca Eijo y Garay», llego hasta el final, «Plaza de Santa Teresita», y me doy la vuelta. No es el Monopoly de la fe, sino el callejero de un trozo del Alto de Extremadura, huella de las Hermandades del Trabajo, de don Abundio García Román, el amor al trabajo, y a los compañeros de trabajo, España de los años cincuenta y sesenta.

Por aquí tuvieron su capilla, la de la Virgen del Carmen, cuya imagen se conserva en el templo. No voy a seguir por este camino argumental, no vaya a ser que los sabuesos callejeros de la munícipe de turno descubran el pastel y nos hagan un barrido en el software. Los nombres de las calles también acompañan a la Iglesia. Quien viva en los Sagrados Corazones alguna vez, al menos, se preguntará por qué sagrados y por qué corazones.

He llegado a la parroquia de San Leopoldo, padre de numerosa familia, gobernante ejemplar, tiempo de «investiduras», el altar y el trono, Austria. La parroquia, ocho mil feligreses, fue el agradecido homenaje que el arzobispo Casimiro Morcillo tributó al también arzobispo de Madrid Leopoldo Eijo y Garay, último patriarca y de las Indias. Idea, por cierto, de otro pastor santo, el entonces vicario capitular y obispo auxiliar monseñor José María García Lahiguera. Solar donado por la Fundación «Mariano Lanuza». Las lecciones de la historia.

El templo (calle Sagrados Corazones, 28), exento, centro geográfico de un enjambre de pisos con cara de desarrollismo. La originalidad de un retablo en el presbiterio, panel, mosaico, frontispicio, collage, performance, que abraza un altar blanco, con altas velas blancas, con un crucifijo blanco, con una sede blanca, con una parroquia blanca, blanca luz de esperanza, Iglesia blanca, fe blanca. «Cultivo una rosa blanca», que diría José Martí. Una parroquia cuya primera puerta dice Cáritas, y en esta mañana ya de invierno madrileño, en los altos de la ciudad que trabaja, en un barrio de gente de edad media más que alta y de jóvenes que deambulan vestidos de chándal, se oyen los lloros de los niños que acompañan a sus madres y esperan su turno delante de una puerta que dice «Cáritas».

Familias atendidas

Tres mil kilos de comida semanal del Banco de Alimentos, distribuidos por la larga mano de la Iglesia, que son también los voluntarios; 120 familias atendidas en sus necesidades, que las matemáticas de Dios siempre son multiplicandos; 2400 euros de presupuesto al mes, y el CEM, centro de acogida a los menores, la Iglesia compañía de vida y de los deberes de los niños, los deberes, tareas escolares, que hora están tan de moda. La Iglesia en Madrid, la de los barrios, la de la base, es, por la mañana, un dispensario de Cáritas.

Me recibe el párroco, José Luis Simón, a quien saludo de tú y le pido perdón por tutearle desde el principio. Nada más verle he sumado con cierta aproximación la edad del párroco y del vicario parroquial, mi querido Raúl Alonso Salazar, el informático de la diócesis, joven de muchos algoritmos y pocas palabras, y me salen menos años que la media de edad del clero de muchas de las diócesis españolas. El párroco me enseña el balance de blanco en el foco de la vida, la capilla del Santísimo, en su pantalla de ordenador y me ofrece, al mismo tiempo, una meditación litúrgica de primera. En la capilla de las misas a diario, excepto en los funerales, durante la plegaria eucarística, en español y en estéreo de gracia, según el Misal del Vaticano II, «Coram Deo», «ad Orientem», de cara a Dios, de espaldas al pueblo. Shock litúrgico, digo, que en esa capilla, glosa de los frescos de Giotto di Bondone, pintados por una feligresa, Victoria Barreda, la liturgia es alabanza. La liturgia, de Guardini a Ratzinger, Benedicto XVI, aquí es novedad.

El segundo shock, choque, sorpresa, de esta joven parroquia, que tiene cuarenta años, está en la catequesis. Me cuenta el párroco que, en el colegido de la Divina Pastora, de las religiosas homónimas, hay un equipo de profesores excelente que apostó hace tiempo por las modernas pedagogías, que no son solo las escandinavas. Silogismo en bárbara: si los niños vienen del colegio, con métodos del siglo XXI, a la catequesis parroquial, que tiene métodos del siglo XVIII y XIX, pues saque usted mismo la conclusión y las consecuencias. Por eso se ha diseñado, con un equipo de jóvenes catequistas, una pedagogía renovada, habilidades, competencias, grupos cooperativos, aprendizaje proactivo, rutinas de pensamiento, destrezas, metacognición, lo que faltaba, que un párroco madrileño me hable de Nelson Goodman, David Perkins y Howard Gardner. Alucino también en blanco estéreo. Pues hete aquí que los niños, en la catequesis, el primer día de la semana van al Oratorio, la fe que ora y celebra, sentido de oración, de trascendencia; el segundo, al «Biblioratorio», una gran sala en la que se vive la Biblia, adornada con escenas de la Biblia, la palabra de Dios tiene siempre algo que decir para sus vidas; el tercer día del mes, los contenidos, no hay que olvidar la memoria que es inteligencia para todos; y el cuarto, la fe creativa. Convierten Halloween en la fiesta de los santos. Los catequistas y niños se visten de santos y hacen un Gynkana de santidad que «mola».

La parroquia es casa, hogar, tienda de campaña. Y por eso han dedicado una sala solo a los chavales, en la que tienen consolas y wifi gratis, a pleno rendimiento, que por eso me decía uno de ellos que la nueva definición de un hogar, también el de sus padres, es «allí donde hay wifi». Lo tienen en la parroquia. Aunque las señoras mayores se reúnan en el grupo de Vida Ascendente, y las Marías de los sagrarios no falten a su cita en la capilla, aquí, en san Leopoldo, la vida de fe es ascendente y descendiente, es una forma de alegría y de esperanza, la fe señal del wifi que llega siempre y a todos. No hay más que ver, por cierto, su página web y su canal de youtube. La parroquia en blanco y la vida llena de grises, arcoiris de creatividad, la creatividad también en la Iglesia.

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