Madrid

El Rey León: cinco años y dos mil rugidos

ABC viaja por las entrañas del musical, que cumple un lustro en cartel, con más de dos mil funciones

Faltan dos horas para que se levante el telón, pero la selva en que se ha convertido en el último lustro el teatro Lope de Vega, en el corazón de la Gran Vía madrileña, empieza a desperezarse. Un pequeño ejército de ciento treinta personas ocupa el lugar y lo convierte en un hormiguero de actividad: cincuenta y tres son actores, veintiuno músicos músicos; el resto son técnicos de vestuario, maquillaje, peluquería, carpintería, sonido... Ellos velan por que, a la hora de comenzar la representación, todo esté listo. El escenario es sólo la punta de un iceberg de un espectáculo monumental, que han visto ochenta millones de personas en todo el mundo. El próximo día 21, el musical «El rey león» cumple cinco años en Madrid. Ha celebrado ya su función número 2.000, y los espectadores superan ya los dos millones y medio.

Esteban Oliver formaba parte del reparto que levantó el telón el 21 de octubre de 2011. Cinco años después, sigue interpretando en esta producción a Zazú, el mayordomo real que ha cuidado durante varias generaciones de los sucesivos reyes. Su trabajo llamó la atención de Disney, que lo invitó a encarnar este mismo personaje en Broadway. «Fue, como se puede imaginar, una experiencia inolvidable, única», explica el actor.

De su mano comienza el recorrido por las entrañas del musical. «En la chácena, el espacio que hay detrás del escenario –explica con la soltura de un guía turístico– se ha construido lo que nosotros llamamos el búnker, que es donde se colocan los más de cuatrocientos trajes que hay en el espectáculo. Está dividido en dos pisos;arriba se deja, sobre todo, el vestuario que no se va a utilizar en la función de hoy; el de los covers y los sustitutos. Los dos pisos están a su vez divididos en dos pasillos, uno para las mujeres y otro para los hombres. Aquí se hacen fundamentalmente los cambios rápidos. Hay gente que nos ayuda, y estos cambios pueden durar menos de un minuto. Muchos de los bailarines tienen de doce a catorce cambios en cada función». Allí esperan ya los elaboradísimos trajes, hechos todos a mano y con materiales naturales, y las máscaras, realizadas con fibra de vidrio, que se habrán de poner los actores, y los encargados del vestuario lo repasan para que no haya sorpresas de última hora. «Hay un control exhaustivo y diario para que todo esté como el primer día», añade Oliver.

Escenografía

Del techo cuelgan pedazos de la escenografía. Explica Oliver que «este teatro es un poco pequeño para albergar este tipo de musicales, y toda la escenografía tiene que estar colgada para que los actores y los técnicos podamos movernos por aquí. Si estuviera en el suelo no podríamos hacerlo, somos más de cien personas. En el momento en que se necesita un decorado para una escena determinada, se baja mediante motores silenciosos y se lleva al escenario».

Los coros juegan en este musical un papel extraordinario; la partitura está salpicada de momentos corales, a menudo arropando las canciones que los personajes, como Nala o Simba, interpretan. «Toda la música es en directo –sigue Oliver–. Y como los cantantes del coro están constantemente en movimiento, se han distribuido por toda la caja –los hombros, que flanquean el escenario, y la propia chácena– monitores infrarrojos que les permiten ver al director de orquesta. Así pueden cantar su parte donde les pille en ese momento».

En el hombro izquierdo descansa, junto a la «Roca del orgullo», el alter ego de Esteban Oliver:la marioneta de Zazú. Una de las singularidades de esta producción son las máscaras y puppets (muñecos), que completan los personajes. Su combinación con los actores es uno de los grandes atractivos del trabajo interpretativo. El muñeco que representa a Zazú, también hecho totalmente a mano, cuesta unos 22.000 euros. «En los ensayos –bromea Oliver–, si yo me caía no importaba si me rompía la crisma;lo importante es que el muñeco no se dañara. Ya en serio:es una obra de arte, como todo lo que hay aquí». Esteban Oliver lo manipula con sus dos brazos. Un mecanismo conecta sus manos con el muñeco. «Para darle vida, con el dedo índice de la mano derecha abro y cierro el pico; con el pulgar hago parpadear los ojos, que le otorga la expresividad. El cuello es flexible, y con la mano izquierda manejo las alas, que se despliegan para que parezca que planea por el escenario. No se deja de correr en toda la función».

Llega el momento de transformarse en Zazú, y Esteban Oliver baja a la sala de maquillaje. Allí están ya Zama Magudulela (Rafiki), Sergi Albert (Scar) y David Comrie (Mufasa). Estos dos últijmos también estuvieron en el estreno, hace cinco años, de la producción española. Feliciano San Román, el jefe de maquillaje y peluquería –que desempeña este trabajo desde hace años en numerosos montajes– se ocupa directamente de Albert. Se sabe ya, lógicamente, de memoria, los dibujos que marca sobre la cara del actor. «Tardo aproximadamente media hora en completar el maquillaje», explica.

Solo queda ya vestirse. Esteban Oliver sube a su camerino y se enfunda el traje;con él ya puesto, retoca su maquillaje. Para entonces, han concluido ya los ejercicios de calentamiento vocal en el escenario, en el que han participado todos los integrantes del coro, y han terminado también los últimos ensayos con los actores que se han incorporado recientemente al elenco y han de asegurar los movimientos de las coreografías en la escena de los ñus.

En la sala, el público ha empezado a acceder ya al teatro. Se advierten caras de excitación y de impaciencia, y suena una voz a través de la megafonía: «Señoras y señores, faltan diez minutos para que comience la representación».

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