Madrid

La religiosidad popular, a escena

El templo se ha especializado en preparar para el bautismo a los mayores de 18 años

Parroquia de Santa Cruz
Parroquia de Santa Cruz - IGNACIO GIL
FRANCISCO SERRANO OCEJA Madrid - Actualizado: Guardado en:

No es la «Cenicienta de la casa». No es un vestigio de tiempos pretéritos, ni una huella freudiana, ni un estado de alienación personal, ni una expresión de la religión de supermercado. La religiosidad popular es, como ya suscribió el popular Documento de Aparecida, —es decir, el Papa Francisco también—, una sabiduría sobrenatural, una espiritualidad cristiana que engloba lo corpóreo, lo sensible, lo simbólico y las necesidades más concretas de todas las personas.

Más de mil fieles se agolpan, en ordenada fila, los últimos miércoles de mes para rezar ante la imagen de San Judas Tadeo que está en el altar de la entrada, en el lado derecho, de la Parroquia de Santa Cruz, la torre líneal del cielo del Madrid que nos lleva a lo eterno. De Madrid al cielo. Y en la oración y en las miradas de las personas que rezan a Dios por la intercesión de San Judas Tadeo, está la vida, las alegrías y los sufrimientos, la acción de gracias por el matrimonio que no se ha roto, por el marido o la mujer que han vuelto, por el hijo o la hija que también está de regreso, por el trabajo encontrado. Y esto también es la parroquia, acción de gracias y petición, lo más íntimo de cada uno.

Alberto, joven de un pueblo de Cantabria, llegado al Madrid de la aventura, maestro, que venía todos los miércoles a rezar al santo para buscar trabajo, no recordaba la última vez que fue a misa. Ahora da gracias a Dios por el pan del sudor de su frente y colabora en la parroquia. O la señora de mediana edad, María, como casi todas las marías, que dejó a San Judas Tadeo un escrito íntimo, pidiendo que su marido volviera con ella, y con el añadido de que no nos gobernaran quienes odian en vez que aman, o se aman a sí mismos más que a los otros.

O aquellos jóvenes, Carlos y Adolfo, que le pedían a San Judas Tadeo que no se rompiera la magia del amor que les había unido. Perdón, se me olvidó escribir que San Judas Tadeo, el de la madrileña parroquia de Santa Cruz, de la calle Atocha, es el abogado de las causas difíciles y de los desesperados. José Antonio Lerín Salceda, apellidos foramontanos, párroco desde el 17 de diciembre del año 2000, cuenta que a la Iglesia, a la parroquia se entra por el bautismo, y que de los bautizos que celebra al año, el noventa por ciento son de parejas, matrimonios que no podían tener hijos y que vinieron a pedir el don de la vida por intercesión de San Judas Tadeo. Con permiso de sus respectivas parroquias de origen, que ya sabemos lo que son los celos administrativos adornados de Derecho Canónico, vienen ahora a dar gracias con los niños en brazos. Porque los fieles, cuando rezan a San Judas Tadeo, miran a Cristo y a la cruz que preside el altar y que contiene una astilla del Lignum Crucis, la cruz del Señor. Lignum Crucis que donaron las Carmelitas del Cerro de los Ángeles una vez que la original reliquia desapareciera en la guerra fratricida.

Los niños y los jóvenes representan la asignatura catequética pendiente de una parroquia, en el centro de Madrid, de espaldas a la emblemática Plaza Mayor, que es como decir de frente al río de vida, y del turismo, que por ahí fluye. La parroquia se ha especializado en preparar para el bautismo a los mayores de 18 años. Por cierto, es el templo de las devociones de los ujieres y empleados del Ayuntamiento, que aquí celebran al Santo Ángel custodio, de la Guarda, —antes acompañados de los políticos, ahora no—, y también es lugar de culto para quienes habitan en el vecino Palacio de Santa Cruz, sede, por ahora, del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Es en esta parroquia donde se celebran los funerales por los embajadores de España fallecidos. Y, si seguimos de ronda de nombres y apellidos, cómo no citar los actos de culto de las cofradías de San Antonio, el Guindero; de Nuestra Señora de los Siete Dolores, que trajo desde Flandes Felipe el Hermoso y cuya congregación fundó Felipe II; y de El Santo Entierro. El equipo de sacerdotes que trabajan en la parroquia está formado por un vicario parroquial, el profesor de Derecho Canónico de la Universidad Eclesiástica San Dámaso, Antonio Ciudad, y por los adscritos, Juan Ortiz y Juan Carlos Girau, éste último también docente en la universidad eclesiástica. Son no pocas la misas que se celebran a lo largo del día y no pocas las horas de confesionario, porque una de las claves de esta parroquia es, de esta forma, la reconciliación.

Dios siempre sale al encuentro y San Judas Tadeo tiene una especial capacidad para llevar a los fieles que le rezan al confesionario. Y para la caridad, que no es un doy para que me des. La devoción también termina en la caridad, en Cáritas de la parroquia, que atiende a una decena de familias y que vehicula no poco dinero a los fondos comunes de la caridad y del servicio de la diócesis.

Caridad también para con el templo, que hace unos años se caía a pedazos y ahora es digno, muy digno. Porque cuando hablamos de la Parroquia de Santa Cruz, así sin determinantes ni artículos, estamos hablando de la historia de Madrid. Dice Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico: «Fue ermita en época remota y tiene derecho de Parroquia, desde el tiempo de los árabes, por estar el terreno poblado de cristianos que vivían fuera de la población».

Y señala el libro sobre la historia de la parroquia que escribieran el otrora párroco José María Enríquez de Salamanca y el sacerdote Félix Verdasco, «Historia de la Parroquia de Santa Cruz de Madrid». En dicha obra se cuenta que hubo un templo levantado en la época de los Reyes Católicos, en la misma plazuela de su nombre, Santa Cruz, con fachada principal sencilla obra del pintor y arquitecto José Jiménez Donoso. Incendio tras incendio el templo y la torre dieron en cenizas. La parroquia estuvo en los cercanos espacios de los Dominicos y de los Carmelitas, en la céntrica calle del Carmen, hasta que comenzaron las obras de la parroquia actual en el año 1889. Pero la clave está en la torre, aquella que, en su versión antigua, ostentaba los emblemas de Madrid, el oso y el madroño y el dragón, a la que se asomó el «El Diablo cojuelo» para enseñar a don Cleofás el interior de las casas de la villa. Esta torre es la que alberga a día de hoy un reloj hermano del de la Plaza Mayor. Un reloj que nos recuerda que el tiempo es lo posible pero que para Dios, nada hay imposible. Y si no que se lo pregunten a San Judas Tadeo.

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