Alberto Varela - CRÓNICAS ATLÁNTICAS

Marea corrosiva Alberto Varela

No hace falta saber de biología para sospechar que verter 800 litros de lejía al mar es una catástrofe

- Actualizado: Guardado en: Galicia

¿Cómo interpretar que el alcalde de Ferrol diga, como ha dicho esta semana, que no es un problema medioambiental grave el vertido de 800 litros de lejía en la ría, procedentes de una piscina municipal? Lo dice, además, sin rubor y con el convencimiento de que nadie tiene nada que reprocharle como regidor de la ciudad.

No hace falta saber demasiado de biología ni de química para sospechar que lo de verter esa cantidad de material corrosivo al mar es una catástrofe, o por lo menos suficientemente grave para encargar una investigación seria y depurar responsabilidades, ¿o es que a Jorge Suárez nunca le dijo su madre que tuviese cuidado con la lejía?

Su actitud, de todos modos, no debe extrañar. El manual del buen populista recomienda detectar al instante los fallos de los demás, y echar balones fuera cuando las competencias son propias. ¿Qué diría si el vertido procediese de otra administración o de una empresa privada? Le faltaría tiempo para presentarse con la pancarta denunciando a los oligarcas que hacen negocio a costa de maltratar la naturaleza, o a la vieja política apoltronada e insensible con el ecosistema.

Como la falta es suya, sin embargo, la cosa es menor. Aunque fuese sosa cáustica lo vertido, pecata minuta. Debe de ser que la lejía, como la sarna, cuando es con gusto no pica, y yo me pregunto por qué, ya puestos a exagerar, no ha dicho que se trataba de un programa experimental de depuración de la maltratada ría de Ferrol, o mejor, que el marisco está muy oscuro y había que blanquearlo.

Los acontecimientos políticos de los últimos años en Galicia —con la aparición de las Mareas locales— nos demuestran que hablar es muy fácil y que los límites de la demagogia están aún pendientes de explorar. Y en este caso de la lejía los ecologistas deberían tomar nota porque o comulgan con ruedas de molino o perderán la condición de «xente do común». Si a este paso, y con semejante desprecio al medio ambiente, hasta Adega va a echar de menos a la vieja política.

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