José Luis Jiménez - Pazguato y Fino

Feijóo, Galicia, España José Luis Jiménez

La oposición no parece dispuesta a concederle al gobierno el triunfo que supondría fraguar un consenso de amplio espectro

El presidente en funciones, ayer a su llegada al Parlamento de Galicia
El presidente en funciones, ayer a su llegada al Parlamento de Galicia - M. M
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El discurso ayer de Núñez Feijóo como candidato a la Presidencia de la Xunta no pasará a la historia como un gran ejercicio de oratoria. El presidente en funciones tiene ese tic marianista de ser previsible, y las líneas maestras de su futura gestión esbozadas van en consonancia con lo llevado a cabo en las pasadas dos legislaturas, especialmente en estos dos últimos años, en que la recuperación económica devolvió una cierta alegría a las cuentas públicas. No hubo grandes anuncios, ni promesas faraónicas, sino un puñado de retos que no ya el Gobierno sino toda Galicia deberán ser quienes de abordar: demografía, territorio, servicios públicos. O lo que es lo mismo, garantizar el futuro de un territorio pequeño y de población envejecida y menguante.

Los desafíos de país requieren de acuerdos de país. Por el momento, la oposición no parece dispuesta a concederle al gobierno el triunfo que supondría fraguar un consenso de amplio espectro. Se percibe en la bancada de la izquierda un diagnóstico de la realidad diametralmente opuesto al de la derecha. Y siendo ambas creíbles para según qué segmentos de la población, parece que el resultado de las urnas decanta la razón hacia las filas del Partido Popular. Mientras unos y otros no sean capaces de encontrar ese punto intermedio para el análisis de la realidad, se antoja complicado que puedan negociar soluciones compartidas.

Pero siendo importante lo que Galicia sea capaz de acordar en sus espacios de autogobierno, algunas respuestas a su futuro vendrán de cuestiones a negociar en Madrid con el Gobierno de España, dentro de la multilateralidad del espacio autonómico. Tanto el diseño territorial del Estado como las herramientas de financiación serán elementos decisivos para afrontar los tres desafíos ya enunciados.

Esta fue, sin duda, la parte más interesante y afilada del discurso de Feijóo, pensado para que se oyera más en Madrid que en la Casona del Hórreo. Porque Galicia puede no ser la primera comunidad en población ni producción industrial, ni la que más aporte a las arcas de la Hacienda pública, pero posee capital político propio para exigir justicia en el reparto de los recursos de todos. Alcanzar un buen acuerdo de financiación es, para Galicia, infinitamente más importante que garantizar que el AVE llega en 2018 o un par de autovías interiores. Es el propio futuro del país el que está en juego.

El tercer mandato de Feijóo será evaluado en función del uso que haga de ese capital político, transformado en las urnas en una incontestable mayoría absoluta. Un buen resultado, que garantice una Xunta solvente y capaz en los años venideros, obraría incluso el milagro de que una innecesaria toma de posesión en el Obradoiro pareciera un merecido acto institucional.

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