José Luis Jiménez - PAZGUATO Y FINO

El oasis gallego del PP

Hay un interés mediático -y político- por resucitar los cantos de sirena respecto al inquilino de Monte Pío como futuro sucesor de Rajoy

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José Luis Jiménez
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La encuesta de GAD3 publicada este lunes por ABC habrá provocado que más de uno en el PP se achicharre con el café de la mañana. Simple y llanamente, una realidad que se veía venir a nivel estatal desde que nació esta legislatura tan extraña, con síntomas de hemiplejia, sostenida por una aritmética variopinta que es de todo menos estable. Habrá quien considere que el punto de inflexión electoral en España ha sido Cataluña y sus circunstancias, y estará cerca de la clave del asunto, pero le faltarán algunos detalles importantes. Porque la esencia del tortazo del PP no es la irrupción de Ciudadanos en el espectro del centro-derecha, la telegenia de Inés Arrimadas -que frente a García Albiol es como comparar a Venus con un orco de Mordor- o que las tertulias del duopolio televisivo permitido por Moncloa hurguen a diario en sus miserias.

El problema es que el PP representa en España lo mismo de siempre, una derecha catetona, acomplejada, que quisiera ser más liberal de lo que es pero a la que traicionan los miedos socialdemócratas, y que considera que la renovación es que sigan los mismos de siempre pero cambiando los bustos parlantes que envían a las teles en misión suicida a defender Gürtel, Lezo y lo que venga. Demasiados efluvios de alcanfor. Demasiada cana teñida. Atinado el análisis de Pedro Puy estos días: se necesita proyecto que ilusione de cara al futuro.

El problema es que cuando vienen mal dadas, pedir perdón cuesta un mundo y reconocer un error se considera delito de lesa humanidad. Este es un Gobierno al que una nevada ¡en pleno enero! se le convierte en una crisis con dos ministros señalados. No se puede ser más torpe. O sí, a la vista de la eficiencia de la «operación Cataluña» pilotada por Soraya Sáenz de Santamaría, a la que la tomaron por el pito del sereno en el Govern.

Toda esta digresión llega a Galicia cuando los conciliábulos madrileños vuelven a señalar al presidente de la Xunta como el ungido para suceder a Rajoy, un Alberto Núñez Feijóo implicado en la construcción de un discurso sensato desde un territorio histórico y reactivo al delirio soberanista catalán. No es casual. Hay un interés mediático -y político- por resucitar los cantos de sirena respecto al inquilino de Monte Pío. La jugada tiene tres movimientos: primero, se señala a Feijóo como el único posible y se escrutan sus declaraciones para buscar cualquier atisbo de arribismo; segundo, se le sitúa en el disparadero por desleal con su jefe de filas y se busca que los afines le ataquen por trepa; tercero, se le entierra en Galicia y se le reconocen los servicios prestados.

Quienes así actúan demuestran desconocer a Feijóo. Hace meses, en esta misma columna, ya se advertía de que el presidente del PPdeG no participaría nunca en operación alguna de acoso y derribo a Rajoy. Que tampoco saltaría a Madrid para encargarse de la incómoda intendencia del partido o para un eventual puesto ministerial que tuviera fecha de caducidad. Su decisión fue optar a un tercer mandato en Galicia y mantener su territorio para lo que pueda suceder en el futuro. Pero nada de lo que está por venir tendrá detrás mano conspiradora alguna de Feijóo. Su mano, sin embargo, sí está en que el PPdeG haya blindado Galicia de la marea naranja, sea capaz de realizar un discurso autonomista y estatal, y no rechine en los entornos urbanos o las clases medias. Galicia es un oasis para la desertización que empieza a padecer el PP. Pero de eso en Génova nadie toma nota.

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