Atlético de Madrid Los otros «huérfanos» del Manzanares

Antonio de Pablo y su mujer vivieron la inauguración del estadio, ya que se compraron el piso junto al Calderón, y quieren vivir la despedida. No imaginan las tardes sin fútbol

La familia atlética toma el aperitivo en la terraza del Chiscón de la Ribera, frente al estadio Vicente Calderón
La familia atlética toma el aperitivo en la terraza del Chiscón de la Ribera, frente al estadio Vicente Calderón - MAYA BALANYA

El 2 de octubre de 1966, Luis Aragonés atravesó por primera vez la portería del Vicente Calderón. Aquel domingo los rojiblancos estrenaban su nuevo Estadio del Manzanares. Un momento que Antonio de Pablo y Pepita Jiménez recuerdan todavía con emoción. «Nos mudamos, cuando aún éramos novios, a un piso frente al Calderón para poder tener plaza de garaje asegurada. Vivimos la inauguración y queremos venir a la despedida», cuenta con orgullo De Pablo, mientras se toma el aperitivo con la que es ahora su mujer, su hija y su nieta. Toda una saga de atléticos apasionados, que han seguido al equipo por toda la geografía española y extranjera. «Recuerdo perfectamente el ambientazo que había en Bruselas en 1974, fue la primera vez que llegábamos a una final de la Copa de Europa», rememora.

Aunque la piqueta acabe con el Calderón, en el recuerdo de todos, quedará siempre el 26 de mayo de 1996, cuando el equipo selló su doblete de Copa y Liga con un 2-0 ante el Albacete, tras 18 años de sequía. «A mi nieta le saqué en cuanto pude el carné infantil. Y este año me conceden la insignia de oro por tener 50 años como socio», dice con satisfacción, mientras señala el periódico deportivo que tiene sobre la mesa. «Nosotros somos cinco de los 3.000 abonados que ya han elegido su asiento en La Peineta», indica sonriente.

Ahora, ellos, como el resto de vecinos del barrio Imperial ya imaginan, aunque muchos no aceptan, las tardes sin fútbol. Una situación que ya experimentaron antes los aficionados que vivían cerca de los antiguos campos de Retiro, O’Donnell y Metropolitano, donde el Atlético jugaba antes de trasladarse al Calderón. «He calculado el trayecto hasta La Peineta, y tardo hora y cuarto. Es demasiado. Tendremos que volver a mirar pisos por la zona», dice, a medio camino entre la broma y la certeza.

Cada domingo que el Atlético juega en casa, De Pablo despliega su puesto ambulante de alimentación y bebida y disfruta del ambiente previo como si fuera una final. «Es una fiesta constante», comenta.

«Nuestras ventanas dan a la calle donde se mete el Frente Atlético, en las previas no se puede ni escuchar la televisión», asegura Jiménez. Y añade con casi más vehemencia que su marido: «Hay gente a la que le molesta, pero a mí me quitarán la vida cuando el Calderón se vaya».

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