Juan Soto - El garabato del torreón

Memoria histórica (N)

La ley se queda en nada cuando quien la administra es un Ayuntamiento timoneado por unos cuantos indocumentados

Juan Soto
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El despendole de la «memoria histórica» alcanza los más pequeños recovecos del suelo hispánico. En un municipio de tercer rango han dejado sin reconocimiento epigráfico al general Espoz y Mina, en castigo por «su participación en la Guerra Civil», naturalmente. Y tienen razón: el esposo de doña Juana de Vega participó en la Guerra Civil, pero en esa que los peritos llaman primera Guerra Carlista, poco antes de que mediase el siglo XIX.

Todo cuanto la llamada Ley de Memoria Histórica tiene de reparadora de agravios y de correctora de injusticias se queda en nada cuando quien la administra es un Ayuntamiento timoneado por unos cuantos indocumentados. Las corporaciones suelen poner la aplicación de la famosa ley en manos de asesores tan profanos como cualquier alcalde aupado al cargo sin más provisión cultural que el silabario y la aritmética de don Pablo Solano. En ocasiones, la moción para la enmienda memorística parte del concejal de Cultura, competencia que —no se sabe por qué maldición divina— a menudo recae en el más bruto de la banda.

El caso es que, en virtud de la LMH, la epigrafía municipal es ahora más disparatada que hace cincuenta años. Y lo dice alguien que vive en una ciudad que llegó a dedicar una calle a José Viador, individuo cuya sola mención pone los pelos de punta. El otro día, ‘Heraldo de Vivero’, semanario centenario, modesto y heroico, daba cuenta de que el Ayuntamiento de su ciudad pretendía que el colegio público de Celeiro dejase de llevar el nombre de Antonio Pedrosa Latas, cuya etapa al frente del Instituto Social de la Marina -cierto que en pleno franquismo- sirvió, entre otras cosas, para sentar las bases de la que hoy es una de las localidades más prósperas no ya de la provincia de Lugo sino de toda Galicia. Todos los celeirenses (valga el gentilicio) lo saben, excepto los directivos del centro escolar, de quienes al parecer salió la propuesta de recambio. La ociosidad tiene estas cosas.

Cualquier día, los pajaritos de la LMH, sector local, piden que se anulen las distinciones municipales concedidas a Vicente Gradaílle (¡un cura!) o a Ramón Canosa, ministro del Tribunal de Cuentas (con Franco) y Gran Cruz del Mérito Civil (con Franco). Ánimo y adelante: sería muy divertido.

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