La desaparición progresiva del teléfono público

El adiós de las cabinas telefónicas en Madrid

El 31 de diciembre vence la concesión, hasta ahora en manos de Telefónica, para gestionar un servicio que tras la llegada de los móviles se antoja deficitario y que no usa mucha gente

Una joven habla por el teléfono móvil, apoyada en una cabina de la Puerta del Sol
Una joven habla por el teléfono móvil, apoyada en una cabina de la Puerta del Sol - ISABEL PERMUY

Seguro que José Luis López Vázquez hubiera pagado por ver, después del mal rato que pasó en una de ellas, el final de las cabinas telefónicas de la capital. Y, al parecer, sólo le van a faltar unos pocos años, porque el 31 de diciembre vence la concesión que hace cinco obtuvo Telefónica para gestionar este servicio público que, desde la irrupción de la telefonía móvil -y después, de internet-, ha caído en picado y que, en unos pocos meses, podría quedar relegado a la mínima expresión.

Igual que inolvidable resultó, al menos para los cinéfilos, aquella actuación de López Vázquez en el filme dirigido por Antonio Mercero, el 31 de diciembre de 2016 puede quedar grabado en las agendas de los nostálgicos como el último día en el que España, y por ende Madrid, tuvo cabinas telefónicas en sus calles. Bueno, cabinas, o más bien teléfonos públicos, porque con la deriva del paso del tiempo, lo que en su día fueron unas estructuras con forma de prisma rectangular, ahora únicamente son postes -de mayor o menor envergadura- con teléfonos de pago adosados.

«No creo que sea un gran golpe para Madrid, salvo para aquellos que aprovechaban para cambiarse de sudadera en la cabina», bromea Gabriel Álvarez, un joven estudiante que dice haber usado una cabina por última vez «hace 15 años». Como él son muchos los que hace años que no utilizan un teléfono público, algo que notan en Telefónica. «Es un servicio público que nos obliga a mantener cabinas y que no es rentable», confirman las fuentes consultadas por ABC en esta empresa.

Según los datos que manejan, en Madrid hay 1.048 cabinas -1.095 en toda la provincia- y, en el total nacional, «sólo el 70% de ellas son rentables». La cifra es preocupante, más aún cuando desde la compañía no confirman -aunque tampoco desmienten- que vayan a optar a hacerse con la concesión nuevamente. «Pues yo sí las uso, especialmente cuando tengo el móvil sin batería», confirma Santos García, un madrileño para quien el adiós de los teléfonos públicos supondría un golpe importante, al menos en el apartado sentimental, para la capital. «Una ciudad sin cabinas no es lo mismo, pierde algo».

Averías y vándalos

Las pérdidas también son provocadas, en parte, por los destrozos que aún hoy producen algunos ciudadanos en las cabinas. De hecho, desde Telefónica reconocen que repararlas supone una cuantía económica mayor que los ingresos que generan las mismas. «Tenemos averías y vandalismo», reconocen en Telefónica, donde apuntan que la disminución progresiva del uso de las cabinas ha ido de la mano de una disminución de los actos vandálicos contra ellas: «Dada la ausencia de monedas en las huchas por el lenitivo proceso de sustitución por el móvil, cada día se averían menos y son objeto de menos vandalismo».

Pese a ello, Eduardo y Rosario Gómez, un veterano matrimonio de la capital, dan fe de esta afirmación. «No verás nunca a nadie en una cabina a no ser que sea para ver si saca algún euro que alguien haya olvidado al recoger su cambio», dice ella, a quien su marido le da la razón acto seguido: «Yo recuerdo que alguna vez que he necesitado una cabina no había manera de que funcionara». «Van mal, además están hechas para coger el dinero», censura Emilio desde la Puerta del Sol, donde aguantan algunas de las más emblemáticas cabinas de la capital. Eso sí, su mejor época ya ha pasado, como reconocen los estanqueros, que en toda la tarde apenas ven a «una o dos personas» acercarse hasta ellas para hacer, precisamente, lo que apuntaba el matrimonio Gómez: ver si cae algo. Además también hacen las veces de expositores publicitarios y parasoles, o al menos eso piensa Laura Pérez, otra madrileña que se apaña mejor con el teléfono móvil: «Antes sí que tenían más encanto, eran cerraditas, pero vamos, yo no las voy a echar mucho de menos».

Lo mismo le pasa a Álvarez, quien argumenta que, si finalmente se perdieran, no supondría mucho para la capital. «Tampoco es que estemos ante un icono de la ciudad, como puede ser el caso de Londres», subraya el joven, que añade que actualmente «en muchas ya no hay ni teléfono, mientras que sí hay grafitis».

Con pintadas o sin ellas; con usuarios o sin ellos, las cabinas, aunque desaparezcan en su mayoría, tendrán que seguir existiendo. Al menos así lo estipula la ley, que, como explican desde Telefónica, el 31 de diciembre «no necesariamente tienen que desaparecer. En todo caso, es una decisión que tomará el Gobierno».

Por ello, si finalmente ninguna compañía opositara a hacerse con la concesión de este deficitario servicio, la regulación velará por su supervivencia, ya que se especifica que debe haber un teléfono público en todos los municipios con más de 1.000 habitantes y una cabina más por cada 3.000 ciudadanos. Aunque le pese a José Luis López Vázquez.

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